Encuéntrame en Bombay Capítulo doce #2
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Capítulo doce #2

—Sí, tenemos que ir —contestó mientras su mente se poblaba de todo lo que los esperaba allí (la ribera del río, los sauces y los atardeceres violáceos, todo eso)—. No puedo dejar de ir, lo deseo demasiado.

—Entonces vendremos de visita nosotros —sugirió Luke—. Si ella no quiere ir a visitarnos vendremos nosotros.

Maddy alzó la vista hacia el techo y se imaginó a su madre llorando en el piso de arriba.

—No entiendo por qué no quiere ir.

—Tienes que preguntárselo.

Maddy asintió, tenía que hacerlo.

Pero fue con su padre y no con su madre con quien habló a la mañana siguiente, ya que Alice (alegando esta vez un dolor de estómago) no bajó a desayunar.

—Ni se te ocurra intentar disuadirme —previno a Richard, antes de que él tuviera oportunidad de servirse el café—. Es demasiado importante.

Su padre se detuvo con la mano suspendida a pocos centímetros de la cafetera y la miró con el ceño fruncido; su rostro surcado de arrugas se veía cansado. Maddy no sabía hasta qué hora había estado despierto, él y su madre todavía seguían conversando cuando ella se había ido a la cama.

—No tengo ninguna intención de disuadirte —aclaró—. No tienes ni idea de cuánto me gustaría que pudieras entender…

—Entonces dime qué ocurre —lo urgió ella.

Richard suspiró.

—Por favor, papá —insistió al notar que él vacilaba, con la sensación de que la verdad estaba al alcance de la mano—. ¿Por qué no quiere viajar?

—Ay, cariño —soltó él con desaliento—, no es cuestión de que no quiera . Es que no puede.

Maddy frunció el entrecejo.

—¿No puede?

Richard la miró de nuevo, como si estuviera sopesando si continuar o no.

Maddy se inclinó hacia adelante en la silla, instándolo en silencio a que lo hiciera.

Pero él sacudió la cabeza como si se recordara algo a sí mismo.

—Tienes que hablar con ella —precisó—. Le di mi palabra de que no saldría de mi boca. —Se volvió a estirar para tomar la cafetera y esta vez se sirvió; parecía que lo necesitaba—. Pero ahora déjala por favor, está descansando.

—Pero... —empezó Maddy.

—Por favor, cariño —le rogó y abrió mucho los ojos con expresión suplicante.

Maddy dudó un segundo más y él le sostuvo la mirada. De verdad parecía muy cansado.

Ella asintió despacio, rindiéndose.

¿Qué otra cosa podía hacer?

—Hablaré con ella cuando se sienta mejor —explicó a Luke poco después, cuando pasó a recogerla para ir a casa de Peter y Della.

Luke se apoyó en el volante y la miró de reojo.

—¿Lo prometes?

—Lo prometo.

—¿Estás segura de que aún quieres ir a casa de los Wilson?

—Por supuesto. Estaré triste todo el día si no vamos.

Luke esbozó una sonrisa ligera.

—Bueno, no podemos permitir eso.

—Por supuesto que no —declaró Della, después de que llegaron a casa de Peter y les contaron la noticia—. Estoy loca de contenta por vosotros, contentísima. Ya era hora.

—Claro que sí —se sumó Peter mientras se apartaba el cabello de su rostro sonriente.

Estrechó la mano de Luke, besó a Maddy y los invitó a pasar a la sala de estar asfixiante donde abrió las ventanas y luego descorchó una botella de champán—.

¿Esto significa que tú también volverás Della?

—añadió y se volvió hacia su hermana—. ¿Puedo devolverte a mamá con las manos vacías?

—Lo siento, no —respondió Della—. Me quedaré otra temporada y no finjas que no me echarías de menos si me fuera.

Peter entrecerró los ojos, sin confirmarlo ni negarlo, y llenó las copas de todos.

