Capítulo catorce #2
Maddy soltó una risita, un sonido extraño y estrangulado que intentó no ser un sollozo y que la sorprendió.
Era por la idea de Ernest y Diana atrapados juntos en Dorking, de cuánto debía odiar Diana no estar rodeada de personal de servicio, tal vez hasta de tener que untar mantequilla en sus propias tostadas.
Luke seguía mirándola sin reírse porque nada era gracioso, y ella ya no se reía tampoco sino que lloraba, lloraba de verdad.
—No —exclamó él y la abrazó—. Por favor...
—No puedo evitarlo. —Maddy hundió la cabeza en el pecho de él y sintió su calidez, su corazón y su terrible fragilidad—. Vas a volver a ser un soldado.
—Sí.
—Debí haber hablado con Poincaré.
—Así es.
—No puedo soportarlo —insistió sin parar de llorar—. No puedo… —No lograba entenderlo. No habría viaje para ellos, ni camarote solo para los dos, ni agosto en Richmond. Luke iría a la guerra y podría resultar herido o…—. Tengo miedo —confesó—. Tengo mucho miedo.
Él la abrazó sin decir nada. Maddy pensó que quizá él también tenía miedo y eso la hizo sentir todavía peor.
Todo ese tiempo había creído estar preparada, lista…
decidida a no confiar en esa intuición fea y persistente de que todo acabaría mal…
pero no lo estaba en absoluto. En algún momento había empezado a bajar la guardia y ahora su emoción, su felicidad se le escurrían y no podía detenerlo. No sabía cómo hacerlo.
—Tú puedes viajar igual —sugirió Luke, intentando ser fuerte por los dos—. Estaré aquí para despedirte, todavía no hay planes de movilización para las divisiones de Bombay. Solo para las de Poona, Lahore...
—Entonces me quedaré contigo.
—No —objetó—, vete. No sé cuánto tiempo más continuarán funcionando los barcos de pasajeros.
Te seguiré en cuanto pueda. —La besó y la apartó un poco para que se miraran a los ojos—.
Los cipayos necesitan entrenamiento —prosiguió— y lo haremos en Inglaterra, estoy seguro; obtendré un permiso e iré a verte.
Puede que incluso todo haya terminado para cuando estemos listos para entrar en combate, esto no tiene por qué cambiar nada para nosotros.
Maddy asintió, tragó saliva para contener las lágrimas y permaneció en silencio. Tenía la horrible sensación de que todo cambiaría para ellos. Pero era mejor no decirlo en voz alta.
Peter también había recibido la orden de reportarse a Whittaker. Pasó a contárselo a Maddy y a Luke justo después de que el sol lograra abrirse paso entre nubes densas y negras.
Ya había hablado con el coronel.
—Por eso estoy aquí —explicó al entrar. Sacudió el paraguas y lanzó una mirada apenada a Luke—. Tengo que llevarte al acantonamiento, amigo.
—¿Whittaker me quiere ahora? —preguntó Luke, que acababa de terminar de vestirse.
—Sí, pero esperemos un poco y echémosle la culpa al tráfico.
No tengo prisa por volver. —Retiró una silla y tomó asiento; el pelo le cayó sobre la frente—.
Dice Whittaker que no pierdas el tiempo intentando convencerlo de que necesitas tu luna de miel —añadió—.
Al parecer mi urdu es peor que el de su hijo de cuatro años y ya te han ascendido a mayor. Así que felicitaciones.
Luke tuvo muchas ganas de golpear la pared.
—Deberíamos habernos casado la semana pasada —interpuso Maddy.
Sostenía una taza de té frío con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos y tensos.
Luke nunca había visto unas manos tan ansiosas, le dolía verla así, ojalá supiera cómo arreglarlo por ella, por ambos, pero no lo sabía.
No se le ocurría nada—. Ahora estaríamos en el barco —prosiguió—, sentados en tumbonas en la cubierta.
—Para —le pidió Luke—, por favor para.
—Me temo que las noticias son todavía peores —terció Peter.
—¿A qué te refieres con peores? —preguntó Luke, casi sin querer saberlo.
Peter hizo una mueca.
—No nos quedaremos en Bombay.
Luke lo miró con fijeza.
—¿Adónde vamos?
—A Karachi —respondió Peter—. Esta noche.
Esta vez Luke sí golpeó la pared.
Peter suspiró como si compartiera su pesar y luego explicó lo que Luke ya sabía pero jamás había imaginado que le pudiera afectar: que la tercera división de Lahore, una de las unidades más grandes designadas para despliegue inmediato, tenía aún menos oficiales que las divisiones de Bombay.
—Vamos a integrarnos a ellos —precisó Peter— y zarparemos con ellos desde Karachi.
—¿Y qué pasará con los hombres que están aquí? —quiso saber Luke, buscando una salida—. ¿Los de Aldyce...?
