Capítulo nueve
A la mañana siguiente después de esa primera noche con Luke, Maddy se despertó tarde.
Sin poder asimilar todavía que por fin hubiera sucedido, sonrió contra la almohada mientras revivía todo una y otra vez: la forma en que él la había mirado, frente a ella en la oscuridad, aquel casi beso...
“No siento que te haya conocido hace solo un momento”, mordiéndose el labio de emoción porque volverían a verse en apenas un par de horas, sin poder terminar de asimilar eso tampoco.
Supuso que su padre ya estaría en la oficina a juzgar por el silencio que reinaba en la casa, quizás con Luke en ese mismo momento.
No haría falta que Luke le anticipara que pasaría a recogerla, Maddy ya lo había hecho.
Richard todavía estaba despierto cuando ella había regresado a la casa, ya pasada la medianoche, y la esperaba en el porche delantero con la bata puesta y a pesar del cansancio que había manifestado.
“Quería asegurarme de que realmente estuvieras bien”.
Su padre se lo había tomado tan bien como ella había esperado cuando le contó que saldría con Luke; se sorprendió pero no de mala manera y comentó que le había parecido un buen tipo esa tarde.
—Sí —había respondido entonces ella—, es una muy buena persona.
Richard había sonreído con cansancio.
—Peter le tiene en gran estima —añadió y tomó su vela—. ¿Me equivoco al suponer que no quieres llevar a tu madre de acompañante?
—No, no te equivocas.
—Mmm —había murmurado Richard, con otra sonrisa—. No estoy seguro de qué opinará ella al respecto.
Maddy tampoco lo estaba.
Se giró en la almohada, miró de soslayo la piedra pintada en la mesita de noche y su ánimo decayó, aunque solo un poco, ante la perspectiva de bajar las escaleras y enterarse.
A pesar del reciente cambio de actitud de Alice, Maddy no tenía ganas de hablar con ella sobre Luke.
Podría haberlo hecho la noche anterior —había visto la luz encendida en su ventana, o sea que había sabido que también estaba despierta—, pero después de que Della la había obligado a hablar durante todo el trayecto a la casa (“Ni se te ocurra decirme que estás demasiado cansada”, le había advertido.
“Quiero saberlo todo ”. “Dios mío”, se había quejado Peter.
“¿Es necesario?”), la tentación de desaparecer en su dormitorio y estar a solas con sus pensamientos descontrolados había sido demasiado fuerte para resistir.
Además, no dejaba de ser su madre; salvo por ese único interludio de la sesión de pintura en el jardín, Maddy no podía recordar la última vez que habían hablado sobre algo más personal que el calor.
Sin embargo, como no había manera de evitarlo, se levantó, demasiado deprisa, y sintió que la habitación cálida giraba a su alrededor.
Tomó conciencia de lo poco que faltaba al ver la hora (“hasta mañana”) y se acercó al armario, impaciente ahora por vestirse y quitarse de encima la inevitable conversación con Alice.
Después de media hora que dedicó a bañarse, ponerse las medias sobre las piernas húmedas (nunca es fácil), sujetarse el cabello y abrocharse un vestido blanco de encaje (¿le gustaría a Luke?
No lo sabía, y no tenía forma de saberlo), encontró a Alice bordando a la sombra del porche.
Ya habían retirado el desayuno y solo quedaba un plato para Maddy debajo de una red para moscas.
(Se preguntó si significaría que el cocinero aún estaba en buenos términos con ella).
Se quedó de pie, incómoda, sin entender por qué estaba pensando en el cocinero, y escuchó mientras Alice comentaba con rigidez cuánto le había sorprendido enterarse de que Maddy había conocido a alguien.
—¿Te lo contó papá? —preguntó ella, aunque era más que evidente.
—Sí —respondió Alice—. Me dijo que es amigo de Peter.
Maddy se preguntó qué más le habría dicho Richard por su tono cortante y si le habría advertido que no se pusiera difícil y dejara que Maddy saliera sin ella.
Alice clavaba y sacaba la aguja en la tela con expresión inescrutable y movimientos tensos, en una acertada actuación de alguien a quien se le ha pedido que no arme alboroto.
¿Había algo más que el hecho de que Maddy se negara a que ella la acompañara?
No lo creía. Tampoco preguntó. Sospechaba que tenía que ver con que saliera con cualquier otro que no fuera Guy, pero prefería no confirmarlo.
Había estado esforzándose mucho por ignorar sus dudas crecientes sobre lo que su madre había empezado a esperar en ese sentido.
Del mismo modo que prefería no ahondar en la posibilidad de que Guy realmente hubiera llegado a pensar en sí mismo como algo más que un tío (todas esas botellas de agua hervida).
Y ahora Alice estaba hablando de nuevo: le gustaría que Maddy reconsiderara sus planes para la tarde, se quedara en casa y que Luke tomara el té allí.
Maddy le aseguró que no tenía intención de reconsiderar nada.
