Capítulo trece
Todo ocurrió muy rápido después de eso.
El padre de Maddy visitó al obispo de la catedral de St. Thomas la mañana siguiente del asesinato del archiduque para convencerlo de que la lectura de las amonestaciones podía realizarse sin demora y reservó la ceremonia para el tres de agosto.
Luke pasó por la oficina central de telégrafos esa misma tarde para enviar un telegrama a Edie y a sus padres con la noticia (“Tengo el corazón rebosante de emoción”, escribió Edie en su respuesta.
“Qué noticia maravillosa”, respondieron los padres de Luke, “no vemos la hora de conocer a nuestra nueva nuera”) y luego él y Maddy fueron a la abarrotada oficina de venta de billetes de la P había insistido en ir a todas las pruebas aunque no había dejado de quejarse del estómago y estaba cada día más pálida.
Maddy se había atrevido por fin a hablar con ella durante uno de los trayectos en coche como le había prometido a Luke (y a sí misma) que haría.
Con la boca seca por una aprensión repentina, le había preguntado por qué le disgustaba tanto la idea de visitar Richmond, qué le había impedido ir a Oxford todos esos años y, con palabras atropelladas y la voz quebrada por el alivio de poder expresarlas, por qué no había viajado con ella la primera vez para llevarla a casa de Edie y Fitz.
—Creo que enviarme allí te partió el corazón.
Alice no había respondido, al menos al principio. La miró con los ojos azules perturbados, casi con miedo, como si llevara años temiendo esas preguntas, lo que hizo que Maddy empezara a desear no haberlas hecho nunca.
Y sobre todo cuando Alice había hablado por fin, cada sílaba tensa, forzada; una agonía.
—Sí, me partió el corazón, Madeline —había confesado—. Fue lo más difícil que he hecho en toda mi vida. Tenía tantas ganas de ir contigo.
—Pero...
—Era imposible —la había interrumpido—. Me parecía imposible.
—¿Imposible? —había repetido ella tan confundida como siempre—. ¿Por Edie? —había aventurado—. Solían ser amigas. ¿Estaban peleadas?
Alice había suspirado y Maddy lo había interpretado como un “sí”, pero antes de que pudiera pensar en cómo presionar a su madre para que le contara más sobre la desavenencia de la que sospechaba desde hacía tiempo, Alice se había apresurado a asegurarle que Edie no había tenido nada que ver con que ella no hubiera hecho el viaje.
—Ni tampoco Fitz. No habría dejado que eso me detuviera.
“¿Pero qué os pasó?”, había estado por preguntar Maddy.
Pero en ese instante, Alice se había movido y se había llevado una mano a la cintura con el ceño fruncido, al parecer por una punzada de dolor. Ante eso Maddy se había sentido mal por su madre y también culpable, convencida de que había contribuido a ese malestar y reacia a sumarle más sufrimiento.
Para frustración de Luke, y también de Della, no había vuelto a sacar el tema.
Tampoco lo hizo ahora, mientras giraba sobre sí misma y fijaba la mirada más allá del sencillo vestido blanco de encaje, en el reflejo pálido de Alice en el espejo empañado.
—Perfecto. Pareces un cuadro —murmuró Alice y sintió que se le revolvía el estómago por lo que Poincaré había prometido y por la aterradora imprevisibilidad de lo que estaba por venir.
—Quiero que todos se detengan —dijo Maddy a Luke—, quiero ir allí y ordenarles que se detengan.
—Deberías hacerlo —la alentó él y le besó el cuello—. Para ser sincero preferiría no volver a ser un soldado y estoy seguro de que te harían caso.
Pero, desde luego, no lo hizo y el veintitrés de julio Austria-Hungría lanzó un ultimátum a Serbia en el que exigía plena libertad para llevar a cabo una investigación sobre la muerte del archiduque, cosa que Serbia rechazó de plano.
Y entonces, cuando apenas quedaban unos días para la ceremonia, las fichas del dominó comenzaron a caer.
El treinta y uno de julio, después de que Maddy se levantó antes del amanecer para ir con Ahmed y Della a los fragantes y gloriosos mercados de flores de Bombay —refugiados bajo paraguas combados por la lluvia, se habían abierto paso entre la multitud madrugadora y los puestos repletos buscando seleccionar carretadas de pétalos húmedos y dulces para la iglesia—, recibieron la noticia desalentadora de que los rusos se habían movilizado en apoyo de Serbia.
—Eso no significa... —comenzó Della, pero se interrumpió. Ni siquiera ella podía seguir fingiendo que no estaba ocurriendo.
Aun así enviaron las flores a la catedral. Se dijeron que no pasaría nada más hasta después de la boda. Seguro que no.
Pero al día siguiente, mientras Maddy estaba en la cocina elogiando la impresionante tarta de boda del cocinero (de frutas, no de bizcocho), Luke llegó con la mala noticia de que los alemanes habían violado la neutralidad belga e invadido Bélgica.
—Nos vamos a casar de todos modos —aseveró cuando se retiraron a la privacidad del salón vacío—. Nada va a impedirlo.
—Pero después...
—Después es después —la interrumpió y la atrajo hacia sí—. Lo afrontaremos a su tiempo. —Sus miradas se encontraron—. Todo estará bien.
Maddy suspiró y se aflojó; por el momento se permitía dejarse convencer.
—No tienes que salir corriendo a ningún sitio ahora, ¿verdad? —preguntó.
—Tengo que ir al acantonamiento.
—Preferiría que te quedaras conmigo.