—¿Qué hacemos con la misa? —preguntó Della.

—Lleguemos tarde así nos la perdemos —aventuró Luke, que solía hacer eso—. Estoy seguro de que Dios lo entenderá.

Quizás no lo entendió.

O quizás estaba enojado con otra persona (Francisco Fernando, por ejemplo).

Pero esa misma noche cuando volvieron a reunirse, esta vez para celebrar el compromiso en el Club Gymkhana (Richard insistió; Alice, que todavía aducía sentirse enferma, no estaba allí, aunque sorprendió a Maddy al bajar a despedirse antes de que se marchara.

“Quiero que seas feliz”, le había susurrado de pie en las escaleras, en bata.

“Espero que lo sepas”. “Lo sé”, había contestado Maddy.

“Pero desearía que te hiciera más feliz a ti”, pensó), llegó la noticia desde la residencia del virrey: nacionalistas serbios habían asesinado al archiduque Fernando.

No todos se preocuparon.

Della, por ejemplo, confesó que no podía entender a qué iba tanto alboroto.

—¿Qué tiene que ver ese archiduque con nosotros?

—Esperemos que nada —replicó Peter sin parecer muy convencido.

Maddy tampoco lo estaba, se volvió hacia Luke y advirtió su repentina seriedad.

Sabía lo que estaba pensando. Habían hablado demasiadas veces sobre lo que estaba pasando en Europa como para que ella dudara de que él estuviera tan preocupado como ella por el hecho de que Austria-Hungría, que llevaba mucho tiempo buscando una excusa para atacar a Serbia y fortalecerse en los Balcanes, ahora la tuviera.

Si atacaba, Rusia, que se había comprometido a apoyar a Serbia, también se vería arrastrada al conflicto.

Francia le seguiría ya que tenía un tratado con Rusia y luego también Gran Bretaña (gracias, Triple Entente) y, con ellos, Alemania (estaban aliados con Austria-Hungría).

Cerró los ojos y tomó conciencia de la enormidad de lo que podría ocurrir.

“Está todo dispuesto como un juego de dominó”, había comentado ella misma apenas la otra noche. “Solo que no tiene nada de divertido”.

—Tal vez no suceda —aventuró ahora, más para tranquilizarse a sí misma que a los demás.

—Confiemos en que así sea —intercedió Luke— y brindemos por eso.

Y todos lo hicieron.

La velada no se arruinó, ni mucho menos.

Casi todos los que se habían quedado en Bombay durante el verano estaban allí (a excepción de Guy, que había enviado sus disculpas mediante una tarjeta: “Me temo que esta noche tengo que trabajar, pero les deseo toda la felicidad del mundo”.

“¿Te sientes muy mal?”, le había preguntado Della a Maddy.

“Horriblemente”, había admitido Maddy); el club, iluminado por las velas, estaba abarrotado; el aire pegajoso vibraba con la música de Harry Lauder, el tintineo de las copas y el murmullo de voces alegres.

Maddy bailó con Luke, que la hizo girar e inclinarse hasta casi tocar el suelo y ella rio hasta que le dolieron los costados.

Bromearon, sonrieron y volvieron a hablar sobre todo lo que el verano les tenía reservado (la boda, la luna de miel, la ribera del río en Richmond) pero no del trabajo de él ni de que era probable que, después de todo, no resultara tan inútil.

Richard propuso un brindis por el futuro y todos vitorearon y alzaron sus copas.

Nadie quería pensar en el asesinato de un miembro de la realeza austriaca, no esa noche.

Pero terminó pareciendo la última vez que alguien se abstendría de hacerlo. Porque a partir de ese día, hablar de si Austria-Hungría tomaría o no represalias contra Serbia se convirtió en algo tan habitual como hablar del clima. Ya nadie parecía cuestionarse si habría una guerra.

De la noche a la mañana la cuestión era cuándo y Maddy no podía soportarlo.