Capítulo catorce
Alice no se había sentido bien para ir a la boda.
Ni para acompañar a Maddy a las pruebas del vestido, pero por nada del mundo se habría perdido esas sesiones ni el momento de ver a Madeline caminar al altar; incluso mientras había estado sentada en el banco de la iglesia y en la tienda de la costurera (“mi hija”, había pensado, con la mirada fija en su querido rostro, “mi hija”), había sabido que estaba creando recuerdos que se sumarían a los miles que ya guardaba, listos para ser revividos una y otra vez en los meses y años venideros.
En los momentos de mayor desesperanza, casi deseaba que Madeline no hubiera vuelto nunca; habría sido más fácil no tener que volver a perderla en cierto modo.
Se había esforzado por mantener la compostura en la iglesia y también durante la tarde en la casa (se había sentido muy aliviada cuando Madeline le había pedido que fuera una celebración discreta, sin pompa ni formalidades.
“Sin formalidades”, pensó, “eso sí puedo hacerlo”).
No había bailado. A duras penas había conseguido mantenerse sentada con la espalda erguida.
Los dolores de estómago de las últimas semanas no habían sido un invento ni una excusa para disimular su pena y su miedo (aunque había habido algo de eso); habían sido muy reales y cada vez peores, igual que las náuseas.
Alice los había atribuido a la ansiedad.
—No —le informó Guy al día siguiente, cuando pasó por la casa a una hora avanzada—, es tu apéndice.
Richard le avisó después de que Alice había pasado todo el día en la cama, entrando y saliendo de un estado de conciencia febril, soñando con la boda, con Madeline de niña que lloraba y le rogaba que no la obligara a ir a Inglaterra (“No quiero ir, no gracias. Me portaré mejor, te lo prometo”) y luego de adulta marchándose, subiendo la pasarela de otro barco, un barco en el que Alice estaba muy segura de que nunca sería capaz de poner un pie.
El dolor de estómago había empeorado a medida que transcurrían las horas, su cuerpo había comenzado a temblar de forma incontrolable por la fiebre y la casa a su alrededor se había convertido en una isla opresiva que se mecía bajo la lluvia estruendosa de Bombay.
—Deberías haber ido a verme, Alice —la reconvino Guy con su rostro amable cansado y marcado por la preocupación. Sacó una jeringuilla del maletín, le explicó que la ayudaría con el dolor y le pinchó el brazo.
Alice cerró los ojos y sintió cómo los opioides se extendían por su cuerpo y la envolvían en una niebla dichosa. Movió la cabeza con pesadez a modo de asentimiento. Debería haberlo hecho.
Guy se alejó. Lo oyó hablar con Richard al otro lado de la puerta del dormitorio, sus voces apagadas apenas eran audibles por encima de la lluvia.
Algo sobre trasladarla al hospital de Guy, sobre operarla.
Aturdida, pensó que debería tener miedo de una operación.
Dejó que el sentimiento se disipara; en realidad, mientras el dolor desapareciera, ¿qué importaba?
—Creo que se ha roto —precisó Guy. (Quizás eso sí importaba)—. Me gustaría operarla yo mismo con tu permiso.
—Por supuesto —accedió Richard—, por supuesto.
Alice percibió la rigidez entre ellos a pesar de su confusión.
Habían pasado muy poco tiempo juntos últimamente, no habían compartido ni cenas ni copas.
Ella había escrito a Guy para contarle el compromiso de Madeline y luego otra vez para invitarlo a la boda.
Se habían estado evitando. “No había otra opción”, pensó.
Los tres sabían demasiado bien lo que sentía cada uno, aun cuando esos sentimientos se mantuvieran en silencio, así que (como Alice solía comprobar) realmente era más fácil no decir nada.
Tampoco podía hablar en ese momento aunque quisiera.
Sentía los labios pesados, su rostro y sus extremidades parecían volverse más densos con cada segundo que pasaba.
Se dio cuenta de que Richard había regresado con ella como en una nebulosa.
La habitación se movió y dio vueltas mientras él la levantaba en brazos y la llevaba escaleras abajo; la suavidad siempre sorprendente de sus brazos amplios.
A continuación se encontró recostada en el asiento de cuero trasero del coche, con la cabeza en el regazo de Richard y la mano de él en su cabello.
¿Cuántas urgencias nocturnas como esa habían vivido? Todos esos bebés…
El coche se puso en marcha con una sacudida.
Alice debió perder el conocimiento, porque cuando abrió los ojos la estaban cargando otra vez y la colocaban sobre una cama que se movía y hacía un ruido extraño sobre las baldosas.
“Una camilla”, pensó, “estamos en el hospital”.
Fue un pensamiento desconectado; hasta su mismo pánico cuando un hombre le colocó una mascarilla en la cara, le informó que la llevaban al quirófano y que el mayor Bowen la estaba esperando allí parecía existir en un lugar fuera de ella misma.
