Encuéntrame en Bombay Capítulo nueve #2
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Capítulo nueve #2

La impaciencia lo había consumido durante toda la mañana.

Había estado sentado en la oficina de Richard con Ernest Aldyce, que no había parado de hablar y de argumentar por qué Luke no debía ser enviado a ningún lugar cercano a Europa bajo ninguna circunstancia, ya que era necesario en Bombay (“Se supone que deberíamos estar discutiendo los números actuales de las reservas”, le había recordado Luke más de una vez) y durante todo ese tiempo no había podido dejar de imaginarla, de pensar en su voz, en su risa, en todas las innumerables cosas que aún no sabía de ella —lo que le gustaba, lo que no le gustaba, lo que leía, todo eso—, cada vez más desesperado por marcharse de una vez.

Al menos Richard había sido muy cordial, muy directo, y no había puesto ninguna objeción cuando Luke le había comentado dónde quería llevarla.

—Peter te tiene en alta estima —había contestado Richard— y está claro que mi hija piensa que eres buena gente. Eso es todo lo que necesito. Mientras ella esté contenta, yo también.

Había habido una ligereza en su voz; alivio, dedujo Luke.

No le había sorprendido demasiado. Al fin y al cabo sabía por Peter que Richard estaba muy preocupado por el interés del mayor Guy Bowen en su hija.

Peter se lo había contado el día anterior cuando Luke le había preguntado por qué Fraser Keaton pensaba que Maddy se iba a casar con Guy.

—Tal vez porque Keaton todavía no ha aprendido a no creer todo lo que le dicen por aquí —había aventurado Peter y había advertido que Keaton debía tener cuidado de no repetir ese rumor delante de Richard—.

Alice no dejó de escribirle mientras estábamos afuera y le había contado todos esos paseos que Guy ha estado haciendo con Maddy.

—¿No lo aprueba? —había querido saber Luke, sin aprobarlo mucho él mismo.

—No le parece adecuado para Maddy —había explicado Peter.

Luke no lo había presionado. No había querido hablar de Guy Bowen ni de lo que era adecuado o no lo era.

No quería pensar en él ahora, de pie al inicio del sendero de entrada de la casa de Maddy, mirándola, ajena a todo, bajo el sol.

Aún no se había movido.

Entonces se dio cuenta de que estaba esperando, igual que había esperado en el bazar el día anterior, a que ella levantara la vista y lo viera.

Esta vez lo hizo.

La vio sonreír desde la distancia.

Su sonrisa le provocó algo.

Sin contenerse (ya no) echó a andar más rápido, acortando la distancia, sin entender, ahora que iba hacia ella, cómo había podido esperar tanto tiempo.

Maddy se puso de pie cuando él se acercó, se alisó la falda con manos temblorosas y lo estudió: era la primera vez que lo veía a plena luz del día.

Llevaba un traje gris, con la chaqueta abierta y el botón superior de la camisa desabrochado.

El cabello ondulado debajo del sombrero panamá era más oscuro de lo que había imaginado; su piel, más clara: un bronceado leve, no el tostado profundo de tantos por allí.

Su rostro, sin embargo, era el mismo, exactamente el mismo.

“Tranquila”, se dijo a sí misma, “mantén la calma”.

No estaba nada tranquila. Lo notó en su propia voz tensa cuando lo saludó.

La de él, en respuesta, grave y cálida, resonó en el aire dorado y pegajoso.

—Quería traerte flores —dijo cuando se detuvo—. Pero habría llegado tarde.

—Entonces me alegro de que no las hayas traído —respondió ella.

Luke sonrió y se le formaron pequeñas arrugas alrededor de los ojos. La sonrisa le provocó algo. Maddy sintió que se relajaba un poco. Apenas un poco.

—¿Vamos a entrar? —preguntó él y miró hacia la casa.

—Solo si tú quieres —sugirió ella y pensó de nuevo en su madre; la había olvidado por un segundo.

—No es necesario —aseguró él y Maddy recordó lo que le había dicho la noche anterior, “El problema no es mi padre”, y se preguntó si él también estaría pensando en Alice.

Si era así, no lo dijo.

Le preguntó si estaba lista para irse.

—Creo que sí. Aunque todavía no sé dónde vamos.

—Vamos a averiguarlo, ¿te parece?

No había ningún vehículo esperándolos en la carretera. Tampoco ningún rickshaw ni carruaje. Luke no se detuvo en la carretera sino que prosiguió hacia adelante, en dirección a los árboles tupidos al otro lado, y apartó una rama para que ella pudiera pasar por debajo y adentrarse en la vegetación.

Maddy vaciló con el ceño fruncido; una combinación de media sonrisa y medio gesto de desconcierto.

—¿ Dónde vamos? —insistió.

—Solo hay una forma de averiguarlo —respondió él.

Ella miró un momento más y, luego, más intrigada que nunca, se inclinó y hundió los pies en la gruesa capa de hojas.

La oscuridad era intensa debajo de las copas de los árboles.

Las ramas ocultaban la luz; el aire olía a verde, a calor y tierra húmeda, con un ligero toque salado procedente del mar debajo.

