Encuéntrame en Bombay Capítulo diez #2
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Capítulo diez #2

Maddy no se rio. Tampoco Della, que de repente la observaba con lo que parecía preocupación. Maddy sintió desconfianza y le preguntó qué pasaba.

—Es que... —comenzó a decir Della—. Bueno, Peter dijo... —Suspiró—. ¿Te ha dicho Luke que se marcha?

—Ah —contestó Maddy con tono monótono. (Se trataba de eso)—. Sí. —Él se lo había contado en el camino de vuelta de la playa—. No falta mucho, ¿verdad?

—No falta nada.

Maddy frunció el ceño.

—No quiero ni pensarlo.

—Buena suerte con eso —comentó Della—. Y ¿me parece o tampoco quieres pensar en Guy?

—Muy graciosa. —Llevaba toda la mañana procurando no pensar en él.

Así como había ignorado a propósito lo extraño que había sido que Fraser Keaton dijera a Luke que Guy y ella se iban a casar (otra cosa que Luke le había contado durante la caminata de vuelta.

“¿Qué?”, había saltado y se había detenido en seco.

“ ¿Qué? ”), y ni hablar de si Guy estaba al tanto del rumor, si había hecho algo para desmentirlo o si le había dolido que ella ni siquiera lo hubiera saludado en el Club Gymkhana (y todas esas botellas de agua hervida).

Della revolvió su té.

—Me imagino que se pondrá furioso cuando se entere de que tú y Luke salisteis a navegar.

—No creo que Guy sea de los que se enfadan —replicó Maddy y trató de imaginar al amable de Guy alguna vez enfurecido. Pero enseguida se sintió mal, porque de verdad era muy muy bueno—. ¿Podemos cambiar de tema?

—De acuerdo —accedió Della—. Solo porque eres tú.

Mientras Della intentaba adivinar adónde la llevaría Luke esa noche (“¿A un restaurante? ¿O a otra playa? No, eso sería demasiado para una sola noche, sería el fin de tu reputación”), Maddy sintió que se volvía a relajar y se dejó distraer por la tentadora idea de que Luke pusiera fin a su reputación, y le repitió a Della lo mismo que le había dicho a él la noche anterior.

No le importaba dónde fueran.

Era cierto. Le daba igual.

No le importó esa noche, que no fueron a la playa ni a otro bote, sino que dieron un paseo en el coche que Luke había pedido prestado, los dos solos, por la parte portuguesa antigua de la ciudad.

Aparcaron en una calle lateral diminuta con hermosas casas europeas con postigos enrejados y balcones a ambos lados, y se inclinaron para pasar por la puerta baja de un edificio.

Luke la tomó de la mano y la condujo por una escalera de piedra estrecha hacia el aroma de hojas de curri y arroz al vapor, y se rio por encima del hombro al ver su sonrisa intrigada.

Luego abrió otra puerta y ante ellos apareció un precioso restaurante en la azotea con faroles que ardían, incienso y hornos humeantes, indios vestidos con sus mejores sedas y mujeres cubiertas de brazaletes.

—¿Te gusta?

—¿Que si me gusta? —repitió ella sin poder creer que se lo preguntara—. ¡Me encanta!

Se sentaron a una mesa baja con una mecha encendida en un platito con parafina, rodeados de murmullos en urdu.

El propietario, un hombre corpulento de mediana edad con túnica y pantalones de lino, les sirvió naan tierno y bandejas de verduras especiadas, que seguramente habían comido sin que ella se diera cuenta.

Más tarde, ya en su casa y sola en la cama, mientras repasaba cada segundo de la noche (sonriendo como una lunática), no recordó haber probado ni un bocado; lo único que recordaba era la sensación de su mano en la de Luke al subir las escaleras y el momento en que él había sostenido su mirada y le había preguntado qué le parecería que enviara un cable a su contacto en el Estado Mayor para solicitar quedarse más tiempo en Bombay.

—¿Puedes hacerlo? —había preguntado ella, con miedo hasta de preguntar, de creer que sería capaz de hacerlo.

—No veo por qué no —había contestado él con los ojos brillantes, contento al parecer de que ella estuviera tan feliz. Como si pudiera haber sentido otra cosa que no fuera felicidad—. Todavía queda mucho trabajo por hacer.

—Oh, Dios mío.

Luke se había reído.

—¿Eso significa que sí, que te gustaría que me quedara?

—Por supuesto que sí. —Maddy se había reído también con alivio, atónita, sin poder creer que fuera posible—. Pero ¿no tienes ganas de volver a tu río en Richmond?

—Muchísimas. Pero el río no irá a ninguna parte.

—¿Y si no quieren que te quedes?

—Entonces me tomaré unas vacaciones. —Luke se había reído todavía más, como si intentara comprenderse a sí mismo—. No es nada fácil separarse de usted, señorita Bright.

No necesitó tomarse unas vacaciones. Su contacto respondió de inmediato y le informó que al Estado Mayor le complacía mucho que se quedara en Bombay.

Al día siguiente, entre reunión y reunión, fue hasta la casa de Maddy para contárselo y la sorprendió en el porche, atormentada, a la espera de noticias mientras tomaba el té con su madre (quien, para su desconcierto, había llevado la bandeja afuera y la había interrogado, aunque con cierta tirantez, sobre la cena de la noche anterior.

“Suena muy… exótico. ¿No estaría contaminada la comida?”).

