Encuéntrame en Bombay Capítulo ocho
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Capítulo ocho

Dormía envuelto en el sueño pesado de la noche profunda.

Estaba fuera, en medio de una extensión oscura de césped.

Ella también estaba allí y se alejaba. Él observaba sus pasos, tan lentos como en el aire.

Creía que estaba sonriendo. Ella llevaba un vestido oscuro; vio la espalda baja, escotada, y el dobladillo que acariciaba la hierba.

Los rizos rubios, plateados en la noche, caían desde la cinta en su cabello y le rozaban el cuello.

“Por fin”. La voz de un hombre surgió en la noche. Era familiar, agradablemente familiar. “Diana se está dando un festín”.

Abrió los ojos de golpe. Despierto.

Estudió las cornisas sombrías del techo; respiraba con una rapidez que daba náuseas. “¿Dónde estoy?”.

“¿Quién soy?”.

Le llevó menos de un segundo recordar que no sabía quién era.

A continuación, mientras el resto le venía a la mente…

cómo había despertado, perdido en un bosque silencioso, sin chaqueta, sin placa de identificación, el caótico traslado al puesto de evacuación de heridos y de ahí a Dieppe; el viaje helado a través del Canal hasta el pabellón en Londres, el hospital en el que estaba ahora…

golpeó el colchón empapado de sudor con los puños y gritó con furia porque era eso o llorar.

¿Quién era Diana? “¿Quién?”.

Tomó su diario con dificultad y apuntó el nombre antes de que pudiera desaparecer como la mujer en sus sueños.

No volvió a dormir esa noche, ni siquiera lo intentó y no porque no estuviera cansado.

Seguía agotado todo el tiempo pero nunca había logrado retomar el mismo sueño y no era capaz de afrontar la decepción de su propio fracaso.

Deseaba demasiado volver al lugar donde había estado.

De modo que se levantó, encendió una lámpara de aceite, leyó las anotaciones sin sentido en su diario y luego lo apartó porque la desesperanza siempre parecía más profunda en la oscuridad previa al amanecer.

Para cuando la hermana Emma Lytton apareció en su puerta, con la inevitable taza de chocolate en la mano, él ya estaba vestido, había abierto las gruesas cortinas de brocado de su ventana y había hecho la cama.

Nunca dejaba de desconcertarlo el hecho de que supiera hacer esas cosas y, sin embargo, no pudiera recordar quién se las había enseñado.

Estaba seguro de que una madre, su madre; se había obligado muchas veces a recordarla; se preguntaba si ella y su padre seguirían vivos.

Sentía que sí, no sabía por qué. Suponía que lo creían muerto.

(“¿Qué te hace sentir eso?”, había preguntado Arnold.

“Me produce mucho odio”, había respondido, atravesado por ese dolor tan innecesario.

“Me genera tanto odio que no lo puedo describir”).

—Imagino que está listo para el desayuno, oficial Jones —anunció la hermana Lytton—. Vi su luz encendida a las cuatro.

Él no le preguntó qué hacía ella levantada tan temprano. Arnold le había contado sobre su prometido muerto y su hermano. (“Otra alma herida”, había comentado el médico). Ella misma había admitido que le costaba dormir.

—Tampoco me quejo, por supuesto.

—Nada se lo impide —había respondido Jones.

Ella se había reído, como si él hubiera hecho una broma.

—Oh, oficial Jones —exclamó ahora—, ha vuelto a hacer la cama. —Como cada mañana, le lanzó una mirada de desaliento.

—Si sigue haciendo eso —interpuso la asistente voluntaria junto a ella (le había dicho a Jones que la llamara Poppy)—, no tendré ninguna excusa para venir a verlo. —Frunció los labios en una sonrisa sugestiva—. ¿Qué será de nosotros entonces?

No era la primera vez que Jones oía la broma.

A veces se preguntaba si sería uno de los trucos de Arnold, pedir al personal que repitiera las cosas una y otra vez.

El gesto de desaprobación de la hermana Lytton hacia Poppy no se hizo esperar.

Incluso él desempeñó su papel y se disculpó con Poppy por la cama.