Luke continuó avanzando y Maddy lo siguió, casi sin aliento, mientras bajaban la escarpada pendiente hacia la playa.

—Puede haber serpientes —aventuró.

—Sí —convino él y sonrió por encima del hombro—, será mejor que nos demos prisa.

No había nadie más allí; los únicos sonidos eran el de sus zapatos que se deslizaban sobre la tierra suelta, el canto de los pájaros y sus voces mientras ella le preguntaba por su mañana y por si tenía que volver al trabajo esa tarde.

Para su creciente deleite, él respondió que no, que no tenía que hacerlo.

—Peter me contó lo que estás haciendo aquí —precisó antes de resbalarse en un tramo empinado y evitar caer justo a tiempo.

Luke la sujetó del codo con firmeza y el brazo de ella se tensó.

—Pues ahora ya lo sabes —comentó, sin soltarla—. Como te dije, nada interesante.

—Eso es cuestión de opinión —replicó ella.

—No pensarías lo mismo si hubieras pasado la mañana con Aldyce. —Apartó otra rama.

—Paso suficiente tiempo con Diana —afirmó ella.

Luke se rio. A ella le gustaba mucho su risa.

Ya casi estaban en la playa. El suave murmullo del agua llegaba desde la orilla. Maddy se inclinó y examinó la arena a través del follaje frondoso.

—¿Vamos a hacer un pícnic? —preguntó cuando se le ocurrió la idea.

—Aquí no.

—¿En otro sitio entonces?

—Brillante deducción. —Luke cubrió la última parte de un salto y cayó en la playa.

Maddy saltó también dejando la sombra atrás y el resplandor del sol la obligó a entrecerrar los ojos. Se protegió los ojos con la mano y contempló el mar, de un azul intenso bajo la luz radiante, y luego la costa, hacia la ciudad, todavía intrigada por saber dónde pensaba llevarla.

—¿Vamos a ir nadando? —bromeó para disimular su desconcierto.

—¿Te parece bien? —contestó él, sonriendo y siguiéndole el juego.

Maddy sonrió a su vez.

—¿Es muy lejos donde vamos?

—No más de un par de kilómetros.

Esta vez ella rio.

—Sabía que te animarías. Pero, por si acaso, pedí prestado un bote.

—Señaló hacia la arena, más allá de donde unos pescadores con pantalones cortos y camisas cubiertas de sal tendían sus redes al sol para que se secaran: un pequeño bote a vela se balanceaba, anclado, a unos metros de la orilla.

Bastantes metros. Maddy estudió la distancia y luego bajó la vista con recelo hacia su falda, pensando en sus botas y en las medias que llevaba debajo.

Tardó un segundo en darse cuenta de que Luke la observaba, al parecer haciendo un esfuerzo por contener otra sonrisa, como si estuviera pensando en lo mismo.

—No pongas esa cara. —Se sentó sobre las rocas, se quitó los zapatos y se remangó los pantalones—, no te vas a mojar mucho.

—¿Vas a traer el bote hasta la orilla? —preguntó ella y deseó que el rubor de sus mejillas desapareciera.

—No podríamos volver a empujarlo —explicó él.

—Pero... —empezó Maddy. Se interrumpió al ver que él se ponía de pie y comenzaba a caminar hacia el mar. Entonces comprendió lo que pretendía hacer.

—¿Vas a venir?

—Sí —dijo ella, recuperando la compostura—, claro.

Luke fue hasta el bote primero, dejó caer los zapatos y el sombrero adentro y luego se quitó la chaqueta y la arrojó adentro también.

Maddy esperó al borde del agua mientras él se remangaba la camisa con la mirada fija en los puños y el sol delineaba su perfil oscuro.

Luego él se volvió y ella tragó saliva y trató de relajarse mientras él caminaba a través del agua hacia ella.

—¿Lista Maddy?

Era la primera vez que la había llamado así.

Fue muy desconcertante. Antes de que ella pudiera responder o que el corazón tuviera la posibilidad de darle un brinco, Luke le rodeó la cintura con un brazo, deslizó el otro debajo de sus piernas y la levantó.

Maddy se aferró a su cuello en forma instintiva y se tensó todavía más al sentir el contacto con su piel.

—¿Está caliente el agua? —preguntó Maddy, más por decir algo que por otra cosa.

—Está deliciosa —dijo él—. ¿No te has metido nunca?

—No.

—Tendremos que hacer algo al respecto.

Nunca pensó que se refería a ese momento.

Luke la bajó un poco en el agua, ella soltó un chillido, y luego la levantó y la atrajo hacia él de nuevo, como si quisiera demostrarle que nunca la habría soltado.

Mientras él seguía avanzando, con ella contra su pecho, Maddy recordó de pronto la sugerencia de su madre de que tomaran el té en la casa, incrédula una vez más ante la idea, la posibilidad de haberse perdido eso.

Que los chismosos dijeran lo que quisieran.

Lo único que le importaba era estar en brazos de Luke.

Lo único que quería era apoyar la cabeza contra él y sentir los latidos de su corazón.

Era muy muy consciente de cuánto lo deseaba.