Capítulo siete
Maddy miró la nota y el papel en sus manos temblorosas, incapaz de apartar la vista, apenas consciente de su propia sonrisa incrédula, de las preguntas de Della, de Peter que pedía a Della que se callara un momento, de Della que se negaba a hacerlo, de las voces de ambos que se desvanecían, de la letra de Luke Devereaux también, de la tinta que se difuminaba cuanto más la escrutaba.
Él había estado allí, realmente había estado allí.
La había visto.
Y ella lo vería. Esa noche.
“Mañana me parece una eternidad”.
—¿Qué va a pasar mañana? —preguntó Della, ahora con tono más alto—. ¿Quién es este Luke Devereaux? ¿Maddy? ¿Madeline Bright? —Le arrebató el papel de seda de las manos—. ¿Me estás escuchando?
—Ahora sí —respondió Maddy mientras recuperaba el papel.
—Bien —declaró Della—. Entonces cuéntamelo todo por favor.
—No hay mucho que contar en realidad.
—No te creo —replicó Della.
—Muy perspicaz —interpuso Peter—. Si fuera tú le daría algo Maddy, tiene esa mirada de mula terca…
—Una mula muy ofendida —precisó Della y cruzó los brazos con el ceño fruncido—. No me gusta que vosotros dos tengáis secretos.
—No es un secreto —le corrigió Maddy y, mientras hablaba, se dio cuenta de que eso era exactamente lo que parecía y que Della se veía un poco dolida, que era lo último que ella quería—. En serio —continuó—, no te enojes…
—No lo haré si me lo cuentas —presionó Della.
—De acuerdo —cedió Maddy—, de acuerdo. —Y deseando haberlo hecho mucho antes, se obligó a relatar lo de Año Nuevo, la guía turística, las cerillas y las postales.
—Qué detalle tan bonito —la interrumpió Peter—, muy bonito.
Los ojos de Maddy volvían una y otra vez al papel de seda mientras hablaba, cada vez más nerviosa, porque él la había sorprendido de nuevo y, aunque mañana había parecido siempre una eternidad, esa noche era esa noche y de pronto se había acelerado todo.
—Menos mal que no había mucho para contar —se lamentó Della—. ¿Por qué demonios no me lo contaste por carta? ¿O dijiste algo durante el almuerzo?
—Quería hacerlo —contestó Maddy—, de verdad. Es solo que tenía esta... superstición, supongo... —Se interrumpió, con el temor constante de que todo podría salir mal incluso ahora.
Della suspiró con exasperación.
—¿Y tú? —Se volvió hacia Peter—. Podrías haber dicho algo.
—No era asunto mío —se defendió él.
—¿Pero le diste la dirección de Maddy? —preguntó Della.
—Sí —confirmó él y apuró el paso hacia la casa—. Una pequeña osadía de mi parte. —Sonrió hacia Maddy—. De nada , ha sido un placer. No lo haría por cualquiera.
—Espera —le pidió Maddy. Ahora que la primera oleada de sorpresa estaba pasando, recordó todo lo que había estado deseando preguntarle—. ¿Os conocíais?
—Sí, desde hace años —respondió Peter, sin detenerse—. Luke estuvo destinado aquí.
—¿Haciendo qué?
—Sirviendo en el ejército, querida Maddy.
—¿Es oficial? —preguntó con desconcierto.
No estaba segura de por qué. Quizás por la calidez de sus mensajes.
O por el recuerdo de cómo se había reclinado en esa mesa a la luz de las velas, tan relajado, nada que ver con los tenientes y capitanes rígidos de los acantonamientos que ella había conocido.
—Se retiró del servicio activo —explicó Peter, lo que tenía más sentido—. Pasó a la reserva.
—¿La reserva?
—Mmm —dijo Peter—, igual que yo: somos los primeros en ser llamados en caso de guerra. Que esperemos que no ocurra. De todos modos, hoy por hoy se limita a decir al Estado Mayor y al resto de nosotros lo que tenemos que hacer. ¿Puedo irme ya, por favor? Me estoy muriendo de sed. Tantas preguntas .
Subió corriendo las escaleras del porche con otra sonrisa burlona.
Della se volvió hacia Maddy con los ojos entrecerrados mientras se alejaba.
—Tan transparente que pareces y eres toda una caja de sorpresas —declaró.
Maddy no pudo refutarlo.
—¿Me perdonas?
—A su tiempo —concedió Della—. Estaré de malhumor un rato pero después intentaré olvidarlo.
—Gracias.
Della se inclinó y volvió a mirar la nota.
—¿Estás aterrada? —preguntó.
—Un poco —admitió Maddy.
—¿De qué?
—De todo.
Della rio con cierta indulgencia.
—¿Y si lo estropeo todo, Della?
—No lo harás.
—¿Y si empiezo a hablar y no paro…?
—No es probable dado tu estado.
—¿O hablo demasiado poco y él se queda ahí parado, mirándome y pensando: “¿Qué demonios?”?
—Basta —la tranquilizó al final Della—. No pienso seguir escuchándote.
Maddy tomó un respiro tembloroso.
—Todo irá bien —le aseguró—. Tengo un presentimiento maravilloso. —Levantó la vista hacia la casa; el crepúsculo dibujaba sombras en las paredes color crema—. Aunque sospecho que esta cena se va a hacer bastante interminable.
—Sospecho que tienes razón —convino Maddy.
Lo fue.
