Capítulo diez #4
—No me das lástima —aseguró Della—, soy demasiado envidiosa para eso. A propósito, Diana estuvo preguntando por ti anoche y se quejó de que hace demasiado tiempo que no te ve el pelo ni a ti ni a Luke. Creo que no le disgustaría que el señor Devereaux arruinara también su reputación.
—Tendrá que conformarse con Ernest —replicó Maddy.
—Uf —pronunció Della mientras esparcía las migas—, imagínatelo.
Maddy no tenía ninguna gana de hacerlo.
—Pero volviendo a tu dilema —continuó Della, masticando—. En mi opinión, o te arriesgas… al fin y al cabo estamos en el siglo xx o esperas a que él dé el paso por ti.
Maddy frunció el ceño mientras reproducía las palabras de Luke en su mente: “No sé qué me estás haciendo”.
—Creo que él también está esperando.
—Bueno, entonces —dijo Della—, ya sabes lo que tienes que hacer.
Luke había estado esperando.
Se había estado volviendo loco, esperando; podía ser el siglo xx , sí, pero él sabía cómo funcionaba el mundo y tal como estaban las cosas ya estaban causando suficiente revuelo.
(Peter lo había mantenido al tanto de los rumores: “Las memsahibs no pueden creer su suerte. La hija de Alice y Richard...”).
A Luke le daba igual lo que pudiera llegar a pasarle a él, pero se preocupaba por ella: si terminaría por hacerle daño y si pedirle algo más sería demasiado.
No pensaba en nada más que en ella noche tras noche.
Yacía sudado y desvelado en la cama mientras las olas rompían contra las paredes de su edificio y revivía cada minuto que habían compartido: el sonido de su voz, su risa, cada movimiento de su cabeza, cada mirada y cada sonrisa: miles ya, poblaban su mente.
No sabía qué iban a hacer. No podía quedarse en la India de eso estaba seguro.
Se había sentido feliz de volver, de gozar, otra vez, de todo aquello que lo había cautivado cuando era capitán del ejército: la inmensa belleza del país, su vida cruda, el calor y el color.
Pero unos pocos meses habían bastado para recordarle por qué había estado tan desesperado por regresar a Inglaterra.
Nada excepto ella habría podido obligarlo a permanecer tanto tiempo en ese caos frenético, en ese ambiente de privilegio arrogante que lo impregnaba todo.
La idea de verla por las noches era lo único que lo mantenía en pie durante los interminables días de reuniones, los ejercicios en explanadas al aire libre, infestadas de moscas, las horas perdidas en la congestión del tráfico y siendo cortés con personas que rara vez mostraban respeto por sus anfitriones.
Quería llevarla a Inglaterra con él, por supuesto que sí (por horrible que le resultara pensar en cómo afectaría eso a su madre y le resultaba horrible.
“Y con razón”, señaló Peter. “Pobre Alice. Richard dice que está fuera de sí”); había querido hacerlo desde el momento en que había regresado a Bombay y la había visto en ese bazar abarrotado.
Pero solo habían pasado unos meses, no quería presionarla ni apresurar nada, no era necesario.
Después de todo nadie lo estaba apremiando para que regresara a Inglaterra (más bien lo contrario: “MUY AGRADECIDOS POR SUS SERVICIOS STOP ”); parecía más sensato seguir esperando para pedírselo.
Y si estaba posponiendo esto, tampoco debía pedirle nada más.
Así que había estado esperando.
Sin querer apurarla.
En la tarde de principios de junio en que tomó prestado otro bote del Club Náutico con la idea de llevarla, como le había prometido, a la playa que le había mencionado en el Club Gymkhana donde se podían ver las crías de tortugas, Luke no tenía ninguna otra intención más que salir a navegar de nuevo y sentarse junto a ella en la arena.
Por supuesto se alegró de que ella tuviera otros planes para la velada. De hecho, lo hizo sentir eufórico. Pero él, por su parte, no tenía ninguna intención.
No realmente.
De verdad, no.
No, no la tenía.
(“Mentiroso”, lo regañó ella después).
Desde el momento en que salió corriendo a su encuentro en el sendero de entrada, Maddy estaba rara.
Su piel pálida tenía un rubor más intenso de lo acostumbrado y un dejo travieso se dibujaba en su sonrisa.
Sin embargo, Luke no le dio importancia, ni tampoco al hecho de que estuviera más callada de lo habitual durante el trayecto hacia la playa y también después, mientras surcaban el mar teñido de rosa, con el cielo iluminado por el atardecer.
Estaba demasiado absorto observándola mientras ella contemplaba el agua, los rizos rubios sueltos y el mentón hacia el hombro desnudo, excepto por las mangas cortas de su vestido de noche oscuro.
El sol se estaba ocultando cuando llegaron a la playa.
La arena estaba desierta: salvo por el suave sonido de las olas al romper y del vuelo de las gaviotas, e l silencio era absoluto.
El humo que se elevaba de la espesa vegetación detrás acarreaba el olor a carbón y especias asadas: el único indicio de que cerca de allí había alguien más.