—Lo perdonaré, oficial Jones —respondió ella con otra sonrisa.

Él no le devolvió la sonrisa. Nunca lo hacía.

Se puso de pie para bajar las escaleras con la hermana Lytton. Dejó el diario sobre la cama y apenas notó la forma en que Poppy lo siguió con la mirada, con la sonrisa cada vez más marcada.

El comedor estaba lleno cuando él y la hermana Lytton llegaron.

No ruidoso, porque en realidad nadie hablaba (se podía oír cada mordisco de tostada, cada tintineo de taza y cada terrón de azúcar que caía en el té), pero sí lleno.

Otras enfermeras estaban allí supervisando la actividad; todo era supervisado, y la mayoría de los lugares alrededor de la mesa de caoba estaban ocupados por otros pacientes, compañeros de Jones, encorvados y pálidos, todos vestidos con el mismo uniforme azul rígido que llevaba él.

Al ver un asiento libre junto al capitán que había visto en la sala el día que llegó al hospital (el que llevaba una máscara sobre el rostro destrozado) se encaminó hacia allí.

Tomó asiento y se preparó para la presentación balbuciente.

El capitán olvidaba lo ocurrido en el mismo instante en que sucedía, a diferencia de él.

Jones había estado con él doscientas tres veces; había registrado cada ocasión en su diario.

La hermana Lytton le había contado, en uno de los paseos que solían dar juntos (“La soledad no es amiga de nadie”), que se aseguraba de estar siempre al lado del capitán cuando él despertaba por la mañana, lista para informarle dónde estaba antes de que lo invadiera el pánico y empezara a gritar.

Tenía una esposa en algún lugar, pero nunca lo visitaba, solo su madre.

Temblaba un poco menos cuando estaba con ella.

Eso sí, era horrible cómo lloraba cuando se iba.

—Hola —lo saludó Jones ahora.

—B-b… d-d-d...

—Buen día.

—Yo… yo…

—Creo que no nos conocemos —se apresuró a decir Jones para evitarle el suplicio de intentar pronunciar las palabras.

Se movió un poco en el asiento cuando la hermana Lytton se inclinó entre ambos y estiró el brazo hacia las fuentes plateadas, despidiendo un aroma a almidón, agua de lavanda y jabón carbólico.

La enfermera tomó el tocino y las tostadas del capitán y se las colocó con optimismo en el plato, a pesar de que sus temblores eran tan intensos que le costaba mucho cortar la comida.

Jones rechazó el ofrecimiento de servirle y en cuanto ella se fue, con la cofia que se balanceaba en su cabeza mientras recorría la mesa y chequeaba qué comía o dejaba de comer cada uno, tomó el plato de su compañero, esbozó una sonrisa forzada en respuesta a su agradecimiento entrecortado (“H-hoy s-s-soy un de-de-desastre”), le cortó el tocino, untó la tostada con mantequilla y luego la dividió en bocados pequeños.

Miró a través de la ventana del comedor mientras lo hacía.

El invierno había pasado, la primavera también.

El césped del jardín había crecido, húmedo por la llovizna de verano que había estado cayendo desde el amanecer.

Deslizó el plato de nuevo ante el capitán. Tomó sus dedos fríos con mucho cuidado —notó la piel seca, los huesos— y los colocó alrededor del tenedor; luego le acomodó un poco la máscara para que la comida pudiera llegarle a la boca.

—Ahí tienes. Ahora estás bien. —No sabía por qué siempre decía eso.

Ninguno de ellos lo estaba.

—Pero él nunca mejorará si lo sigues ayudando —lo regañó Arnold ese mismo día cuando se sentaron en el huerto.

Ese rincón pequeño y salvaje del predio era el lugar favorito de Jones.

A diferencia de los jardines prolijos y bien cortados del hospital, el césped estaba descuidado, mezclado con tierra, cubierto de hojas y manzanas caídas.

Los árboles estaban cargados de más manzanas, de peras y los setos rebosaban de moras verdes y púrpuras.

Había un arroyo diminuto, más bien un hilo, pero Jones adoraba su sonido, la sensación de su presencia: al igual que aquella voz en su sueño, el agua le resultaba familiar, reconfortante.

