Capítulo siete #2
Se detuvo de nuevo en el umbral. Los grandes abanicos de tela sobre su cabeza oscilaban y refrescaban su cuello húmedo y sus mejillas.
Las lámparas ardían en todas las superficies libres: perfumaban el aire cargado de humo con olor a aceite y teñían las paredes revestidas de caoba de un rico tono marrón dorado.
Sus ojos se movieron para buscarlo, a él o su silueta, pero estaba demasiado nerviosa y no podía asimilar más que imágenes inconexas de la escena frente a ella.
Parpadeó y vio a hombres con frac que jugaban a las cartas junto a las ventanas con los postigos cerrados y a varios más alineados en la barra.
Diana Aldyce, en una mesa redonda, echaba la cabeza hacia atrás en respuesta a algo que estaba diciendo un joven sargento mientras el capitán Aldyce, sentado junto a su esposa, jugueteaba nervioso con su bigote.
Parpadeó de nuevo y esta vez vio a parejas que bailaban en el único espacio libre del piso de madera lustrado, abrazadas, moviéndose al ritmo de la música, que era mucho más lento que el latido acelerado de su corazón.
Giró la cabeza y vio a los punkahwallahs, los sirvientes encargados de accionar los abanicos del techo; alineados junto a las paredes revestidas de madera, tiraban de las cuerdas conectadas a los abanicos con rostros inexpresivos.
También distinguió al marinero bronceado con el que había bailado en Año Nuevo, que la saludó desde el otro lado de la habitación y Guy no lo hizo porque estaba de espaldas a ella, conversando con el subdirector del hospital, y aún no la había visto.
Así como ella no veía a Luke Devereaux.
Avanzó hacia donde Della y Peter se habían detenido, al final de la barra. Su ansiedad iba en aumento, acompañada ahora de una horrible sensación de vacío porque él no estaba allí.
No parecía estar allí.
“Tardamos demasiado”, pensó.
Excepto que, en ese instante, Diana Aldyce se giró hacia ella, con la boca pintada todavía abierta en una carcajada y pareció paralizarse al ver algo más allá del hombro de Maddy, que observó cómo aguzaba los ojos con interés y sintió que se le erizaban los pelos de la nuca.
Hubo una pausa.
Contuvo el aliento.
—Hola, señorita Bright. —La voz grave le llegó desde atrás, cálida, divertida. Le gustó.
Le gustó mucho.
Se movió sin pensar, porque habría sido imposible hacer otra cosa, y se volvió.
Unos ojos oscuros se encontraron con los suyos.
Profundos, brillantes y chispeantes de alegría.
Durante un segundo fueron todo. Luego llegó el resto: los hombros, delgados pero fuertes debajo de la chaqueta de noche, la postura que ella recordaba tan bien; la forma de mantenerse en pie, con las manos en los bolsillos, como lo había visto en el paseo marítimo, tan relajado, tan cerca.
Su piel bronceada por el sol de la India, la mandíbula marcada, los pómulos; un rostro conocido y que ahora se daba cuenta de que habría reconocido en cualquier parte.
Le gustó. Le gustó mucho.
Él la miró como si absorbiera cada detalle, haciendo que ella se preguntara qué estaría viendo, qué pensaría.
—Es un placer conocerla por fin —pronunció.
De alguna forma Maddy logró responder.
—También es un placer conocerlo, Luke Devereaux.
Los labios de él esbozaron una sonrisa.
Maddy sintió que los de ella hacían lo mismo.
“Está aquí”, pensó, “está aquí de verdad”.
“Esto está ocurriendo”.
El silencio entre ellos se prolongó, a la vez maravilloso e insoportable, y la sonrisa de Maddy se ensanchó con cada segundo, la piel cada vez más ardiente hasta que, obligada a romperlo, le dio las gracias por la seda, la guía turística y las postales.
Habló demasiado (casi deseó que Della estuviera allí para oírla) y las palabras salieron a borbotones de su boca.
—Pero yo no le he dado nada... —concluyó.
—En absoluto —respondió él—. Espero que la seda fuera la correcta.
—Sí, sí.
—Bien. —Sonrió de nuevo; los músculos de su cara se movieron con facilidad, como si estuvieran acostumbrados a sonreír—. Quería que la tuviera.
—Me encanta —concedió ella y no le confesó que la idea era que fuera un regalo para su tía—. Pero ¿qué estaba haciendo usted en el mercado?
—Tratando de encontrarla —respondió él, con tanta claridad y tan abiertamente que Maddy se alegró de haber preguntado.
Y mientras continuaba contándole lo preocupado que había estado Fraser Keaton y lo tarde que había llegado él por perseguirla, Maddy se sorprendió riendo, a pesar de los nervios, feliz de que él hubiera hecho eso.
—Eso sí, hubiera preferido que Fraser no se lo contara a Guy —aventuró.
—Yo también.
—Debió usted haber gritado más fuerte.
—Supongo que sí, señorita Bright.
—Puedes llamarme Maddy, Luke Devereaux.
Otra sonrisa lenta.
—Lo tendré en cuenta.
El gramófono se detuvo. Durante ese instante, con la música apagada, fue como si el club entero desapareciera y solo quedaran ellos dos, mirándose el uno al otro.
Maddy se dio cuenta de cuánto deseaba que solo estuvieran ellos dos.
