Encuéntrame en Bombay Capítulo siete #3
22%

Capítulo siete #3

Tragó saliva, sin moverse, casi demasiado asustada para mirar en caso de que fuera Guy que viniera a preguntarle qué estaba haciendo allí sola, o Della. “Luke se ha ido a su casa, lo siento”.

Pero sabía que no era Guy ni Della. Su corazón se aceleró porque también lo sabía.

Fijó la vista en su regazo y lo imaginó acercándose a ella.

Cuando por fin se volvió, porque necesitaba ver, él estaba incluso más cerca de lo que ella había imaginado, tan cerca que sintió el impacto de sus ojos al encontrarse con los suyos y los vio destellar en una mirada entre divertida y desafiante.

—¿Esto fue una prueba, señorita Bright? —preguntó—. ¿Para ver si podía encontrarla?

—Bueno, la has pasado —respondió ella sin poder creer que hubiera podido sonar tan normal.

Luke se detuvo.

—Había planeado que nos alejáramos de la mesa, ¿sabes?

—¿En serio?

—Sí. Iba a pedirte que bailaras conmigo.

Maddy alzó la vista, todavía intentando asimilar que él estuviera allí, realmente allí.

—¿Y después qué? —aventuró.

—Otro baile —respondió él.

—¿Y luego?

Luke dejó escapar una risita grave.

—Otro.

—De acuerdo —contestó ella, aún maravillada de su propia compostura—, ya veo adónde va esto.

—Peter me dijo que eres muy lista.

Fue el turno de ella de reír.

—O sea que habríamos seguido bailando. Al compás de las canciones de Harry Lauder. Te advierto que no paran de poner su música.

—Ya me di cuenta.

—Hacía demasiado calor adentro.

—Sí. También me di cuenta de eso.

—Mmm… —Maddy ladeó la cabeza—. Creo que prefiero mi plan.

—Creo que yo también. Pero no nos dejarán solos mucho tiempo.

Luke tomó asiento, con la rodilla casi tocando la de ella.

—¿No? —Esta vez, Maddy detectó la tensión en su propia voz.

—No. Peter estaba preocupado. Algo acerca de tu reputación.

—¿No está a salvo contigo? —soltó ella sin pensar y se ruborizó.

Él esbozó una sonrisa. “No estoy del todo seguro”, parecía decir.

“No estoy del todo segura de que me importe”, se sorprendió pensando ella.

La sonrisa de Luke se ensanchó como si la hubiera oído.

El momento se prolongó. Maddy tuvo que luchar para no bajar la mirada.

Él tampoco apartó la vista.

Transcurrieron unos minutos.

—Ya que no tenemos mucho tiempo —habló él por fin—, será mejor que no lo malgastemos.

—Mejor que no —coincidió ella.

—No nos conocemos.

—Para nada —acordó.

—¿Hacemos algo al respecto, entonces?

—Sí, creo que deberíamos.

De modo que lo hicieron.

Luke comenzó preguntándole cuánto tiempo había vivido en Inglaterra antes de regresar a Bombay.

—Peter me contó que naciste aquí.

—Sí —respondió ella y tomó conciencia de lo mucho que él y Peter parecían haber hablado de ella, un pensamiento muy placentero—. Me fui hace quince años, cuando tenía siete.

—Es mucho tiempo.

—Muchísimo. —Al principio con vacilación, y acostumbrándose a la idea de que él la estuviera escuchando, pasó a relatarle las historias que le habían contado sobre las enfermedades de su infancia, los recuerdos borrosos de unas manos suaves sobre su frente (“¿Las de tu aya?”, preguntó el.

“No estoy segura”, respondió ella), los pequeños monos que alguien había cosido en su mosquitero y, más tarde, el viaje a Inglaterra del que recordaba poco—.

Solo el frío a medida que nos acercábamos y los juegos de tejo en cubierta con mi padre.

—¿Tu madre no estaba allí?

—No viajó con nosotros. No sé por qué.

—¿Demasiado duro para ella? —sugirió Luke.

—Tal vez —concedió Maddy y pensó en los fuegos artificiales y las piedras pintadas.

—¿No estás segura?

Ella se encogió de hombros.

—Mi madre es una persona difícil de descifrar.

—Pero lo estás intentando.

—Creo que las dos lo estamos intentando —replicó y, por primera vez, comprendió la verdad de sus palabras—. No es fácil.

—¿Porque no quieres estar aquí?

Maddy esbozó una sonrisa irónica.

—No lo tenía planeado, por cierto —admitió y se sorprendió a sí misma ahondando en la conversación sin proponérselo, solo porque hablar con él era tan sencillo.

Le contó el golpe que había supuesto que sus vacaciones se hubieran vuelto permanentes, la noticia de que había perdido su puesto de profesora en Oxford e incluso le habló del divorcio de Edie y Fitz, y que Fitz se había casado con una antigua compañera de escuela de Edie.

—De hecho es hija de uno de los miembros del consejo directivo de la universidad en la que se suponía que yo iba a trabajar.

Luke no se inmutó y Maddy se dio cuenta de que él ya sabía algo acerca de Edie y Fitz y tal vez también sobre el nuevo bebé de Fitz, que nacería en cualquier momento. No le sorprendía, la mayoría de la gente lo sabía. Pero le gustó que él no se mostrara incómodo ni hiciera un drama al respecto.

—Tu padre debe estar preocupado por tu tía. —Fue todo lo que dijo.

—No habla del tema pero supongo que sí. —Pensar en Edie, sola en Escocia, la impulsó a admitir que la seda había sido pensada como un regalo para ella.

Luke la miró y ella se rio; parte de la seriedad que se había instalado entre ellos pareció disolverse un poco.

—Lo siento.

—¿Por qué? —preguntó él.

—No sé, la verdad —respondió sin dejar de reír.

Luke sonrió.

—Creo que deberíamos buscarle otro regalo.

—Sí —convino ella, entusiasmada con el “deberíamos”—, claro.

Y como no quería volver a hablar de cosas tristes, cambió de tema y declaró que ya había hablado más que suficiente y que ahora le tocaba a él.

—¿Qué quieres saber? —preguntó Luke. Se inclinó hacia atrás y encendió un cigarrillo; la llama iluminó su piel bronceada y las facciones firmes de su rostro, y le ofreció el cigarrillo.

Maddy lo tomó con aire distraído y le preguntó qué estaba haciendo en la India, cuánto tiempo había estado allí antes, por qué había dejado el ejército y qué lo había llevado a convertirse en un soldado en primer lugar.

Luke sacó otro cigarrillo del estuche y lo encendió.

—Cuántas preguntas, señorita Bright.

—De acuerdo —cedió ella—. ¿Por qué te uniste al ejército?

—Porque tenía dieciocho años y no sabía qué otra cosa hacer.

—¿Por qué te retiraste del servicio activo?