Encuéntrame en Bombay Capítulo nueve #4
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Capítulo nueve #4

—No, en realidad se lo debo a mi padre. Crecí en Sandbanks y él solía llevarme con él al Solent. Todavía lo hace cuando voy a visitarlo.

Maddy sonrió y disfrutó de la imagen de él con una versión mayor de sí mismo, enfundados en jerséis de lana gruesos, en el mar frío y encrespado.

Terminaron los kebabs y fueron a comprar kulfi.

Ella no mencionó que Guy le había advertido que no comiera helado.

De hecho ni siquiera pensó en Guy. Habló más sobre el pequeño pueblo de Oxfordshire en el que había crecido, de las vacaciones en los Lagos, de sus años en Somerville, las manifestaciones en Londres.

—¿Alguna vez te arrestaron? —quiso saber él.

—No.

—Trata de no sonar tan decepcionada.

Una hora dio paso a otra, y a otra; el calor intenso fue cediendo, suavizándose, hasta que, sin que ninguno de los dos se diera cuenta de lo que estaba pasando, la multitud empezó a dispersarse, las aguas a vaciarse y los botes, ya cargados, levantaban sus anclas para regresar a casa.

Luke inclinó la cabeza hacia atrás y sus rizos castaños rozaron el cuello de su camisa cuando levantó la vista hacia el cielo, que ya estaba oscureciendo. Luego volvió la mirada hacia el sol poniente, que teñía de sangre el horizonte, y entornó los ojos con la misma renuencia que sentía Maddy.

—¿Tenemos que irnos? —preguntó ella.

—Le prometí a tu padre que volveríamos antes del anochecer. No parecía tener mucha fe en mi capacidad para navegar en la oscuridad.

—¿No?

—No.

—Siempre preocupándose por todo.

Luke sonrió.

—Espera aquí —dijo—, iré a buscar el bote.

El viaje de regreso, ya entrado el crepúsculo, fue, si cabía, aún más hermoso que el de ida y también más lento.

El viento había cambiado de dirección y el mar estaba más tranquilo, casi negro; la brisa hinchaba la vela lo necesario para impulsarlos con suavidad.

Se sentaron uno al lado del otro. Luke le enseñó a manejar el timón, guiando su mano con la de él.

Maddy bajó la mirada a los dedos; los de ella, pálidos; los de él, oscuros, y se sorprendió al recordar los nervios y la timidez que había sentido antes, tan ajenos ahora que casi no los reconocía como propios.

Las luces de la ciudad se encendieron una a una, iluminando la costa.

Maddy apoyó la cabeza en el hombro de Luke y respiró el rastro de carbón de la playa en su camisa, el olor a jabón y a calor.

Cerró los ojos y disfrutó de la brisa tibia sobre su rostro quemado por el sol y de la inmensidad del mar que los rodeaba.

Las estrellas ya habían salido cuando llegaron a la playa. Los pescadores se habían ido a casa. Luke echó el ancla, saltó al mar, se giró y tiró del barco hacia él.

Maddy le apoyó las manos en los hombros y él le rodeó la cintura.

Ella bajó la mirada y su cabello suelto cayó hacia adelante.

—Gracias.

—¿Por qué? —preguntó él.

—Por este día.

—¿Sabías que lo planeé solo como una excusa para tenerte en mis brazos?

—Me lo imaginaba —replicó ella.

Despacio, muy consciente de cada latido en su pecho, se inclinó hacia él.

Peter no apareció para interrumpirlos esta vez. Estaban solos.

Maddy creía saber lo que iba a pasar. Al fin y al cabo, no era su primer beso. Había habido muchachos en Oxford; unos pocos momentos robados en pasillos oscuros durante bailes y fiestas universitarias.

Pero habían sido diferentes.

Eso era diferente.

Los labios de Luke rozaron los de ella, luego otra vez y Maddy se sintió caer del bote en sus brazos con un abandono que la sorprendió.

No se lo cuestionó. Él la besó más y la atrajo hacia sí, y ella ya no pensó en nada más.

Se aferró a él, apretada contra el cuerpo firme que la sostenía, y el beso se prolongó dulce e interminable.

Lo único que Maddy quería era ser completamente feliz.

Y casi lo era. Pero cuando se separaron y apoyó la frente contra la de él, con la falda en el agua poco profunda, vio la manera en que él la miraba, el movimiento de sus pensamientos detrás de su mirada oscura, y de repente recordó cómo él había mirado partir el transatlántico de la P una sombra se cernía sobre ese día perfecto. “No te fíes”.

Luke la estrechó más fuerte, como si adivinara algo de lo que ella estaba pensando.

Pero no le preguntó nada. Del mismo modo que ella no le había preguntado nada a él cuando habían visto desaparecer el transatlántico.

Luke la volvió a besar y Maddy intentó soltar su miedo.

¿Qué sentido tenía aferrarse a él?

Allí, en la oscuridad cada vez más densa, envueltos por el mar ondulante y el silencio más absoluto, aislados del mundo, se dijo a sí misma que no tenía sentido, ningún sentido en absoluto.

“Todo va a estar bien”.