Encuéntrame en Bombay Capítulo once
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Capítulo once

La sala de estar se hallaba concurrida; de hecho, era un hervidero, llena de enfermeras, varios camilleros y todos los pacientes.

El fuego crepitaba en la chimenea. Lámparas de diferentes formas y tamaños ardían sobre las mesas de café, los alféizares y la repisa de la chimenea, entibiando la luz gris y acuosa.

Era invierno.

Otra vez.

Y nevaba, igual que aquel día de noviembre en que Jones había llegado.

Se había puesto un abrigo y las botas un rato antes y había desafiado con algunos camilleros los gruesos montículos de nieve hasta los bosques circundantes para cortar un abeto.

Había caminado con paso enérgico, disfrutando de estar al aire libre, sin aliento, como si hubiera dejado de ser un paciente durante esa hora breve.

Era la tercera vez que hacía esa excursión y su tercera Navidad en el Quinto Hospital Militar.

Había tenido tanta esperanza de que solo fuera una. (“Todos esperábamos lo mismo”, admitió Arnold con tristeza).

En los días despejados aún se oían los cañones, ya no los de la batalla del Somme en esos últimos meses, sino los de la de Passchendaele.

La batalla, que estaba llegando a su fin, se había cobrado cientos de miles de vidas más.

Jones había conocido a un soldado que había estado allí.

El hombre había contado, antes de que la hermana Lytton interviniera para evitar que se alterara, que la lluvia había convertido el suelo de Ypres en un pantano y que los hombres caían y se ahogaban en el barro.

“Sí”, había asentido Jones, “lo recuerdo”, y se había interrumpido al oír sus propias palabras, “lo recuerdo”, con el corazón acelerado por el estupor y la anticipación…

Nada.

No le había venido nada a la mente. Nunca había logrado entender qué lo había hecho decir eso en primer lugar. Había sido un amago: un recuerdo de un recuerdo, nada más que eso.

El soldado ya se había marchado de regreso a casa con su esposa en Portsmouth; Arnold lo había remitido a un médico local por la afección que él llamaba “neurosis de guerra”.

Muchos otros se habían ido también; ya no quedaba casi nadie de los que habían estado internados cuando Luke había sido ingresado.

Muchos se habían recuperado lo suficiente para quedar al cuidado de sus familias.

Varios se habían recuperado por completo, al parecer de la noche a la mañana (un milagro que Jones no podía evitar desear, aunque significara volver a las trincheras).

Un par de ellos se habían rendido el año anterior y habían abandonado el hospital de otra manera, lo que había entristecido mucho a Jones y le había hecho temer, de manera egoísta, que él pudiera acabar igual.

—Tú no —lo tranquilizó Arnold—. Tienes demasiado por lo que vivir, muchacho.

La hermana Lytton se había tomado muy mal lo ocurrido y no paraba de repetirse que les había fallado a sus muchachos. Después de la muerte del segundo, justo después de la ofensiva del Somme el año anterior, se había ausentado del hospital durante todo un mes.

—Unos días de licencia —había explicado Arnold a Jones—. Estará de regreso con sus tazas de chocolate antes de que te des cuenta, ya verás.

—Eso espero —había respondido Jones. Aunque la alegría de la hermana Lytton podía resultar agotadora, había sido horrible presenciar cómo la iba perdiendo.

Se lo comentó cuando regresó en octubre.

—¿Me echó de menos, oficial Jones? —le había preguntado ella y la idea parecía hacerla tan feliz que él había respondido:

—Sí, claro que la eché de menos.

Suponía que lo había hecho. En la medida en que era capaz de echar de menos a alguien.

—¿Qué ha pasado aquí mientras he estado fuera?

—había querido saber y él le había contado sobre la visita de la esposa del capitán enmascarado, una mujer altiva y demasiado arreglada, y que él, Jones, apenas la había visto al irse cuando salía al vestíbulo con Poppy, la asistente voluntaria, ambas al parecer ajenas al hombre destrozado y sollozante que habían dejado atrás.

Apenas les había prestado atención ya que había estado demasiado ocupado consolando a su extraño amigo.

(“Mi mu-mu-mu...”, había tartamudeado el capitán.

“No hables de muerte”, lo había regañado Jones, “no te vas a morir. Ya ha habido suficientes muertes”).

—¿Qué comentó la voluntaria Reid sobre la mujer? —había preguntado la hermana Lytton.

—En realidad no dijo nada —había contestado él sin entrar en detalles sobre la discusión que habían tenido después.

—Bueno, eso no es propio de ella —había señalado la hermana Lytton—. Puede que le sorprenda —había agregado—, pero era mucho más tímida cuando empezó a trabajar aquí, antes de que usted llegara.

Le había sorprendido.

Le costaba creerlo ahora viendo a Poppy en la sala; cualquier cosa menos tímida, más bien autoritaria , con la falda moviéndose de un lado a otro mientras se desplazaba frente al árbol de Navidad y ordenaba a los camilleros que lo movieran a la izquierda no, a la derecha, otra vez a la izquierda no, no, no tan cerca de la chimenea.

—¿Qué opina, oficial Jones? —lo urgió con su habitual mirada pícara—. ¿Lo estoy haciendo todo mal? ¿Necesito una mano?

Consiguió que sonara insinuante de alguna manera. Sin embargo, Jones no se inmutó, como ella pareció esperar que hiciera.

Tampoco siguió mirando cuando ella tomó un adorno, se giró, se recogió la falda para subirse a la escalera y dejó al descubierto sus medias de lana gruesas.

Jones cerró los ojos. Tenía los párpados pesados como siempre. De hecho, estaba más fatigado de lo habitual después de la caminata. ¿Alguna vez dejaría de sentirse tan cansado?

Se reclinó en la silla y se sumió en una gran pesadez, al borde de caer dormido. De pronto experimentó un ligero destello de anticipación: un sueño tomaba forma en su mente.

Pero esta vez no era un sueño en el que quisiera estar, no había color, ni luz, ni nada cálido o familiar. Se movían ante sus ojos figuras negras: hojas ovaladas que se mecían bajo un cielo amenazador con una densa cortina de nubes detrás.

Eso era todo. Pura oscuridad.

Oscuridad y una sensación de dolor abrumadora.