Encuéntrame en Bombay Capítulo diez #3
33%

Capítulo diez #3

—No —admitió ella y se inclinó hacia adelante para besarlo—, supongo que no.

La llevó a un pequeño sitio de comida tradicional y poco iluminado en las afueras de la ciudad, al final de un callejón tan oscuro que parecía casi negro.

Estaba lleno de lugareños que los miraron con curiosidad al llegar pero que, por lo demás, los ignoraron, absortos en sus propias risas, en la comida que comían con las manos y en su charla ruidosa e ininteligible.

El vestido de noche de Maddy rozó el suelo de tierra mientras seguía a Luke hasta una de las pocas mesas libres (“parece que has estropeado el dobladillo”, comentó Alice que la esperaba despierta cuando regresó).

Inhaló el aroma del arroz al vapor y las especias, del queroseno con que se encendían las estufas y el olor denso y húmedo de los cuerpos, y reparó en la presencia de las vacas que merodeaban, esperando para comerse las hojas de plátano donde se servía la comida.

Pidieron daal y roti y chai en tazas turbias, y él le contó cómo había sido su día, las muchas cosas en las que estaba trabajando (“He decidido que, después de todo, no eres una espía”, dijo Luke.

“Excelente”, contestó ella, “quiere decir que estoy haciendo bien mi trabajo”), lo difícil que era supervisar las reservas en un país tan vasto y determinar sus niveles de preparación militar, así como el transporte ferroviario y marítimo adicional que debía mantenerse disponible, las necesidades de entrenamiento militar en la India, en los campos de instrucción en Inglaterra.

—Es interminable —concluyó.

—Y ojalá que en vano —aventuró Maddy.

—Ojalá —repitió él y ella mencionó que le gustaría que sonara más convencido.

—A mí también me gustaría.

La noche siguiente, como concesión a Alice, que seguía lejos de estar contenta con que salieran tanto solos, fueron con Peter y Della al restaurante del hotel Watson, cerca del campo de críquet.

Esta vez había otros británicos allí, en su mayoría turistas y nadie que conocieran.

Se instalaron en un rincón del salón animado, conversaron y comieron hasta que Maddy sintió que su corsé estaba a punto de reventar (“Creo que el mío ya lo ha hecho”, confesó Della).

Las horas pasaron volando. En respuesta a las preguntas de Maddy, Luke se explayó sobre su familia y reveló que su padre era abogado y su madre médica.

—Oh, médica —exclamó Maddy—. Ahora me siento todavía peor por ser tan poca cosa.

—No eres poca cosa —aseveró Luke.

Se despidieron de Peter y Della más tarde y subieron despacio por Malabar Hill, tomados de la mano, con el coche estacionado al pie de la colina para poder tener un rato a solas.

Maddy habló más de Oxford y admitió que, cuando vivía en el pueblo de Edie y Fitz, le gustaba pensar que su madre había crecido allí.

—Supongo que me hacía sentir más cerca de ella.

—¿Sus padres todavía viven allí?

—No. Murieron cuando yo era pequeña, casi no los conocí. Edie sí. Me contó que eran muy estrictos con mi madre.

—¿Ella y Alice eran amigas?

—Muy amigas… en su momento —aclaró Maddy—. Según Edie se distanciaron después de la escuela. Estoy segura de que algo pasó.

—¿Es otra de las cosas que tampoco le has preguntado a tu madre?

—Qué listo eres, ¿eh?

Luke sonrió.

—¿Tu padre y tu madre ya se conocían entonces?

—No, mi padre ya trabajaba aquí. Edie me contó que regresó a Inglaterra de permiso cuando ella y mamá tenían dieciocho años y se enamoró perdidamente, pero mamá no quiso saber nada. No fue hasta tres años después, cuando él volvió de nuevo a Inglaterra, que accedió a casarse con él.

—Y entonces llegaste tú.

—Como bien ves.

—Bueno, gracias a Dios que Alice aceptó.

—Luke redujo el paso y la atrajo hacia sí, con el semblante serio y los ojos oscuros brillantes.

Levantó la mano y le acarició la mejilla, ella se giró y le besó la palma de la mano, y oyó cómo él contenía el aliento.

Luke se inclinó más cerca; otro beso que Maddy no quería que terminara nunca.

Una semana sucedió a otra, cada una más rápido que la anterior.

Volvieron al restaurante en la azotea y a más sitios de comida nativa y, aunque Peter y Della los acompañaron en otras ocasiones (“¡Hojas en lugar de platos!”, exclamó Peter.

“¡Qué divertido!”, “Cállate”, lo regañó Della), la mayoría de las veces eran ellos dos solos.

Así pasaron horas en restaurantes ocultos entre jardines repletos de mangos y flores de mayo, dando mucho de qué hablar a los Aldyce y sus amigos.

(“En el club están todos conmocionados”, le contó Della, “aunque, por supuesto, nadie habla cuando tus padres están cerca. Ojalá pudieras oírlos, Maddy”).

Luke la visitaba en su casa los fines de semana y se esmeraba con Alice; le hablaba de Bombay, de cuánto estaba creciendo, del ruido que era tan fácil de olvidar cuando uno no estaba allí y ¿alguien podía detener a esos niños que estaban torturando al pavo real?