—No puedes andar por ahí como si no fuéramos nadie en esta ciudad —soltó Alice—. Piensa en tu padre y en su posición.
—No pareció preocupado, la verdad —replicó Maddy.
—La gente hablará —le advirtió Alice.
—La gente siempre habla —replicó Maddy, ya acostumbrada a eso. (Gracias, tío Fitz).
Alice frunció el ceño, como si también estuviera pensando en él. No lo dijo, por supuesto. Nunca hablaba de él, ni de Edie.
Se limitó a cortar el hilo con brusquedad, dobló el bordado y se puso de pie.
—Me duele la cabeza —precisó—. Me voy a descansar. No voy a bajar cuando él venga.
—¿Qué? —Maddy la miró con estupor. No había esperado esto—. ¿Ni siquiera vas a conocerlo?
—Está claro que quieres estar a solas con él.
—Pero… —comenzó Maddy y luego se interrumpió.
¿Quería estar a solas con él?
Parte de ella lo quería. Pero otra parte, increíblemente más grande, prefería que su madre saludara a Luke cuando llegara y hasta que le sonriera. Como había sonreído la otra tarde pintando en el jardín.
De hecho, le dolía que ni siquiera fuera a intentarlo.
Alice se dio la vuelta antes de que pudiera decir nada, le dijo que se asegurara de comer algo antes de irse y se marchó.
Boquiabierta, Maddy la observó alejarse, demasiado desconcertada por la rapidez de lo sucedido como para llamarla. Cuando se dio cuenta de que quería hacerlo ya era demasiado tarde.
Se dejó caer en la silla más cercana. ¿Qué acababa de pasar?
No tenía ni idea. Ni tampoco entendía por qué se sentía tan desanimada.
¿De verdad había sido tan tonta como para esperar que Alice sintiera curiosidad por Luke, que quisiera saber quién era, de dónde venía?
¿Que se alegrara de que ella, Maddy, estuviera feliz?
Suspiró por sí misma en realidad porque había sido una tonta, cuando ya debería haber aprendido la lección. Estiró la mano, levantó la red de la bandeja de fruta y pan, pero la dejó caer sin tomar nada. No podía comer bocado.
Trató de apartar a Alice de su mente, “no dejes que te arruine esto”, se reclinó y miró a través de la puerta hacia el reloj en la sala.
Menos de una hora. Respiró con nerviosismo y se imaginó a Luke en una de las elegantes salas de reuniones de su padre, muy apuesto con camisa y chaleco, y conversando de esas cosas clasificadas (preparar al ejército indio para una guerra si llegara a producirse; Peter se lo había contado de camino a casa); lo vio abandonar la oficina, bajar corriendo los imponentes escalones del frente, salir a la calle caótica, subir a un coche oficial y ponerse en camino a verla. A ella .
Se puso de pie sin saber que lo haría y sin la menor idea de qué quería hacer. Pero no podía quedarse ahí sentada, con la mirada perdida en la comida intragable. De modo que envió una disculpa silenciosa al cocinero y volvió a entrar en la casa.
Ya convertida en una experta en el arte de ocupar los minutos interminables, se dedicó a sus actividades habituales: un rato aburrido en el piano para llenar la casa sofocante con sus acordes torpes; luego al estudio para buscar, y después abandonar, una novela de las Brontë; de ahí subir a su habitación para acomodarse el cabello y, por fin, pasar por la habitación de Alice para escuchar detrás de la puerta silenciosa.
Con solo un cuarto de hora por delante, incapaz de soportar seguir dando vueltas sin sentido y de tratar de no mortificarse pensando en su madre, con el oído atento al sonido de un motor que parecía que nunca llegaría, se puso el sombrero, se calzó los guantes y se sentó en los escalones de terracota de la entrada.
Hacía calor, demasiado calor para estar afuera sin sombra. Los insectos chillaban por todas partes. El largo sendero de entrada se extendía, borroso.
“¿Dónde estará ahora?”, pensó, y al instante se sintió más nerviosa.
Presionó el dorso de las manos contra sus mejillas calientes.
“Tranquila”, se dijo, “tranquila”. Los pájaros picoteaban el césped con una indiferencia envidiable.
Hasta los pobres pavos reales, hostigados junto a los frondosos hibiscos, parecían más relajados que ella.
Volvió a preguntarse adónde la llevaría.
Con el sudor que le perlaba la frente cerró los ojos para protegerse del resplandor, y deseó con todas sus fuerzas que llegara pronto. No estaba segura de cuánto tiempo más podría soportar la espera.
Luke la vio, sentada en los escalones soleados con aire pensativo y su vestido blanco que reflejaba la luz, antes de que ella lo viera a él.
Se detuvo junto a los portones, paralizado por la imagen y la extraña realidad de que ella, con las manos entrelazadas en el regazo —las manos que él había sostenido la noche anterior aunque por un instante breve— lo estuviera esperando a él. A él .