Capítulo doce
Tuvieron dos semanas antes de que llegara la noticia del asesinato del archiduque austrohúngaro.
Dos semanas en las que el cielo se cubrió de nubes densas antes de las lluvias, los Aldyce se tomaron un permiso de verano en Inglaterra y muchos otros se preparaban para una temporada en las colinas; Maddy y Luke siguieron haciendo creer a los padres de ella que salían todas las noches a restaurantes, locales de comida nativa y mercados, pero se escabullían al apartamento de Luke en los muelles, donde la había llevado por fin la noche después del paseo fallido para ver las tortugas.
Esa primera vez ella recorrió el lugar a la luz de los faroles, muy consciente de que no debía estar allí pero feliz de estarlo.
Sus pies pisaron el suelo tibio de terracota y sus ojos asimilaron las delicadas puertas talladas, los postigos enrejados, el mar plateado apenas visible a través de los diseños de los postigos y decidió que nunca había estado en un lugar más hermoso.
—Ahora entiendo por qué prefieres esto al Taj —comentó.
—Sí. —Luke la besó en la oreja, en el cuello—. Hay otras razones también por supuesto.
El resto del mundo desaparecía cuando se encerraban en esas habitaciones y se volvían intocables, invencibles.
No se preocupaban por nada. Aunque de vez en cuando conversaban acerca de tener más cuidado para que ella no quedara embarazada, ninguno de los dos hacía nada al respecto.
Maddy no estaba segura de querer hacerlo; en realidad no lo pensaba mucho, solo pensaba en Luke.
Luke se ponía un pantalón y una camisa y salía a comprar la cena a un vendedor callejero cercano cuando les entraba hambre.
Maddy se envolvía en una sábana y servía champán tibio en tazas de cerámica mientras lo esperaba.
Comían a la luz de las velas, acurrucados perezosamente en el asiento junto a la ventana del dormitorio, ocultos detrás de los postigos abiertos que dejaban entrar la brisa húmeda y con el mar oscuro que se agitaba debajo.
La noche antes de que asesinaran al archiduque, mientras yacían en la cama baja, la mano de Luke sobre la cintura de ella y la mano de ella que se deslizaba por el hombro bronceado y recorría con languidez el hueco y la curva del brazo, Luke anunció que tenía algo para ella.
—¿Mmm? —musitó Maddy somnolienta.
—Mmm —repitió él mucho más despierto—. En serio. —Se giró sobre la almohada y se estiró para tomar algo del suelo debajo de la cama.
Maddy lo observó, ahora más despabilada pero sin sospechar nada, al menos no de inmediato.
Luke se recostó otra vez, de frente a ella, con una bolsita de terciopelo en la mano. Ella la escudriñó.
—Eso no es una guía turística —aventuró despacio.
—No. —Los ojos de él reflejaban el resplandor de las velas—. No lo es.
—Ni tampoco seda —continuó ella.
—Tampoco seda —confirmó y le tendió la bolsa pequeña.
Maddy la miró con fijeza, sin tocarla, con una sospecha creciente y el atisbo de una sonrisa.
—¿Son pendientes?
Él se rio.
—¿Por qué no la abres mejor?
Así que lo hizo. Se sentó y tomó la bolsita. Tiró del cordón con dedos muy temblorosos, con la sonrisa cada vez más ancha y el calor de la mirada intensa de Luke en su piel. Miró dentro y abrió mucho los ojos al ver el puñado de diamantes sueltos y centelleantes en el interior.
—Supongo que podrías hacerte unos pendientes —sugirió él— o un broche.
—¿Un broche? —exclamó ella—. No quiero un broche.
—Perfecto —precisó Luke, también con una sonrisa—, porque yo estaba pensando en un anillo.
Maddy lo miró, se rio, casi sollozó, se rio de nuevo, tomó entre sus manos ese rostro que tanto amaba y lo cubrió de besos.
—¿Eso es un sí?
—Es un no, obviamente —bromeó ella y chilló cuando él la levantó en brazos y la dejó caer de nuevo en la cama.
Esa noche hicieron muchos planes: la boda, que querían celebrar lo antes posible para poder aprovechar al menos parte del verano en Inglaterra; la luna de miel que pasarían en el barco con escala en Port Said y quizá con una visita a las pirámides (“Siempre he querido hacer eso”, exclamó ella, con una emoción que crecía con cada respiración); y también que irían a casa de los padres de Maddy y les comunicarían la noticia y que, como el día siguiente era domingo, enviarían un telegrama a los padres de Luke a primera hora del lunes.
—Y a Edie también —señaló ella—, no podemos olvidarnos de Edie. Y Della me matará si no es de las primeras en enterarse.
—Mañana pasaremos por la casa de Peter —dijo Luke.
—Guy también querrá saberlo —añadió Maddy con cierto desánimo al pensar en su reacción.
Apenas lo había visto en semanas. Guy había dejado de pasar por su casa.
Cada vez que se cruzaba con él (lo cual ocurría a veces) en la iglesia, en los Jardines Colgantes o en el par de ocasiones que había almorzado con Della en el Club Gymkhana, él se demoraba lo justo y necesario para intercambiar un saludo breve y esbozar una sonrisa amable con cara de víctima.