Pero alguien volvió a colocar la aguja del gramófono y el jazz resonó de nuevo. Della y Peter se acercaron, todo ruido, cháchara y animación. Peter se preguntó si esos dos tendrían alguna intención de moverse en algún momento y felicitó a Luke por haber sobrevivido a la tarde.
—Te pido disculpas por Aldyce. Cuando empieza a hablar, no para …
Della insistió en que los presentaran.
—Podría decirte que he oído hablar mucho de ti —dijo a Luke y lanzó una mirada pícara hacia Maddy—, pero me temo que sería mentira.
—¿En serio? —respondió Luke.
—Sí, ¿no es horrible? —replicó Della.
Maddy respiró hondo, a punto de decir algo de lo que no tenía ni idea, pero entonces apareció más gente: el grupo de Peter, que querían saber qué estaba demorando a Luke (“Oh hola, Maddy, querida”) y estrecharon la mano de Peter, besaron a Maddy y a Della y les preguntaron si les habían ofrecido algo para beber.
—Nada de nada —contestó Della—. Creo que debería volver al norte.
—No —exclamó el coro—, no lo hagas.
—No debes hacerlo. —Diana Aldyce se acercó con su típica coquetería, incapaz como siempre de mantenerse alejada. (Ahora que estaba allí, Maddy se sorprendió de que hubiera tardado tanto)—. Eres muy mala por habernos abandonado.
—La próxima vez me aseguraré de pedirte permiso —replicó Della.
—Así me gusta —dijo Diana.
—No hablaba en serio —aclaró Della.
Maddy apenas oía. Estaba demasiado distraída por la mirada de Luke, la forma en que él la observaba.
—Oh, Dios —exclamó Peter—, aquí viene el marido.
“¿Alguien más?”, pensó Maddy.
—Devereaux —dijo el capitán Aldyce—. Debo robarlo unos minutos.
—¿Es necesario? —preguntó Luke sin dejar de mirar a Maddy.
—Sí, lo es.
Pero no llegó a hacerlo, porque uno de los amigos de Peter intervino y sugirió que se juntaran en la mesa.
—Y nada de hablar de trabajo, Aldyce. Hay que trabajar para vivir y no vivir para trabajar.
Todos se pusieron en movimiento. Cruzaron la habitación, tomaron las sillas y se sirvieron copas de champán.
Ernest Aldyce pidió a Luke que se sentara y dijo que lo que tenía que decir no llevaría mucho tiempo (“He oído eso antes”, respondió Luke y no se sentó), el marinero bronceado preguntó si podía unirse a ellos, Guy miró como si estuviera pensando en hacer lo mismo y Maddy, que tampoco se había sentado, de repente supo que no debía hacerlo, que si lo hacía la noche, ya transcurrida más de la mitad, se habría terminado y ella y Luke no habrían tenido otra oportunidad de volver a estar solos. Ninguno se lo iba a permitir.
—Señor Devereaux —pronunció Diana, como si hiciera falta más evidencia—, ¿alguna vez me pedirá un baile?
Era como si ella y Ernest se hubieran confabulado.
—Yo bailaré contigo Diana —se ofreció Peter resignado.
—He bailado contigo cien veces —se quejó Diana.
—¿Por qué no ciento una? —sugirió Della con una sonrisa tirante.
Maddy estaba bastante segura de que Diana iba a insistir.
Sospechaba que Peter, que estaba llenando su copa, también lo sabía.
No esperó para averiguarlo. Se entretuvo un instante para llamar la atención de Luke y dejarle ver su intención y se giró, se apartó de Diana, de todos, y, sin poder creer lo que estaba haciendo, se marchó.
Cruzó la habitación atestada, con la respiración acelerada y los nervios de nuevo a flor de piel.
Su falda rozaba las otras mesas y tenía la impresión de que todos la observaban, que sabían lo que tenía en mente: Guy, los amigos de Peter, Diana.
Podía sentir los ojos clavados en la piel enrojecida de su espalda desnuda y de sus brazos.
Pero no vaciló. Aceleró el paso, cruzó las puertas y bajó de nuevo a la terraza, hacia los campos de juego más allá. Solo le importaba una cosa: que Luke hubiera entendido lo que acababa de pasar, que viera dónde se dirigía.
Y que la siguiera.
Los campos estaban desiertos, el césped seco, quemado y desparejo a causa de las huellas de los caballos de polo que galopaban a diario sobre él.
Las palmeras sombrías se mecían en la periferia y las hojas susurraban al compás del jazz amortiguado que sonaba en el club detrás, el estruendo lejano de las bocinas de la ciudad y las campanillas de los rickshaws.
Maddy siguió andando para alejarse de la gente con su falda que rozaba el césped reseco, hacia las tumbonas de ratán en el extremo más distante del campo. Lanzó una mirada furtiva hacia la casa del club cuando se detuvo. El césped a sus espaldas todavía estaba vacío, en completo silencio.
Tomó otra bocanada entrecortada de aire y se sentó. Los murciélagos aleteaban en la noche quieta; sombras oscuras sobre la oscuridad. Las cigarras anidaban a su alrededor. Un mundo tan lejano de Inglaterra, de Oxford y, sin embargo, no podía recordar haber sentido nunca tan poca nostalgia.
Deseó haber llevado una copa de champán con ella. O de brandi. Algo reconfortante . No tenía ganas de fumar pero estaba demasiado nerviosa para no hacer nada, así que metió la mano en su bolso.
Luego se detuvo.
¿Eran pasos?
Se quedó muy quieta, escuchando.
Lo eran.