—Yo voy —se ofreció Maddy y se dirigió hacia donde Suya, de pie entre sus hermanos y con sus piernecitas abiertas, sujetaba la cola del pavo real que no paraba de graznar—. Suya. Suya …

—Suya. —Richard se puso de pie también y siguió a Maddy—. ¿Se puede saber qué te ha hecho ese pájaro?

Suya no respondió. Siguió tirando de las plumas del pavo real con su carita angelical tensa por el esfuerzo mientras el pavo chillaba y batía las alas.

—Para —le ordenó Maddy.

—Ya basta —gritó Luke a su vez desde el porche con expresión entre burlona y amonestadora.

Suya esbozó una sonrisa ancha. Flanqueada por su hermano y su hermana que la animaban con entusiasmo, dio un último tirón y, justo cuando Maddy y Richard llegaron a su lado, lanzó un grito victorioso, soltó al pájaro aterrorizado y levantó la pluma robada hacia el cielo.

—Jesucristo —masculló Richard.

Otras veces Maddy y Luke iban a pasear a los Jardines Colgantes en lo alto de la colina, donde deambulaban por el césped cuidado, con el aire cargado de libélulas y los pájaros que volaban en círculos, entre ellos buitres atraídos por los cuerpos que la comunidad parsi local dejaba expuestos en las Torres del Silencio cercanas.

—No. —Maddy se horrorizó cuando Luke le describió la tradición.

—Sí. —Luke se rio al ver su cara.

—Bueno, ahora no voy a poder pensar en otra cosa cada vez que venga aquí —se quejó ella.

—Eso no está bien. Déjame ver si puedo distraerte.

Se detuvieron para hablar lo menos posible con otras personas con las que se encontraron allí (“Dios mío”, gimió el marinero bronceado, “Maddy. Ya casi no te dejas ver. Qué honor”), y se sentaron a la sombra de las palmeras, con la cabeza de ella en el hombro de él, las manos entrelazadas contemplando el mar y la ciudad que se extendían debajo.

“No quiero que esto termine nunca”, pensó ella.

“Por favor, que no termine nunca”.

Regresaron a la misma playa desde la que habían salido a navegar y disfrutaron de un pícnic que Maddy había pedido al cocinero que le preparara (intentó conquistarlo con el hindi que le había pedido a Luke que le enseñara.

“Si hablando usted inglés le entendería mejor”).

Los pescadores habían regresado y se alineaban en la orilla.

Luke les compró unos pargos frescos para acompañar el arroz al azafrán y la ensalada de tomate, e hizo reír a Maddy hasta que se le llenaron los ojos de lágrimas al intentar encender un fuego para cocinarlos, lo que acabó en un fracaso estrepitoso.

Al final Maddy rebuscó en su bolso y sacó las cerillas que él le había enviado después de Año Nuevo y que ella había guardado todo ese tiempo.

Luke entrecerró los ojos.

—¿De verdad no sabías que las tenías? —preguntó.

—Te juro que me había olvidado —respondió ella, sin dejar de reír—. No las uses todas, quiero guardarlas.

—Solo las necesito ahora —precisó él y se arrodilló de nuevo en la arena.

A medida que abril daba paso a mayo sin que Inglaterra solicitara su regreso, Luke dejó el hotel Taj Mahal y se mudó a unas habitaciones privadas junto al agua, cerca de los muelles.

Explicó a Maddy que prefería la privacidad, la certeza de que no se encontraría con los Aldyce de la ciudad en el vestíbulo.

(“Es comprensible”, concedió Richard con un suspiro).

Maddy no lo visitó allí. Temía que ser vista entrando a escondidas en el apartamento fuera un paso demasiado lejos incluso para ella.

Aunque no le faltaban ganas: a esas alturas estaba desesperada por estar a solas con él durante algo más que unos pocos momentos robados antes de regresar a su casa, por no tener que volver antes de una medianoche que siempre llegaba demasiado pronto.

Cuando se besaban le costaba cada vez más separarse.

Intuía que a él le pasaba lo mismo por la tensión con la que Luke se apartaba de ella.

—No sé qué me estás haciendo Maddy —confesó él.

Ella tampoco sabía qué le estaba haciendo él a ella.

Mayo quedó atrás. La temperatura se disparó haciendo subir el mercurio cada vez más. A Maddy le costaba conciliar el sueño durante las horas de calor abrasador hasta el amanecer. No pensaba más que en Luke, en si él también estaría despierto e inquieto, en cómo sería estar con él…

Quería que él no se detuviera cada noche, que no se detuvieran.

Pero no sabía cómo decírselo.

¿Existía una manera apropiada de pedir a un hombre que arruinara tu reputación?

—No —afirmó Della mientras tomaban el té una mañana asfixiante. El calor flotaba como un manto húmedo sobre los árboles mustios de Peter y la hierba muerta—. Decididamente no.

—No estás siendo muy útil —se quejó Maddy.

—Lo siento mucho —respondió Della y dio un mordisco a un bollo de cardamomo—. Aunque pensándolo bien quizá no deberías fiarte de mí, no tengo ninguna experiencia en esto.

—Yo tampoco —admitió Maddy.