Lo único que sabía con claridad era que Madeline iba a marcharse muy pronto y que ella quería que se quedara. Quería a su hija. Deseó haber podido decírselo, decirle cuánto la amaba y explicarle... todo.
Ese fue su último pensamiento cuando alguien comenzó a verter el líquido sobre la mascarilla.
Eso y que alguien más en la habitación quizás acababa de decir que Gran Bretaña había declarado la guerra a Alemania, pero la máscara había empezado a tener un sabor muy extraño; la voz desapareció.
Estaba nadando, no en agua (a la que no se había acercado durante muchos años) sino en la oscuridad. Oscuridad total.
El mensajero empapado por la lluvia llegó en las primeras horas del amanecer del cinco de agosto, llamó a la puerta del apartamento de Luke y despertó a Maddy y a Luke, que habían estado durmiendo en la cama baja, con las sábanas enredadas debajo de ellos y el mosquitero flojo bajo el calor pesado y húmedo.
Maddy se sentó de golpe, con el corazón acelerado, y se le heló la sangre cuando su mente comprendió lo que esa intrusión debía significar.
Lo habían estado esperando.
A pesar de la renuencia de ambos a salir del apartamento, aunque fuera por un minuto, la preocupación por cuánto tiempo iban a tener para estar juntos y por saber si Alemania había respondido al ultimátum británico había sido demasiado fuerte para ignorarla.
Habían ido en coche la noche anterior hasta el despacho del coronel en el acantonamiento principal para averiguar qué sabía, con la frágil esperanza de que Alemania se hubiera retirado de Bélgica.
—Me temo que no —había manifestado el coronel Whittaker con un suspiro antes de sacar una botella de ron del cajón de su escritorio— y solo le quedan unas pocas horas.
Les ofreció un trago. Ellos lo habían rechazado, querían marcharse.
Cuando Whittaker intentó insistir, argumentando que él y Luke tenían mucho de qué hablar, a saber, que Ernest Aldyce y varios otros oficiales habían dejado a varios cientos de hombres sin comandante, Luke había apretado más fuerte la mano de Maddy y había respondido:
—Mañana. Podemos hablar mañana.
Habían escapado a través de la lluvia húmeda hasta el coche y Luke había conducido deprisa bajo el aguacero, la mayor parte del tiempo en silencio, sin que ninguno de los dos mencionara lo que vendría después (y que, casi con toda seguridad, no sería el viaje a Inglaterra juntos).
Maddy tenía la impresión de que se ahogaría si abría la boca.
Ya en el apartamento se habían vuelto el uno hacia el otro para besarse, quitarse la ropa mojada y dejarla caer sobre los baúles que habían dejado junto a la puerta, listos, desgarradoramente listos, para el viaje.
No habían llegado al dormitorio. Ninguno de los dos había hecho una pausa, no cuando el tiempo se había convertido en el lujo más preciado.
La ropa seguía tirada en el mismo lugar.
Luke, con un pantalón que se había puesto a toda prisa, pasó junto a los baúles de camino a la puerta del frente.
Maddy, con los dedos en la garganta, lo observó moverse por la habitación oscura, a través de las formas y las sombras negras y el silencio sofocante.
Luke abrió la puerta y dejó entrar el ruido de la tormenta…
y también el telegrama de Londres. Maddy vio cómo el mensajero se lo entregaba y él lo tomaba en una mano, lo leía y, después de unas breves palabras de agradecimiento en urdu, cerraba la puerta y se inclinaba hacia adelante, con la mano apoyada en la madera como si necesitara sostenerse.
Casi no necesitó que él se girara para ver su expresión seria y saber lo que decía el telegrama.
Y tampoco necesitaba leerlo.
Pero de todos modos lo hizo. Luke regresó a la cama, se arrodilló a su lado en el colchón y le tendió el papel empapado que ella tomó con manos frías:
GRAN brETAÑA EN GUERRA CON ALEMANIA STOP NO REGRESE A INGLATERRA STOP REPÓRTESE AL CORONEL WHITTAKER STOP SE NECESITAN TODOS LOS OFICIALES DESTINADOS EN LA INDIA STOP FELICITACIONES POR SU BODA STOP MUY AGRADECIDOS POR SU SERVICIO Y SU PACIENCIA STOP
—O sea que no iremos a ningún sitio —declaró y las palabras le sonaron extrañas, irreales y muy equivocadas.
Luke guardó silencio.
Maddy alzó la vista hacia él y vio que tenía los ojos brillantes, encendidos de furia.
—¿Tienes idea de las veces que he dicho a gente como el coronel Whittaker que cancelara todos los permisos de los oficiales para volver a Inglaterra?
—espetó Luke en voz baja, apenas controlada—.
Habría suficientes oficiales aquí si me hubieran hecho caso y yo podría irme a Inglaterra contigo y alistarme allí pero, en vez de esto, tengo que hacerme cargo de los hombres de Ernest Aldyce mientras él está descansando en Dorking con una esposa que detesta.