Encuéntrame en Bombay Capítulo diez
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Capítulo diez

“Todo va a estar bien”.

Alice se lo repitió a sí misma mientras esperaba junto a la ventana del salón, mirando preocupada a su hija y a Luke, quienes, apenas visibles en la noche, atravesaban los portones y avanzaban por el sendero hacia la casa.

Apoyó los dedos en el cristal y observó la lentitud con la que caminaban de la mano, con las cabezas inclinadas el uno hacia el otro, tan indiferentes a todo lo que los rodeaba que, a pesar de sus reservas (que eran muchas), sintió una punzada en el corazón y esbozó una sonrisa triste: en parte por el recuerdo de lo que se sentía caminar así con un hombre joven; en parte por la pena ya que nunca había visto tan feliz a su hija desde que había llegado a la India; en parte por el miedo a que Luke se marchara (Richard había dicho que le quedaba menos de una semana en el país), lo que obligaría a Madeline a seguirlo o la haría sufrir muchísimo.

Presionó la mano con más fuerza contra el cristal tibio y frunció el ceño al darse cuenta de que Madeline no llevaba sombrero.

Sus rizos rubios despeinados le caían por la espalda.

Había estado navegando, por supuesto; Richard le había contado eso también cuando había llegado de la oficina hacía una hora.

Alice se había enojado mucho con él por no haber intentado detenerla.

—¿Nuestra hija ha salido en un bote? —había espetado—. ¿Todo el día?

—Hay cosas peores Alice.

—¿Ah, sí? ¿De verdad tengo que recordarte lo que dirá la gente?

—¿A quién le importa? —había respondido él mientras servía dos copas de brandi—. Que hablen. ¿Qué más da?

—Importa —había replicado su esposa—, más allá de que esté bien o mal.

—Tu hija es una mujer adulta te guste o no.

—Quizás me gustaría mucho más si no me hubieran robado su infancia...

—No —la interrumpió él—. No voy a entrar en eso otra vez.

Richard se había girado y había subido las escaleras sin tocar el brandi.

Las copas de cristal tallado seguían sobre el aparador; una mosca había caído en una de ellas y se había ahogado en el alcohol (parecía un final bastante feliz…

hay cosas peores). No había vuelto a ver a Richard, quería seguir enojada con él (era una batalla conocida) en especial ahora, al ver a su hija tan desaliñada.

Y, sin embargo, mientras la observaba y la descubría feliz y bronceada por el sol, no conseguía estarlo.

Imaginó a Madeline sobre las olas, con la cabeza echada hacia atrás y esa risa burbujeante que Alice había temido olvidar cada día de los últimos quince años, y no pudo evitar otra sonrisa.

—¿Estás lista?

La voz de Richard quebró el silencio húmedo y la sobresaltó. Estaba de pie en el umbral de la puerta, con frac negro y corbata blanca. Por la expresión suave en su rostro curtido, ella se dio cuenta de que había captado su sonrisa.

—¿Ya me diriges la palabra de nuevo? —lo provocó.

—Nunca te retiro la palabra, Alice.

Cruzó el salón y le rodeó la cintura con los brazos. Alice se puso tensa pero no se apartó. Por muy resentida que estuviera con él, en realidad nunca quería hacerlo.

—Como te digo siempre —añadió—, Guy no es el hombre adecuado para ella.

—Es el hombre perfecto para ella.

—No. Es alguien que nunca se va a marchar y no es lo mismo.

—Él la cuidaría, Richard, sabes que lo haría.

—Tiene un padre y una madre perfectamente capaces.

—No creo que Guy quiera ser padre.

—No estoy seguro de querer pensar en eso —contestó Richard.

Alice suspiró.

—Tiene casi la misma edad que tú —agregó él—, casi veinte años más que Maddy.

—Tú eres casi veinte años mayor que yo —replicó ella y era cierto.

Él tenía sesenta y ella cuarenta y cuatro.

Se habían comprometido cuando ella tenía veintiún años y el corazón roto (gracias, Fitz; gracias, Edie).

Richard había estado de permiso en Oxford, la había invitado a pasear junto al río, a tomar el té en las callejuelas empedradas y la había convencido de que todo volvería a estar bien.

Se habían casado con rapidez; según él, le aterrorizaba que ella pudiera cambiar de opinión (cosa que ella nunca había tenido la menor intención de hacer) y, para furia eterna de los padres de Alice, habían zarpado hacia Bombay ese mismo día.

Madeline (un nombre que a Alice siempre le había encantado y que nunca había podido abreviar) había nacido diez meses después, el único de sus preciados bebés que había sobrevivido al embarazo; lo único que importaba desde su primer aliento—.

¿Me equivoqué al casarme contigo? —preguntó ahora a Richard.

—Fue lo más inteligente que has hecho en tu vida —sostuvo él—. Pero Maddy no es tú.

—Sería feliz con Guy —insistió ella—. Él la adora.

Richard guardó silencio.

Alice se volvió de nuevo hacia la ventana, ya estaban llegando a la casa.

Estudió a Luke oculta por los postigos, no había podido hacerlo antes ese día cuando había intentado verlo desde su dormitorio.

Era mucho más joven que Guy, tendría unos treinta años y por cierto era guapo, con el tipo de rostro que llamaba la atención.

