Encuéntrame en Bombay Capítulo nueve #3
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Capítulo nueve #3

Llegaron al bote demasiado pronto. Luke la bajó y ella deseó que no lo hubiera hecho, pero luego no importó, porque él se subió a su lado, le preguntó si había navegado antes (no lo había hecho) y le dijo que considerara eso como su primera lección.

Le enseñó cómo desplegar la vela y atar la cuerda y le explicó algo sobre el viento y el timón que ella no entendió (“Olvídalo”, se lamentó él, “¿en qué estás pensando?”) y la hizo reír porque en lo único en que podía pensar era en él.

Pero entonces se echó hacia atrás con una exclamación cuando él giró el timón (ah, así que eso era lo que había estado intentando explicarle) y la embarcación comenzó a deslizarse sobre el agua.

—Es divertido, ¿verdad? —gritó Luke por encima del viento y la espuma.

—Sí —gritó ella también, con el aire caliente que le golpeaba la cara y le entraba en los ojos—. Sí.

El sombrero de Maddy salió volando y, aunque quiso atraparlo, acabó flotando en el agua, mucho más despacio que ellos, hacia arriba y hacia abajo, perdiéndose en el mar.

Se inclinó sobre la borda, escrutó el azul profundo y los cientos de peces que nadaban bajo la superficie como si compitieran con ellos.

Levantó la vista hacia la sonrisa de Luke y su camisa inflada por el viento y, sujetándose el cabello, dirigió el rostro hacia el cielo implacable.

—Te vas a quemar —le advirtió él.

—No me importa —gritó ella.

—Toma mi sombrero —le ofreció.

Maddy sacudió la cabeza.

—Nunca puedo permitirme no usar sombrero.

Costearon la orilla. La ciudad se extendía a la izquierda, ese otro mundo de calor y bullicio, alcantarillas y suciedad.

A la derecha, en el horizonte brumoso, la silueta de un transatlántico de la P pero dejaron atrás las grandes cúpulas del hotel, las mesas del Sea Lounge a la orilla del mar, el tejado rojo y las paredes amarillas del club, las escaleras en las que ella se había sentado en Año Nuevo y Luke nunca desvió el rumbo.

Cuando ya había perdido la esperanza de saber a dónde se dirigían, él le pidió que bajara la cabeza, cambió la vela y los llevó hacia tierra firme, en dirección a un tramo extenso de playa.

La arena estaba abarrotada de gente desde la orilla hasta la carretera, se alcanzaban a oír el murmullo de voces a pesar de la distancia, la música del sitar que flotaba en el aire y el ritmo constante de los tambores callejeros.

A medida que se acercaban, entre el mosaico de saris y túnicas, distinguió mantas cubiertas de joyas, incienso perfumado, adornos, alfombras y telas.

Era un mercado pero distinto de cualquiera que ella hubiera visto antes.

El humo se elevaba de los braseros de carbón de los vendedores: verduras y queso paneer a la parrilla, grasa que chisporroteaba.

Los botes se apretujaban en el agua poco profunda, rebosantes de verduras, sacos de arroz, manojos enormes de cilantro y hojas de curri, bañados por el sol.

Maddy se volvió y al toparse con la mirada sonriente de Luke sonrió también, porque era evidente que él la había estado observando, esperando a que ella hablara.

—Esto no está en tu guía —precisó.

—Quería llevarte a un lugar nuevo. Y además tenemos que comprarle el regalo a tu tía.

—Es increíble —exclamó ella y observó a su alrededor una vez más, asombrada, ahora que estaban allí, de haber siquiera pensado que podrían ir al Taj.

Se imaginó los coches y los carruajes alineados en la entrada, el comedor formal en el interior, los punkahwallahs inexpresivos, el aire caliente y viciado, el tintineo de la vajilla y las risitas educadas, y no pudo sentir más que una pena inmensa por todos los que estaban allí.

El sentimiento fue en aumento a medida que avanzaba la tarde.

Bajaron a tierra y se detuvieron en los puestos para comprar un chal de lana para Edie y luego unos kebabs envueltos en naan, que comieron en un muelle de madera mientras los vendedores se acercaban por el agua poco profunda y les rogaban que se acercaran, miraran y compraran, compraran.

“Después”, decían ambos, “después”.

Hablaron muchísimo, las palabras fluían con total naturalidad y libertad, igual que la noche anterior. En respuesta a la curiosidad de Maddy, Luke le contó más sobre cómo él y Peter se habían hecho amigos y que solían jugar polo juntos.

—¿Peter juega al polo? —preguntó ella.

—Juega un polo versión Peter —precisó Luke—, que si aún no ha sido prohibida debería serlo.

Le describió su casa en Richmond y su tono se volvió nostálgico al hablar de la paz que se respiraba allí, a pesar de estar tan cerca de Londres, de cómo el Támesis corría por el fondo del jardín, del bote que tenía y en el que salía siempre que podía.

—Por eso sabes navegar tan bien.