Fue Alice y no Maddy (que había perdido momentáneamente el habla) quien le había preguntado cuánto tiempo más se quedaría.

—No lo sé —dijo él, mirando a Maddy. Llevaba otro traje oscuro y una camisa blanca impecable. Sus labios esbozaban una sonrisa—. Creo que todo depende de lo que pase, pero seguro que un mes más.

—¿Un mes más? —repitió Alice.

“Un mes”, pensó Maddy con el corazón desbocado. “Un mes entero”.

Luke agregó que podría ser más tiempo y Alice le preguntó si eso significaba que su estancia sería indefinida.

—No —respondió—. Regresaré antes del verano. Me temo que no estoy hecho para la vida en el Raj.

Alice lo miró como si no entendiera del todo.

Maddy entendía. A pesar de que había empezado a disfrutar de su estancia en la India, en especial durante los últimos días, tampoco ella estaba hecha para pasar toda la vida allí.

Por más que detestaba adelantarse a los acontecimientos (esa vieja superstición otra vez), ya se imaginaba un césped mullido debajo de un sauce y un bote meciéndose en el Támesis en verano.

Mientras tanto él se quedaba, se quedaba de verdad. Por ella. Por ella .

—Un mes —pronunció ahora recuperando la voz. Quería levantarse, echarle los brazos al cuello y besarlo como lo había besado en el mar.

Los ojos de Luke brillaban al otro lado de la habitación. Estaba inmóvil, como si estuviera conteniendo el mismo impulso.

—Al menos un mes —aseveró.

Maddy sonrió, dejó escapar un gritito, deslizó la mirada de Luke a su madre (que no sonreía) y luego de vuelta a Luke.

—¿Es esto una locura? —exclamó.

—Es probable —convino él riendo.

Alice suspiró.

—Será mejor que vengas a cenar esta noche —lo invitó.

Luke aceptó.

Y todo salió bien. No tan relajado como las horas que habían pasado los dos solos, pero bien, muy bien.

A pesar de la evidente reticencia de Alice a siquiera considerar la posibilidad de que Luke le cayera bien, hizo un esfuerzo notable y hasta fue hasta las cocinas del Taj para buscar ostras lo bastante frescas como para confiar en ellas como primer plato, y arregló ella misma la mesa del comedor.

Se mostró cortés cuando él llegó, le agradeció las flores que llevó (“Y no llegaste tarde por ir a comprarlas”, murmuró Maddy.

“No me pareció que fuera la mejor idea”, admitió él) y le ofreció una copa.

Pero no habló mucho más a partir de ese momento.

Luke intentó entablar conversación con ella varias veces durante la comida y le preguntó de todo, desde su infancia en Inglaterra hasta los lugares que había visitado en la India, pero Alice se limitó a responder lo mínimo indispensable.

Le contó que había crecido en Oxford (información que Maddy ya le había dado), que había visitado muchos lugares de la India pero que no, no estaba segura de tener uno favorito aunque le gustaba el aire fresco de las colinas.

—Te encantaba andar en trineo con Maddy —precisó Richard—. Eras capaz de hacerlo durante horas.

—Me acuerdo.

—¿Te acuerdas, Maddy? —preguntó su padre y se volvió hacia ella.

—Era demasiado pequeña —terció Alice.

—En realidad creo que sí me acuerdo —concedió Maddy.

No lo dijo por quedar bien o, al menos, no solo por eso.

Ahora que lo intentaba, estaba segura de que recordaba subir una pendiente escarpada aferrada a una falda de lana larga, y oír una voz agitada.

“Una última vez”. ¿O había sido Edie? Había pasado tantos más inviernos con ella en Oxford que era difícil saberlo.

—¿Sueles ir allí? —preguntó Luke a Alice, interrumpiendo sus pensamientos.

—No he vuelto desde que Madeline se marchó a Inglaterra —respondió Alice—. ¿Ya habéis terminado todos?

—No es por ti —le explicó Maddy a Luke mientras caminaban juntos hacia el coche después de la cena.

Eran casi las once, pero el calor seguía siendo agobiante.

El vestido de noche se le pegaba a la piel húmeda.

Las noches se estaban volviendo cada vez más calurosas; el aire estaba cargado con el olor del sol sobre la tierra y el perfume intenso y embriagador de las flores en los canteros—. Ella es así.

—¿Te parece? —Luke miró por encima del hombro hacia la casa, con expresión pensativa—. ¿Te has dado cuenta de cómo te mira?

—¿Cómo me mira?

—Como si no pudiera creer que estés ahí.

—No —replicó ella.

—Sí —insistió él—. Te observa todo el tiempo y te adora, Maddy.

Maddy se rio porque era una idea muy extraña aunque agradable.

—Casi nunca me visitó en Oxford —le recordó—. Solo una vez.

—¿Alguna vez le preguntaste por qué?

—Pregunté a papá, a Edie...

—¿Pero no a ella?

—Es que... —empezó Maddy, pero se interrumpió— no me lo diría aunque se lo preguntara.

—Quizá deberías intentarlo.

—Quizá —aceptó, sin compromiso y sin ninguna intención de hacerlo.

Luke le lanzó una mirada exasperada y se volvió para abrir la puerta del coche.

—Te veré mañana a las siete.

Maddy sonrió.

—¿Dónde iremos?

Luke también sonrió. Echó otra mirada furtiva a la casa y le deslizó una mano por la nuca. Maddy se estremeció.

—¿Importa?