Encuéntrame en Bombay Capítulo catorce #3
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Capítulo catorce #3

—Depende —contestó Guy—. Lo principal es evitar las infecciones. —Se volvió hacia la habitación—. No queremos que se repita... —Se interrumpió, como si se contuviera a sí mismo. ¿Por qué había hecho eso?

Ella se preguntaba lo mismo a juzgar por su ceño fruncido.

—¿Que se repita qué? —preguntó.

—Nada —dijo Guy—. Perdónenme, he estado despierto toda la noche. No sé por qué lo he dicho.

—¿Puedes explicarte? —lo urgió Luke.

—La verdad es que no —replicó Guy y se volvió—. Y debo seguir...

—Espera —le pidió Luke con evidente impaciencia en su voz.

—Guy —lo instó Maddy en tono similar—, por favor.

—Lo siento —se disculpó él—. Avísenme si se despierta.

Y con eso se marchó.

Maddy lo observó alejarse y dejó escapar un sonido que era mitad resignación, mitad frustración.

—¿Quieres que lo obligue a decírtelo? —sugirió Luke.

—No me lo repitas dos veces —admitió ella. Sus ojos enrojecidos se volvieron hacia la habitación de Alice donde Richard velaba junto a la cama—. Se lo preguntaré a papá después de que mamá despierte.

Para cuando empezó a caer la noche, sin embargo, todavía no lo había hecho.

Luke no podía posponer más su regreso al acantonamiento consciente de que su barco esperaba en el puerto, no si no quería acabar fusilado como desertor (nada ideal).

Además ahora tenía hombres a su cargo, cientos de ellos; hombres que también estaban dejando a sus familias, sus hogares.

Que fuera reacio a ser un soldado no era culpa de ellos y lo estarían esperando.

—Mientras intentan entender el urdu precario de Peter —comentó Maddy, con otro intento agonizante por sonreír mientras se ponían en marcha juntos, a paso muy lento, por los pasillos oscuros del hospital hacia el porche delantero.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó él—. No creo que puedas viajar por ahora.

—No, no por ahora. —Miró por encima del hombro hacia la habitación de Alice—. Lo haré tan pronto como pueda.

Luke respiró hondo y evitó volver a advertirle que no sabían cuánto tiempo más seguirían funcionando los barcos de pasajeros.

No podía pedirle que dejara a su madre, no le pediría eso .

Le dijo que haría todo lo posible por estar en el muelle para recibirla cuando llegara a Inglaterra y que si no podía hacerlo se aseguraría de que sus padres la estuvieran esperando.

—Pueden enseñarte la casa, estoy seguro de que les encantaría que te quedaras con ellos…

—Preferiría que tú estuvieras allí —lo interrumpió.

—Si puedo ahí estaré.

Llegaron a las puertas del hospital. Luke empujó una de ellas sin poder creer que estuviera poniendo un pie delante del otro cuando le parecía la peor clase de locura hacer cualquier cosa que no fuera quedarse exactamente donde estaba.

Aun así, mantuvo la puerta abierta y la sostuvo mientras ella pasaba.

La lluvia seguía siendo tan torrencial como siempre.

Rebotaba en el sendero de entrada de tierra y salpicaba las baldosas y sus pies.

Las palmeras se alzaban altas contra las nubes ennegrecidas, con sus hojas ovaladas dobladas por el agua.

Luke entornó los ojos y las observó; experimentó un presentimiento sombrío de repente: la idea de que una vez que se marchara podría no volver a ver esos árboles nunca más.

—Luke —empezó ella, como si pudiera percibir su miedo repentino—. Luke…

Le tocó el cuello para conseguir su atención.

Él sintió que su mirada se suavizaba al encontrarse con la de ella.

Estaba despeinada, con el cabello revuelto de tantas veces que se había pasado los dedos por él, caótico por la humedad.

Su piel estaba enrojecida por el calor y la pena, y él deseaba volver a verla feliz.

Quería hacerla feliz, quería despertarse al día siguiente y estar con ella, quería estar con ella todos los días, hablarle, mirarla, no olvidar jamás lo que se sentía al hacerlo.

Pero como no podía se limitó a besarla y a decirle que la amaba una y otra vez.

Maddy le devolvió el beso.

—Yo también te amo, te amaré siempre y te veré pronto.

—Pronto —repitió él—. Muy pronto.

Apoyó la frente contra la de ella, le tomó el rostro entre las manos y revivió el momento en que la había visto por primera vez: una desconocida hermosa en el paseo marítimo oscuro de Bombay.

Se vio a sí mismo debajo del techo abovedado del vestíbulo central de la estación; inclinado sobre los mosaicos mientras juntaba las cerillas y las ponía de vuelta en la caja; su guía de la ciudad, toda la felicidad que aún les aguardaba.

Su mente se llenó de cada mirada y cada palabra que habían compartido desde entonces y, como eso se parecía demasiado a ver la vida pasar ante los ojos, apartó las imágenes y se prometió a sí mismo que habría más de ellas. Muchas, muchísimas más.

—Te veré en Inglaterra. Te veré en casa.

—En casa —repitió ella y esta vez, su sonrisa fue verdadera—. Sí.

Luke sonrió también, más que agradecido de que ella lo hubiera hecho, de haber podido ver eso una vez más.

Había tantas cosas más que quería decirle. Pero no había tiempo. Sabía que no había tiempo. Y, por ahora, solo quedaba una palabra posible.

Deseó, deseó como nunca había deseado nada, que esa palabra no fuera “adiós”.