La lluvia había comenzado de nuevo. Salpicaba su uniforme azul de lana, la chaqueta de tweed y las gafas de Arnold.

Era tan ligera, tan fina, que Jones sentía como si la estuviera respirando.

Echó la cabeza hacia atrás y levantó el rostro hacia el cielo blanco de verano y el fresco roce de la humedad en su piel.

—Casi no parece lluvia, ¿verdad? —comentó Arnold.

—Así es —convino Jones y sintió la extrañísima compulsión de compararla con otra cosa, solo que no sabía con qué.

Frunció el ceño e intentó pensar. Le dolió la cabeza al hacerlo y no sirvió de nada.

Pero antes de que pudiera desahogar su frustración, oyó un sonido grave en el cielo.

No era un trueno. Arnold, que en el último tiempo había empezado a hablarle de Francia y de Flandes (“Puedes manejarlo, y estoy seguro de que un día de estos daré con una palabra o un nombre que signifique algo para ti”), le había dicho que el ruido provenía de los cañones pesados en el Somme, de la batalla que llevaba librándose allí desde el primero de julio y que ya se había cobrado demasiadas vidas.

Jones cerró los ojos y escuchó el bombardeo, pensando en las trincheras que no podía recordar, con la esperanza de que esa misma lluvia no estuviera cayendo allí.

Imaginó ríos de barro, hombres y muchachos refugiándose debajo de trozos de lona y balas que silbaban al pasar, y sintió una opresión en el pecho de dolor, de ira.

Se lo contó a Arnold.

—No sé por qué me pasa eso —admitió.

—Es amor —precisó Arnold— por tus hombres.

—Pero no me acuerdo de ellos.

—No conscientemente. No.

—No, para nada —reiteró Jones.

Arnold permaneció callado.

Se hizo un breve silencio. Un pájaro saltó entre las manzanas caídas. El cielo siguió retumbando. “Obuses”, pensó Jones, y no pudo recordar si había sido Arnold quien le había dicho el nombre de ese tipo de proyectil.

—Las enfermeras se han encariñado contigo —aventuró Arnold, cambiando de tema—. En especial la hermana Lytton.

—Me parece que se encariña con todos sus pacientes —replicó Jones.

—Me ha comentado que tú le recuerdas a su hermano menor.

—¿De verdad? —preguntó Jones, sorprendido y triste a la vez. No debía salir airoso en la comparación—. Ojalá aún lo tuviera.

—Así es —respondió Arnold—. Tiene demasiado buen corazón para haber perdido tanto.

—Sí —convino Jones y decidió ser más amable la próxima vez que ella le sugiriera dar un paseo.

—Y también está la voluntaria —agregó Arnold.

—¿La voluntaria? —repitió Jones.

—Mmm —musitó el médico—, la que parece que está siempre al borde de hacer una travesura.

—¿Poppy?

—Sí, Poppy. Es muy bonita. Me recuerda a una chica de pueblo.

—No estoy seguro de que ella sea tan inocente —deslizó Jones.

—¿Te parece bonita? —inquirió Arnold. Su tono era demasiado despreocupado. Estaba indagando.

Jones lo miró de reojo, curioso por saber adónde quería llegar. Siempre tenía un propósito.

—La verdad, no lo había pensado.

—¿No?

—No —contestó con sinceridad.

—Te puedo asegurar que es inusualmente bonita.

—Bueno entonces —concedió Jones, sin saber qué más decir.

—Pero tú no piensas en ella de esa manera —sugirió Arnold.

No era una pregunta, pero Jones la respondió de todos modos.

—No —aseveró y volvió a ver el vestido negro, los rizos rubios—. No.

—Debes de haberte cruzado ya con muchas enfermeras —insistió Arnold.

—Sí.

—¿Y nunca te has sentido… tentado?

—Ni una sola vez.

—Ahí lo tienes entonces —concluyó Arnold, que no había cambiado de tema en absoluto—. Amor.

—Amor —repitió Jones.

—Sí. —Los ojos de Arnold brillaban detrás de las gafas—. Recuerdas muchas cosas, muchacho. Solo tenemos que descubrir dónde se esconde todo.