Eso, de por sí, no le preocupaba porque Guy también era apuesto aunque de una forma más refinada, más caballerosa.

No, lo que la inquietaba era la calidez de ese desconocido, esa vitalidad casi…

magnética , la forma en que miraba a Madeline, cómo ella lo miraba a él...

Una nueva punzada de temor la atravesó.

—No puedo perderla —dijo a su esposo—. No otra vez.

Richard no respondió que era demasiado pronto para preocuparse por eso. Tampoco insistió en que, llegado el caso, ella también podría ir a Inglaterra. Al fin y al cabo, él había estado con ella esa única vez que había regresado, ese verano horrible después de que él había llevado a Madeline antes.

—Deja de alejarla entonces —le advirtió. Ambos se giraron al oír pasos que llegaban al porche y atravesaban el pasillo de baldosas. Richard le apretó los hombros—. Invita a Luke a cenar —sugirió—. Inténtalo.

Alice asintió con lentitud y se tragó los nervios.

Era extraño sentirse cohibida con su propia hija pero seguiría el consejo de Richard y, aunque esperaba que todo ese asunto terminara tan rápido como había comenzado (con el menor dolor posible), sabía que tenía que hacerlo.

La otra noche en el jardín cuando había pintado la piedra…

la sonrisa de Madeline había significado todo para ella.

Desde entonces había estado espiando su dormitorio para comprobar que la piedra continuara en la mesita de noche.

Las dos habían progresado bastante, pero Alice lo había arruinado todo con ese dolor de cabeza fingido de antes.

No podía arriesgarse a volver a hacerlo.

Tenía que intentarlo. Tenía que hacerlo.

“Todo va a estar bien”.

Se volvió hacia la puerta y su mirada recorrió el rostro de Madeline cuando entró en el salón, radiante de alegría. “Parece que has tenido un día fantástico”, quiso decirle.

No supo muy bien por qué, pero lo que salió de su boca fue:

—Parece que has perdido el sombrero.

—¿Alice se enojó? —preguntó Della a Maddy a la mañana siguiente.

Maddy había ido a visitarla (como le había prometido) a la casa de Peter: una pequeña mansión entre Malabar Hill y la ciudad.

Estaban desayunando panecillos y miel en el diminuto jardín rodeado de árboles que por fortuna bloqueaban el sol ya caliente, aunque no el ruido del tráfico, las campanas del tranvía ni el denso murmullo de voces proveniente de las calles.

—¿Por lo del sombrero? —inquirió Maddy.

—Por lo que sea —respondió Della.

—Creo que más bien estaba decepcionada —precisó Maddy y tragó lo que tenía en la boca.

—Oh, no —exclamó Della—. Eso siempre es peor.

—Sí, ¿verdad? —coincidió Maddy, bastante decepcionada ella misma.

Y pensar que de hecho se había alegrado de ver a su madre esperándola en el salón; aliviada de que, después de todo, estuviera dispuesta a conocer a Luke—.

Deberías haber oído la forma en que le pidió que se quedara a cenar.

Como si lo hubiera estado invitando a que le arrancara los dientes.

—¿Y no se quedó?

—No, tenía que estar en uno de los acantonamientos a las nueve. Pero vendrá esta noche.

—¿A cenar con tus padres?

—No, ellos tienen algo por el trabajo de papá. Me invitó a salir, no sé a dónde.

“¿Importa?”, había contestado él cuando ella se lo había preguntado antes de que se marchara, los dos solos en el sendero de entrada.

“No”, había admitido ella mientras él le tomaba la mano y la atraía hacia sí, borrando de su mente todo pensamiento sobre la actitud cortante de Alice. “Supongo que no”.

—Estás sonriendo —notó Della—. Como una lunática. Y, por cierto, te quemaste mucho la cara.

—Lo sé. —Maddy se tocó con cuidado los pómulos doloridos—. Espero que se me pase antes de volver a ver a Diana Aldyce.

—Uy, sí —soltó Della.

—“¡Dios no permita que me salgan pecas!” —la imitaron ambas y estallaron en carcajadas.

—Estará mordiéndose las uñas por verte —señaló Della y tomó la tetera—. Tenía un montón de preguntas acerca de cómo os conocisteis tú y Luke cuando desaparecisteis la otra noche. Por supuesto no le dije nada.

—Gracias.

—El placer es todo mío —aseguró Della—. Fastidiar a Diana podría convertirse en mi nuevo deporte favorito. ¿Te imaginas todo lo que tendrá para decir cuando se entere de que saliste sin acompañante?

Maddy se encogió de hombros.

—Si no fuera por eso sería por cualquier otra cosa.

—¿Y tu madre se lo toma tan a la ligera?

—Para nada. Lo gracioso es que nunca le importó que yo fuera a cualquier parte con Guy y, por lo visto, ella y mi padre solían salir sin acompañante.

—Richard lo había mencionado durante la cena cuando Alice había intentado volver a discutir al respecto.

Maddy todavía lo estaba procesando—. Nunca la imaginé haciendo algo así.

—Me gusta la idea —comentó Della—. Alice la rebelde.

Maddy enarcó una ceja.

—De todos modos le he pedido que confíe en mí y le he prometido que volveremos antes de la medianoche.

—La hora mágica de los cuentos de hadas.