—La mitad vendrá con nosotros —contestó Peter— y el resto quedará a cargo de Whittaker. No está muy contento.
—Debería haberlo peleado —comentó Luke.
—Se lo sugerí. Me recordó que ahora estoy en el ejército.
—Dios —se lamentó Luke con voz entrecortada.
—¿Dónde iréis? —preguntó Maddy—. ¿A Inglaterra?
—Es probable —respondió Luke con más convicción de la que sentía. Lo que sentía era náuseas porque no tenía ni idea de dónde viajarían los de Lahore; solo creía que, a diferencia de la sexta división de Poona, al menos sería a algún lugar de Europa y no al Golfo Pérsico.
Peter aclaró que todavía no se lo había contado a Della pero que obviamente no podía dejarla allí sola. Se volvió hacia Maddy y le preguntó si podía viajar con ella a Inglaterra el día siete.
—Sí —accedió ella con voz apagada y la mirada clavada en Luke—, por supuesto.
Él le sostuvo la mirada y trató de imaginarse dejándola esa noche, esa noche mientras hurgaba una vez más en su mente en busca de una salida. No la había, lo sabía, ninguna en absoluto.
Maddy se acercó y le rodeó la cintura con los brazos.
Luke se movió de manera instintiva y la atrajo hacia sí, y sus músculos se relajaron al sentir el contacto con su cuerpo, el consuelo, mientras no paraba de pensar que en apenas unas horas ya no tendría eso.
No habían tenido tiempo suficiente, los dos.
No era suficiente, nunca sería suficiente...
—Viajaremos al mismo tiempo —se oyó decir tanto a sí mismo como a ella—. En quince días volveremos a estar juntos.
—Quince días —repitió ella y alzó la vista, con los ojos como el cristal, más azules que nunca.
Luke esbozó una sonrisa con esfuerzo y la animó a que hiciera lo mismo.
Maddy lo intentó. Fue evidente en el ligero movimiento de sus mejillas, pero no lo consiguió. Era la primera vez que él veía algo así y le partió el corazón.
¿Había sabido ella, entonces, lo que se avecinaba?
Luke se lo preguntaría a sí mismo muchas veces a lo largo de todo lo que sucedió después y también a ella en sus cartas.
“No”, contestó ella. “¿Cómo habría podido saberlo?”.
Planearon que él iría al acantonamiento a ver a Whittaker y luego volvería para que pudieran pasar la tarde juntos como harían Peter y Della.
(“Me entristece bastante dejarla, admitió Peter, “pero no se les ocurra decírselo”).
Whittaker, que no era un hombre insensible, había concedido tiempo a todos los hombres con familias para despedirse.
—Zarparán a Karachi a las ocho —les informó—. Asegúrense de estar de vuelta a tiempo para el transporte al puerto.
Luke no quería pensar en el transporte al puerto.
Solo quería tirarse en la cama con su esposa, su esposa, que creía que nunca llegaría a asimilar que tuviera la suerte de tener, y olvidarse del uniforme que Whittaker le había entregado con los galones de mayor cosidos en las mangas, el macuto, el fusil y la bayoneta que ahora llevaban su nombre.
Lo último que imaginaba encontrar cuando entró en su apartamento era que Maddy se hubiera marchado y hubiera dejado una nota escrita deprisa en la que le avisaba que había ido con su padre al hospital de Guy Bowen.
Nunca se le había ocurrido que pasarían el resto del día juntos en un pasillo concurrido, sentados en sillas de madera incómodas, esperando ansiosos a que Alice recobrara la conciencia y tratando de mantener la calma a pesar de que nadie sabía si Alice se recuperaría.
El mundo parecía haberse puesto patas arriba.
Permanecieron con los ojos clavados en la puerta de la habitación de Alice mientras el reloj giraba sin piedad, tomados de las manos porque era lo único que podían hacer, deseando estar en cualquier otro lugar que no fuera donde estaban, en medio de un silencio cargado con el temor de la despedida.
Guy llegó. Luke tenía que reconocer que su conducta era impecable; explicó a Maddy con calma que no debía preocuparse, que la operación de Alice había salido tan bien como era posible; le habló con la misma franqueza con que la madre de Luke solía hablar de temas médicos.
(No dejaba de pensar en su madre. Sabía que ese día estaría aterrorizada.
Había comenzado su carrera como enfermera en la Primera Guerra de los Bóeres y le horrorizaban los campos de batalla.
Verla era lo único positivo que Luke encontraba en su partida inminente).
Guy luego comentó que lamentaba mucho que Luke se marchara esa noche: parecía sincero.
Es más, si Luke no hubiera estado tan seguro de que estaba enamorado de Maddy, casi podría haber llegado a apreciarlo.
—Yo también me iré pronto —reveló—, pero me quedaré aquí un tiempo más para cuidar de todos ustedes, Maddy.
—Excelente —terció Luke.
—¿Cuánto tiempo estará mamá en el hospital? —quiso saber Maddy.