Encuéntrame en Bombay Capítulo quince
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Capítulo quince

No tuvo el valor de cancelar su pasaje a Inglaterra.

Ni siquiera pudo regresar al apartamento de Luke para buscar su baúl.

La idea de entrar en ese espacio vacío y ver la cama en la que habían dormido, las tazas de las que habían bebido y el asiento de la ventana en el que habían pasado tantas tantas horas era demasiado dolorosa de soportar.

Della lo entendió sin que ella dijera nada; fue ella quien organizó que llevaran el baúl a casa de los padres de Maddy.

—Embalé todo lo demás —contó a Maddy cuando la encontró en la habitación del hospital la mañana después de que Luke y Peter se hubieron marchado a Karachi—. Dejé las llaves en el apartamento de al lado. Espero que esté bien.

—Sí —respondió Maddy, aunque nada estaba bien en absoluto—. Gracias.

Della observó a Alice que dormía bastante inquieta.

—¿No le pueden dar alguna otra cosa? —preguntó con expresión preocupada.

—Nada —respondió Maddy que había hecho la misma pregunta aterrada por la tez acalorada de su madre, la forma en que se movían sus labios secos sin emitir sonido y sus párpados temblorosos—. Ya le han dado toda la morfina permitida. El problema es la fiebre.

Había empezado de madrugada: una infección que ni siquiera Guy había podido evitar. Les había dicho, apenas una hora antes, que lo único que podían hacer ahora era esperar y confiar en que cediera.

—¿Confiar? —había dicho Maddy con los ojos rojos por el agotamiento y la rabia que crecía en su interior porque era demasiado, todo era demasiado.

—Confiar —había repetido él con impotencia.

“Pensé que ibas a cuidarnos”. Estuvo a punto de gritar, pero contuvo el horrible impulso justo a tiempo. No era culpa de él, nada de eso era culpa de él, Guy había hecho todo lo posible, había intentado ayudar.

Y ahora Maddy sabía que no era la primera vez que lo hacía.

Había preguntado a su padre qué había querido decir Guy antes, cuando les había hablado a ella y a Luke en el pasillo.

“No queremos que se repita...”. Se había olvidado de hacerlo en su momento.

Richard la había encontrado en el porche del hospital, después de que Luke hubiera desaparecido por el sendero empapado, la había abrazado fuerte y la había sujetado para evitar que saliera corriendo detrás de él (“no servirá de nada, de nada”) y ella había llorado sin consuelo, demasiado consumida por la tristeza para pensar en otra cosa.

Pero más tarde, exhausta de tanto llorar, sentada con Richard junto a la cama de Alice mientras observaba respirar a su madre, las extrañas palabras de Guy habían vuelto a su mente.

Su padre no había parecido sorprendido cuando ella lo había mencionado. Richard no había apartado la mirada de su esposa y había suspirado, como si él también hubiera estado pensando en lo que había ocurrido.

No le había contado mucho, aunque sí más de lo que nunca hubiera dicho antes. Maddy se sorprendió mucho al enterarse de que su madre había tenido que ser operada durante el viaje de regreso a la India después de aquella única vez que había ido a visitarla a Inglaterra.

—Fue… espantoso —había recordado él con la mirada perdida, reviviéndolo—. La internaron cuando llegamos y estuvo en el hospital durante mucho tiempo. En este mismo hospital. Guy era un médico muy joven entonces pero la ayudó.

—¿De qué la operaron? —había preguntado Maddy.

Richard había sacudido la cabeza. “Le di mi palabra de que no saldría de mi boca”.

—Pregúntaselo a tu mamá —había respondido— cuando esté mejor. Haz que te lo diga.

—No puedo obligarla .

—Claro que puedes —retrucó él—, cariño, tu madre haría cualquier cosa por ti.

Pensó en esas palabras ahora mientras acariciaba la mano de su madre. No había sostenido su mano desde hacía mucho tiempo.

—¿Dónde ha ido tu padre? —preguntó Della.

—A la oficina —contestó Maddy— para avisar que no irá por un tiempo. —La voz le tembló—. Le va a pedir a Fraser Keaton que cancele mi billete.

—Oh —soltó Della y dio la vuelta a la cama—. Ven aquí.

Maddy obedeció y se dejó envolver por los brazos de su amiga, más que agradecida por ese consuelo que tanto necesitaba, esforzándose mucho por no pensar en cómo sería hundirse en esos otros brazos, brazos que ahora estaban en el mar, bordeando la costa hacia Karachi.

Y entonces rompió a llorar de nuevo porque llevaba casi dos días sin dormir y ya no tenía energías para resistirse.

—No pienso irme hasta que tú lo hagas —declaró Della—. No sé si eso ayuda.

Maddy se apretó más contra ella.

—Por supuesto que ayuda.

“Le va a pedir a Fraser Keaton que cancele mi billete”.

Alice oyó las palabras de Madeline y percibió su tristeza y su profunda decepción. Alzó la mano y buscó la de su hija para tomarle los dedos, esos dedos que solían deslizarse con tanta naturalidad entre los suyos (todos los días, todos y cada uno de los días), pero solo encontró aire húmedo.