No ayudó que su padre tardara otra hora en llegar, lo que retrasó el comienzo de la cena hasta bien entrada la noche.
Ni tampoco que Alice se uniera a Maddy, Della y Peter en el porche mientras esperaban, con los mosquitos revoloteando alrededor de las lámparas de aceite de citronela, gin con hielo en mano, e hiciera preguntas discretas a Della y Peter sobre el viaje (“Me temo que Madeline hubiera preferido estar allí con vosotros”), en un esfuerzo evidente por ser sociable, algo por lo que Maddy quería sentirse agradecida pero no podía, porque era una tortura no poder presionar a Peter para que le contara más sobre su amigo.
Della, menos prudente, no dejaba de lanzarle sonrisas animadas y, en más de una ocasión, Maddy sorprendió a su madre con expresión de desconcierto, como preguntándose qué sería lo que tenía a Della tan excitada.
Richard apareció por fin a las nueve, pero ni siquiera la alegría de verlo llegar por las puertas del porche ni su abrazo protector y familiar lograron librar a Maddy de su inquietud.
Aunque lo estrechó con fuerza y le aseguró que ella también lo había extrañado mucho, casi no era consciente del alivio que le producía su regreso.
Incluso mientras el grupo se encaminaba al comedor húmedo e iluminado por las velas y se sentaba a cenar, la mente de Maddy no paró de saltar de un pensamiento a otro, pasando del sonido de aquel “señorita Bright” en el bazar a la pieza de seda escondida en su dormitorio, al paseo marítimo en Año Nuevo, el tictac del reloj, Luke Devereaux esperando en el bar abarrotado del Club Gymkhana, y de preguntarse si seguiría allí para cuando ellos finalmente llegaran y qué pasaría en ese caso…
No podía concentrarse, porque cuanto más pensaba en la posibilidad real de verlo tan pronto, menos podía creerlo y, sin embargo, lo creía lo suficiente como para sentirse mareada.
—¿No tienes hambre? —le preguntó su padre al reparar en que no había tocado la sopa.
—La verdad es que no —admitió y luego, sabiendo que él se preocupaba con facilidad (por aquel tifus de cuando era niña), añadió—: hace demasiado calor.
—¿Es normal que el calor te afecte el apetito? —deslizó Della.
Maddy hizo una mueca.
—Sí, Della, sí.
Peter resopló dentro del plato.
—¿No sería mejor que te quedaras en casa? —insistió Richard.
—Estoy bien —le aseguró Maddy—, de verdad.
—Podemos acompañarte —ofreció su padre—. No estoy tan cansado…
—No. —Fue casi un grito.
Richard enarcó las cejas.
Della sonrió.
—No hace falta —agregó Maddy en voz más baja.
—¿Estás segura? —preguntó su madre.
—Segurísima —respondió ella.
—Bebe un poco de gin —sugirió Della.
—Preferiría que se tomara la sopa —precisó Alice.
Maddy lo intentó, pero fue un esfuerzo vano al que renunció con rapidez, al igual que los cuatro platos siguientes que el cocinero había preparado en honor al regreso del sahib. Sospechaba que no comer ninguno sería el clavo en el ataúd en su relación con el cocinero, pero no había nada que hacer.
Al menos Della ayudó con el postre.
—Pásamelo —dijo y estiró el brazo por encima de las velas—, creo que aún puedo encontrarle un hueco.
—Siempre tan delicada —comentó Peter.
La cena concluyó por fin y solo quedaba la última copa antes de que los tres se pusieran en camino.
Más ansiosa que nunca por la hora, Maddy bebió con una rapidez que hizo que su madre la mirara dos veces y Della asintiera con aprobación (“Te reconfortará”, destacó, “excelente”), y entonces se marcharon.
Se subieron al coche que los esperaba y recorrieron las oscuras calles de la ciudad.
Maddy se debatió con nerviosismo durante todo el trayecto, preguntándose si él habría esperado, esforzándose por controlar su corazón acelerado sin conseguirlo en absoluto…
de repente ya estaban allí y ella se situaba de pie en la entrada del jardín del club, mirando hacia las lámparas que ardían en el vestíbulo y la larga terraza inferior donde había tomado el té tantas veces con una despreocupación que ahora le parecía inimaginable.
Se llevó la mano al estómago revuelto, con los pulmones apretados por el aire húmedo y el vestido ondeando en la brisa.
Desde el bar del pabellón arriba llegaban voces, risas y el crepitar del gramófono que una vez más reproducía el disco de Harry Lauder que era del presidente.
—¿Lista? —preguntó Della.
—Casi desearía haberme quedado en casa —respondió.
—No seas ridícula —la regañó Peter que ya se dirigía al vestíbulo.
—No puedo más con la excitación —admitió Della mientras lo seguía—. Me muero por conocerlo.
Maddy cerró los ojos. ¿ Estaría allí todavía?
¿Lo reconocería?
No estaba segura.
No estaba para nada segura.
Della y Peter habían desaparecido por la terraza hacia las escaleras, pero ella se había quedado como paralizada y ahora iba a tener que entrar sola.
Tal vez sería mejor quedarse donde estaba un rato más.
Empezó a caminar incluso mientras lo pensaba: sus pies parecían moverse con voluntad propia. Atravesó la terraza de baldosas con los campos de juego vacíos que se extendían a su izquierda, subió la escalera doble y pasó junto a los vitrales y el reloj de pie en dirección al ajetreo del bar.