Capítulo trece #2
—Yo también lo prefiero —afirmó él y la besó largamente—. Y ese es mi plan, en cuanto este lío termine. No pienso hacer otra cosa más que eso.
—¿Crees que se acabará para Navidad, como dice todo el mundo?
—Quizás incluso antes.
Maddy deseó con toda el alma que tuviera razón.
Al día siguiente, cuando Francia y Bélgica iniciaron la movilización total, lo deseó de nuevo.
Fue a recoger su vestido al Taj y se detuvo a mirar los periódicos expuestos en el vestíbulo: las imágenes de multitudes felices que disfrutaban del día festivo inglés y los titulares que anunciaban que el país, azotado por una ola de calor, estaba listo para la batalla, y rezó en silencio para que todo eso no fuera más que un breve interludio de locura.
Como no podía ser de otra manera, Gran Bretaña lanzó un ultimátum a Alemania: si no se retiraba de Bélgica se enfrentaría a una declaración de guerra.
Cuando llegó la mañana de la boda todas las tropas británicas e indias, tanto activas como de reserva, se encontraban en estado de alerta, lo que incluía a Luke y Peter.
A causa de estar fuera de sí (y aterrorizada), Maddy se despertó demasiado temprano para la boda, con una sonrisa obstinada en los labios, llena de una euforia incontenible por el día que le esperaba, y pensó en Luke despertándose en su apartamento y la emocionante y maravillosa realidad de que en cuestión de horas estarían casados.
“Casados”.
La emoción la dominó por completo mientras se bañaba, se ponía su vestido blanco y se sujetaba el cabello con dedos temblorosos.
El miedo por todo lo demás se desvaneció cuando fue en coche con su padre a la iglesia, entrelazó su mano con la de él sin dejar de temblar, y luego lo tomó del brazo y corrió bajo la lluvia torrencial hasta las puertas de St. Thomas, con el velo flotando detrás de ella sobre los escalones de entrada resbaladizos.
Se detuvo al inicio del pasillo de mármol y sus ojos se posaron en Luke, de pie en el altar, tan apuesto con su traje formal de día (no con uniforme, todavía no), tan feliz mientras la miraba a ella y no pensó en nada más que en él y en lo que estaban a punto de hacer.
Dio un paso, mareada por la falta de aliento y los nervios y, en un instante, los puntos de movilización de la reserva que se estaban activando en toda la India se esfumaron de su mente.
Olvidó los buques vacíos que, incluso en ese mismo momento, navegaban hacia Bombay, listos para transportar al ejército.
No pensó en qué ejército estaría cruzando qué frontera prohibida, ni en lo pálida que se veía su madre en el banco de madera del frente, ni en que Guy había enviado otra tarjeta en la que se excusaba de asistir a la boda.
“Estoy seguro de que será maravillosa sin mí”.
Se detuvo junto a Luke con el velo sobre los hombros, él se inclinó hacia ella y su voz grave le rozó el oído.
—Llegó la hora. —Maddy sintió que nunca había sido tan feliz.
Apenas prestó atención a las palabras de bienvenida del obispo.
Sentía el brazo de Luke junto al suyo, el calor de su presencia y no dejaba de mirarlo de reojo, igual que él a ella, los dos tratando de contener sonrisas imposibles de reprimir.
El obispo anunció el primer himno, los acordes del órgano resonaron y mientras todos se ponían de pie y cantaban Sublime gracia , Luke se inclinó de nuevo para decirle lo bien que le quedaba el blanco.
—Gracias —murmuró ella.
—De nada. Te ves muy pura.
La sonrisa de Maddy se ensanchó.
—¿En serio?
—Sí —respondió él y se acercó un poco más—, casi podrías engañarme…
Maddy se rio, lo que le valió una mirada de desaprobación del obispo, que se intensificó cuando ella se rio todavía más, solo por la forma en que la miraba el obispo.
—Para —le pidió Luke, con sus ojos oscuros brillantes—, nos estás metiendo en problemas.
Della leyó un pasaje de Corintios con voz hermosa (“Ha estado practicando”, les contó Peter después), todos cantaron otro himno, esta vez de esperanza, el obispo pronunció el sermón (por fortuna breve) y luego preguntó si alguno de los presentes sabía de alguna razón válida por la que Luke y Madeline no debieran casarse legalmente y nadie, ni siquiera Alice, dijo nada.
Intercambiaron sus votos sin apartar la mirada el uno del otro mientras prometían amarse hasta que la muerte los separara y salieron corriendo de la iglesia envueltos en una lluvia de confeti húmedo por el monzón, rumbo al desayuno de bodas íntimo en casa de Maddy: todo lo que habían deseado.
Mientras la lluvia mojaba el césped y las palmeras y un cuarteto de cuerda tocaba debajo del toldo del porche, cortaron la magnífica tarta del cocinero, bebieron champán, bailaron, rieron y no hablaron ni una palabra de la guerra; más tarde, al caer la noche, salieron de nuevo a la intemperie, esta vez envueltos en una lluvia de besos, para regresar al apartamento de Luke.
—Te amaré por siempre —prometió Maddy mientras él la cargaba desde el coche hasta las habitaciones calurosas y silenciosas—. Incluso más que eso.
—Qué bien —contestó él. La depositó en el suelo y le habló sobre los labios, sobre el cuello—. Porque pienso hacer que cumplas tu promesa.