“No llores”, quiso decirle. “Por favor, no llores más”.

¿La estaba escuchando?

¿Alguien la escuchaba?

No parecía. Madeline estaba hablando con Della. Algo sobre que Della se mudaría a la casa. Eso sería bueno. La casa siempre había parecido demasiado vacía y silenciosa, con demasiadas ausencias en las habitaciones: la de Madeline durante muchos años y las de todos esos bebés.

“Basta”, se regañó a sí misma, “no empieces”.

No podía evitarlo. Era el hecho de estar otra vez en ese hospital.

Había pensado que nunca volvería, pero ahora que lo había hecho y sus sentidos desbordaban del olor a desinfectante, enfermedad y sudor, el traqueteo de las camillas, las voces de las enfermeras y el calor pegajoso del protector de goma que cubría el colchón, no podía pensar en otra cosa que en lo que la había llevado allí la última vez.

El niño que casi había creído que podría llevar a término pero que el cirujano del barco le había explicado, una vez más, que era prematuro y estaba mal posicionado.

“Ahora la dormiremos un rato, señora Bright. Cuando despierte todo estará bien”.

Entonces también le habían dado cloroformo. Había olvidado su sabor. Horrible.

Nadie le había dejado verlo. Cuando despertó ya no estaba. Richard le había dicho que lo habían “sepultado en el mar” y ella había gritado, gritado y gritado, y no lo había dejado acercarse porque él había permitido que lo hicieran: había culpado a Richard, no había podido evitarlo.

También se había culpado a sí misma. Por supuesto que sí.

Después de todo, Richard le había advertido que no viajara a Inglaterra.

“Es demasiado, demasiado agotador”. El verano anterior, cuando él se había llevado a Madeline por primera vez y Alice estaba embarazada de otro niño, le había hecho caso y se había quedado en Bombay.

Suponía que una pequeña parte de sí misma se había sentido aliviada de tener una excusa para no ver a Edie y a Fitz, para no tener que mirar a Edie a los ojos mientras le arrebataba algo más, pero era una parte minúscula e insignificante; en su mayor parte, se había arrepentido de no haber ido al instante siguiente de irse Madeline.

Y más aún cuando perdió el embarazo y Richard seguía afuera.

Dos bebés perdidos ese año.

Había esperado con ilusión el momento de embarcarse cada día que había pasado desde entonces, imaginando cómo sería volver a tener a Madeline en sus brazos.

Sin embargo, cuando por fin llegó a Oxford, Madeline había seguido acudiendo a Edie, eligiéndola a ella del mismo modo en que Fitz (la primera persona que había besado a Alice y le había dado un anillo) la había elegido.

El dolor de ver a Madeline esconderse en los brazos de Edie, con su carita que se asomaba llorosa por encima del hombro.

La horrible insistencia de Edie en explicar a Alice el comportamiento de Madeline, su propia hija.

“Es que ahora me conoce”. La incomodidad de Fitz, el apuesto y arrogante Fitz, que miraba a Alice como si le tuviera lástima.

Todo el tiempo. “No me compadezcas”, había querido gritarle, “ni se te ocurra hacerlo”.

Ni siquiera su propia madre la había compadecido. Entonces seguía enfadada con ella por haber perdido a Fitz y haberse marchado a la India “sin importarle nada ni nadie”. Había estado tan fría la única vez que Alice y Richard habían llevado a Madeline de visita que Alice había deseado no haber ido.

—Nunca me convencerás de que has hecho feliz a mi hija —le había espetado Edna a Richard como una estocada final—. Mírala. La tristeza envejece, ¿sabías Alice?

El padre de Alice, ya debilitado por la enfermedad pulmonar que acabaría por causarle la muerte, había guardado silencio con aspecto triste y envejecido él mismo.

Madeline había abrazado a Alice por primera vez ese día sin que Alice tuviera que pedírselo: “A mí tampoco me gustan”.

Después de eso no había mostrado ningún interés en Edie, ni siquiera en Richard, solo había querido estar con Alice.

Se había metido en su cama todas las noches (ese cuerpecito tibio), rogándole que la llevara de vuelta a la India. “Por favor, mamá, por favor”.

—¿Y si la llevamos? —había preguntado Alice a Richard—. Ahora es más grande, quizás no se enferme tanto…

—Está más grande porque no se ha enfermado —había respondido Richard—. Lo sabes Alice.

Lo sabía en el fondo, de lo contrario nunca habría cedido. Sin embargo, como con su bebé en el mar, le había resultado más fácil culparlo a él.

¿Había sido culpa de ella que el bebé muriera? ¿Se había exigido o preocupado demasiado?

“No”, le había asegurado Guy en su momento, “por supuesto que no fue culpa tuya”.

Alice se había sentido culpable pero nadie hablaba de esas cosas. Después de dejar el hospital nadie había mencionado al niño; sabía que debía olvidarlo pero nunca había querido hacerlo, porque sería como si sus pataditas y sus hipos dentro de ella no hubieran existido nunca.