Capítulo siete #4
Luke soltó el humo, como si fuera una larga historia, y luego la resumió y explicó que no le había gustado la rigidez ni el aislamiento de la vida en los acantonamientos y que la había abandonado tan pronto como había podido.
—Lo único que me gustó alguna vez fue irme.
—¿Estuviste en el ejército indio? —aventuró ella. Casi no había regimientos británicos en la India; la mayoría de los oficiales británicos estaban allí para dirigir a los cipayos.
—Sí.
—¿O sea que hablas urdu?
—Tienes que hacerlo.
Maddy asintió. Lo sabía. A diferencia de otras colonias, no se esperaba que los soldados nativos hablaran inglés, aunque estaba prohibido que comandaran sus propias tropas.
—¿Y todavía trabajas para el ejército?
—No directamente. He trabajado para el gobierno desde hace cinco años pero me pidieron que me encargara de este proyecto.
—¿Qué proyecto?
—Es clasificado. —Sacudió un poco la ceniza—. Y bastante poco interesante. —Ahora era su turno de cambiar de tema y le pidió que le contara qué había estado haciendo ella mientras él estaba fuera.
Maddy quiso insistir, pero se refrenó. Era obvio que él prefería no hablar de su trabajo y ella no quería pedírselo si eso lo incomodaba. Solo deseaba hacerlo feliz, ya desde ahora.
—Explorando, gracias a ti —respondió y empezó a contarle cuánto había disfrutado al leer la guía, se rio de su paseo frustrado al mercado de especias y le habló de la visita a la mezquita.
—Me parece que esa no la conozco.
—Me parece que no la conoce nadie —se lamentó ella.
—Pero ¿llegaste al mercado de especias al final?
—Sí. —Maddy se dio cuenta de que se le había apagado el cigarrillo, así que lo dejó; confesó que se había sorprendido del tiempo que se había quedado en el mercado y le contó sobre los niños en el dargah y los tranvías abarrotados, y la cantidad de dinero que había perdido sobornando a Ahmed para que la ayudara.
—¿Y nunca te sentiste insegura? Espero que no.
—Ni una sola vez.
—Bien. —Luke terminó su cigarrillo—. Eso es bueno.
Luke se explayó sobre sus viajes: los años que había pasado en Bombay, sus experiencias de los mismos lugares que ella había visitado y de otros que no conocía. Mencionó un tramo de costa, no muy lejos de allí, donde cada año en esa época las crías de tortugas emergían de la arena.
—Me encantaría ver eso —comentó ella.
—Sí. —Luke sonrió, como si a él también le fuera a encantar que lo viera.
El jazz continuaba sonando detrás de ellos.
De vez en cuando, una carcajada o un grito rompían el aire sofocante y le recordaban la casa del club y todos lo que seguían allí.
Pero en realidad no pensaba en ellos. Escudriñaba el rostro de Luke mientras él hablaba, cada matiz de su expresión, percibía la energía que emanaba de su cuerpo y el latido de su propio corazón como respuesta; con cada minuto que pasaba la necesidad de acercarse y de tocarlo se intensificaba.
Luke se inclinó hacia ella, más cerca, sintiendo la misma urgencia, hasta que solo un espacio mínimo los separaba. Un movimiento y desaparecería.
Se quedaron en silencio. Maddy ya no estaba segura de cuánto tiempo habían estado hablando.
Él la miraba como si la estuviera viendo por primera vez.
“Me gusta”, pensó ella. “Me gusta mucho”.
Una suave ráfaga de viento se deslizó entre los árboles y el césped.
Maddy respiraba agitada, con la sensación de algo inminente.
—¿Alguna vez te preocupó? —preguntó él.
—¿Si me preocupó? —repitió ella.
—Que pudiéramos estar equivocados.
—No, no realmente.
—No —coincidió él—, a mí tampoco. —La perplejidad serena en su voz la puso contenta; para él también era desconcertante—. No siento como si acabara de conocerte —agregó.
—No —murmuró ella.
—¿Todavía puedo verte mañana?
—Sabes que sí.
—Estaré con tu padre a primera hora. Será mejor que se lo diga.
—El problema no es mi padre —aclaró ella, apenas consciente de sus palabras.
Luke sonrió.
—Pasaré a buscarte. No más sobornos al criado.
—¿Para tomar un café?
—No, no para tomar un café.
—¿Para qué, entonces?
—¿Importa? —replicó él, con sus labios casi rozándole la boca.
—No, supongo que no.
Sus ojos se fundieron en los de ella.
Maddy no estaba segura de que respiraba.
—Maddy. —La voz de Peter llegó desde la terraza y la sobresaltó—. Es hora de irnos.
Ninguno de los dos se movió por un segundo. Luego Luke dejó caer la cabeza, levantó la vista hacia ella y soltó una risita corta y silenciosa. Maddy sonrió, ahora cohibida por lo que había estado a punto de ocurrir.
—Maddy —repitió Peter—. Si tu padre me despide exigiré una indemnización.
Luke se puso de pie con un suspiro renuente. Le ofreció la mano. Ella la tomó y sintió la tibieza de sus dedos (que se cerraban alrededor de los suyos) a través del guante.
La sensación persistió incluso después de haberse puesto de pie y de que él le hubiera soltado la mano.
—Madeline. Madeline Bright. Realmente no quiero tener que ir a buscarte. Está oscuro .
Luke le sonrió.
—Hasta mañana.
—Hasta mañana —repitió ella.
No faltaba tanto.