(“Ay, esa cara ”, soltó Della. “Hasta yo me siento mal y eso que no le hice nada. Ojalá me dejara”).
—Guy estará bien —aseguró Luke.
—¿De verdad? —preguntó Maddy.
—Es probable que no —se corrigió él. Maddy se estiró sobre la cama y le dio un puñetazo—. Yo estaría enloquecido —continuó mientras se reía y se frotaba el brazo— si te casaras con él en vez de conmigo.
—Como si hubiera la más mínima posibilidad de eso…
—¿Se lo dirás tú?
—No, dejaré que lo haga mi madre. No me digas nada, soy una cobarde, ya lo sé.
—No diré nada. De hecho, estoy totalmente de acuerdo con que evites una conversación íntima con Guy Bowen. Aunque tampoco va a ser fácil hablar con tu madre —añadió con el ceño fruncido.
Maddy suspiró; lo sabía.
Se había dado cuenta a esas alturas de que su madre tenía miedo de que ella se marchara.
No entendía por qué le había llevado tanto tiempo advertir lo asustada que estaba (“No me digas”, había dicho Luke.
“¿De verdad fuiste a la universidad?”), pero desde que Luke había mencionado la forma en que Alice la miraba, Maddy había empezado a observarla bajo una luz que iba cambiando poco a poco.
Había descubierto que los penetrantes ojos azules de su madre intentaban disimular una suavidad que no lograban ocultar; que su quietud encubría una tensión y que cada vez que Maddy la sorprendía mirándola, perdía la compostura por una fracción de segundo.
A pesar de que el hecho de que casi no la hubiera visitado en Oxford le seguía doliendo y mucho, de forma que no podía olvidarlo, había empezado a no abandonar una habitación cuando Alice entraba en ella.
A esforzarse más por hablar con ella sobre cualquier cosa: Luke, Della, sus inconvenientes con el cocinero, y estaba segura de que no se lo había imaginado y que Alice había empezado a sonreír más.
(“No”, le había confirmado Richard con una sonrisa, “yo también lo he notado”).
Y aunque Alice no se había sorprendido mucho cuando Maddy y Luke habían regresado sin ver las tortugas, con la ropa húmeda y arrugada y el cabello de Maddy enmarañado y con sal (“Se cayeron al agua”, había declarado mientras los escudriñaba.
“¿Los dos?”. “Los dos”, había contestado Luke.
“Fue culpa mía, no te enfades con Maddy”.
“No lo estoy”, había replicado), no había montado ninguna escena, había parecido más resignada que otra cosa.
Desde entonces se mostraba casi… gentil; esperaba por la mañana para desayunar con Maddy y comentaba el alivio que le producía que Bombay estuviera más vacía y cuánto le gustaba esa tranquilidad.
—¿No extrañas a Diana ahora que se ha ido? —había preguntado Maddy.
—Lo sobrellevo lo mejor que puedo —había respondido su madre y ahí había estado: esa sonrisa.
Alice le había sugerido que visitaran juntas la pequeña escuela local a la que asistían los tres hijos del jardinero esa misma tarde.
—Siempre necesitan más ayuda —había explicado—.
Sé que esperas que… Bueno, que Luke... —Había hecho una pausa para tomar un breve respiro, como para armarse de valor.
Maddy había sentido un nudo de tristeza en la garganta—.
Si llegara a quedarse —había continuado—, creo que los niños serían muy afortunados de tenerte.
“Oh, Dios”, había pensado Maddy.
—Todo irá bien —aseguró ahora a Luke.
—¿De verdad?
—Probablemente no —admitió.
Y no lo fue, en absoluto.
Richard los felicitó cuando les mostraron a ambos los diamantes y asintió con la cabeza mientras ellos hablaban de la boda y de la luna de miel que les gustaría tener en agosto.
Se levantó del sillón en el salón, estrechó la mano de Luke, abrazó a Maddy durante un buen rato (provocándole otro nudo en la garganta) y le confesó que le daría mucha tristeza verla partir, que le rompería el corazón pero que lo entendía, por supuesto que lo entendía y que iría a visitarlos, y Dios no quisiera que nadie intentara impedírselo.
—Os hartaréis de verme, ya lo veréis.
—¿Y tú, Alice? —preguntó Luke—, ¿irás a visitarnos?
—Yo... —empezó Alice. Parecía no poder continuar—. ¿Me disculpan? —Se puso de pie con tanta brusquedad que tiró la mesita con su copa y la de Richard y se marchó.
Maddy la siguió con la mirada, desesperada por correr tras ella y alcanzarla, pero a la vez incapaz de moverse ni de pensar en lo que podría decirle.
Fue su padre quien reaccionó.
—Yo me encargo. —Apretó los hombros de Maddy y se dirigió hacia la puerta—. Por favor, no os preocupéis.
Maddy se volvió hacia Luke y se sintió todavía peor al ver la compasión en sus ojos oscuros.
—¿Cómo no voy a preocuparme?
Luke no respondió, cruzó la habitación y la abrazó, ella apoyó la cabeza en su pecho, cerró los ojos y sintió el ritmo lento y profundo de su respiración.
—No tenemos que ir a Inglaterra —le aseguró y Maddy comprendió lo que debió costarle decir eso, ya que sabía que estaba desesperado por volver.
Lo amó aún más por ese gesto.