Luke guio el bote hacia la orilla; Maddy se inclinó y se mordió el labio mientras estudiaba el agua, había sido otro día tórrido y el calor era tan intenso como el de un mediodía europeo. La tentación que sentía era casi palpable.
—Deberías meterte —la urgió él.
—¿Estará tibia?
—Como en una bañera —aseguró. Todas las mañanas salía a nadar desde la cala junto a su apartamento.
—Como en una bañera —repitió ella.
Se quitó los guantes. Él la observó hacerlo, no podía apartar la mirada. Los dedos de Maddy temblaron cuando los sumergió en el agua.
Estaba nerviosa y eso desconcertó a Luke.
Sin entender enseguida por qué, su pecho se contrajo, entonces se dio cuenta…
no quería que ella estuviera nerviosa, no con él, nunca, era lo último que quería, del mismo modo en que no había podido soportar la idea de que sintiera nostalgia por su tierra.
La había conocido hacía apenas cinco minutos y ya lo único que deseaba era verla feliz.
Y en ese preciso momento, con la espalda empapada de sudor debajo de la camisa, quería que ella experimentara la sensación de dejar que el mar Arábigo le refrescara la piel, que no tuviera que soportar ni un segundo más cocinándose al sol con medias, corsé y Dios sabía qué más.
—Eso no es meterse.
—Ah, ¿no? —lo provocó ella y se volvió con esa sonrisa traviesa.
—Creo que sabes que no. —Sin tener del todo claro qué iba a hacer, fue hasta ella y el bote se movió bajo sus pies; Maddy estalló en carcajadas, con los ojos muy abiertos, incrédula, y él rio también—. ¿Seguro que sabes nadar?
—Sí —comenzó ella— pero…
No esperó a que terminara. La levantó en brazos y disfrutó de la sensación de su cuerpo estremecido por la risa. Y entonces, ignorando las protestas sobre el vestido y la ropa de él, se arrojó al agua con ella, sin soltarla, ni siquiera cuando el mar los envolvió.
Luke seguía riendo cuando salieron a tomar aire. Maddy también, con el pelo pegado a las mejillas y una expresión tan indignada como encantada.
—No puedo creer que hayas hecho eso —exclamó—. Mi madre te va a matar .
—No quiero hablar de tu madre —contestó él y la besó—. Deja de hablar de tu madre.
Maddy se rio más y le devolvió el beso con más fuerza, con más insistencia de la que había demostrado hasta entonces, con la misma urgencia que él sentía.
Luke la estrechó con firmeza, casi sosteniéndola contra el peso del vestido que la tiraba hacia abajo, y sintió cómo sus labios cedían bajo los suyos.
Las manos de Maddy recorrieron su espalda; se deslizaron por la camisa empapada y sobre los músculos a ambos lados de la columna, cada uno tensándose por turnos.
Luke le besó el cuello, la clavícula y saboreó la sal, el calor de la noche sobre la piel.
Movió las manos hacia la espalda sin pensarlo, como para desabrochar el corsé pero se detuvo: una última vacilación.
Maddy lo miró; el cielo se tornaba negro a sus espaldas. Se inclinó hacia adelante y le susurró al oído.
—Tienes mi permiso.
Luke gimió para sus adentros y supo que no iba a esperar. Ya no más.
—¿Soy una descarada?
—Lo eres y te amo por eso.
—¿Me amas? —preguntó ella con una sonrisa en la voz.
Él la besó más.
—Sabes que te amo.
Esa noche permanecieron mucho tiempo en el agua; se quitaron la ropa y la arrojaron dentro del bote, sin soltarse nunca, ni siquiera por un instante.
—Como en una bañera —precisó ella sin aliento. Él besó cada parte de su cuerpo, como había deseado hacer, despacio, disfrutando de cada segundo, sin apurarla, sin apresurar nada. Se entretuvo en cada movimiento, en cada caricia y deseó que aquello durara para siempre.
Esa noche no vieron nacer ninguna tortuga.
Luke se olvidó por completo de que habían ido a verlas.
Nadaron hasta el bote flotando sobre los chalecos salvavidas como si fueran almohadas, con la cabeza de ella sobre el pecho de él y las manos entrelazadas.
Luke se olvidó de todo excepto de ella, nada más importaba.
Ni la madre preocupada porque le robaran a su hija, ni el Káiser, ni los cipayos, ni los entrenamientos con bayonetas y los periódicos que hablaban del clima europeo cada vez más tenso y de cómo Alemania, Austria-Hungría, todos excepto Gran Bretaña, necesitaban mantener a raya sus ambiciones imperiales.
Solo existían ellos.
Era todo lo que necesitaban.
Él se alegraría más tarde de que lo hubieran tenido, de que durante esas horas en las que yacieron juntos en el bote mecido por el agua, conversando por primera vez de la costa en Richmond y de una casa que se sentiría demasiado vacía sin ella, hubieran ignorado hasta qué punto estaban viviendo una fantasía.
Que hubieran sido felices, tan completamente felices.
Sin la menor idea de que pronto, muy pronto, todo cambiaría.