Encuéntrame en Bombay Capítulo seis #3
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Capítulo seis #3

—Es que… —comenzó Maddy y estuvo a punto de mencionar, por fin, a Luke Devereaux.

Pero se mordió el labio y se contuvo, como había hecho en sus cartas.

Todavía le parecía demasiado pronto, demasiado endeble todo el asunto (fuera lo que fuera).

Tenía miedo de arruinarlo—. Decidí dejar de sentir nostalgia —soltó.

Era una versión diferente de la verdad y la hacía sentirse un poco incómoda.

Sintió otra punzada de culpa cuando Della aplaudió con entusiasmo.

—Bien por ti —exclamó—. ¿Y tu madre nunca sospechó nada?

—Que yo sepa no.

—¿Cómo van las cosas con ella?

—Mejor —admitió Maddy y pensó en la piedra pintada en su mesita de noche—. Un poco mejor.

—Está claro que debería irme más a menudo —aventuró Della.

—No lo hagas por favor.

Ahmed retiró los platos, sirvió fruta cortada y un trozo de torta Victoria del cocinero para cada una.

—No sé si me queda sitio —se lamentó Della mientras se reclinaba y hacía una mueca de dolor al apretarse la cintura del corsé.

—Cómetela —la urgió Maddy—, por favor, o tendré que hacerlo yo.

Solo se levantaron de la mesa una vez para fumar un cigarrillo en el fondo del jardín, escondidas detrás de los canteros de agapantos como niñas traviesas por si Alice, que se estaba demorando más de lo habitual, regresaba a la casa.

Al final llegó cuando Della ya se había marchado y Maddy estaba subiendo a su habitación a darse un baño.

—Tu padre me sorprendió con una invitación para almorzar en el club —explicó, con un rubor que sugería que la sorpresa no había sido del todo desagradable y que hizo que Maddy se preguntara qué más le depararía ese extraño día.

Seguramente una cena con Della y Peter, ya que Alice también le comentó que Richard había quedado con Peter.

—No regresará hasta mucho más tarde —prosiguió Alice—. Ha llegado un hombre de Inglaterra al parecer y los tiene muy ocupados.

Maddy siguió subiendo las escaleras y no preguntó más. Su padre siempre estaba reuniéndose con hombres que llegaban de Inglaterra. Además estaba demasiado ilusionada con la idea de reencontrarse por fin con su padre esa noche como para pensar en otra cosa.

Se vistió con cuidado para la cena, con un nivel de expectativa que no había sentido en meses.

Eligió uno de sus vestidos favoritos, negro con la espalda escotada y mangas cortas adornadas con cuentas, y se tomó su tiempo para peinarse: se sujetó el cabello con horquillas y se colocó una cinta de lentejuelas antes de ponerse los guantes.

Durante todo ese tiempo, estuvo muy atenta y con la ventana abierta esperando oír el ruido de un coche, la voz grave de su padre, más impaciente que nunca por verlo ahora que sabía que llegaría en cualquier momento.

Sin embargo, Richard no había aparecido cuando el sol se puso en todo su esplendor y Peter y Della llegaron.

Era un atardecer cálido y húmedo, y Peter avanzó por el sendero de entrada con paso lánguido, rubio y esbelto con su corbata y su frac mientras Della se apresuraba a su lado con un vestido escarlata.

Maddy salió corriendo a recibirlos.

—¡Ah, aquí está ella! —exclamó Peter—. Un regalo para los ojos.

Tu padre está en camino —precisó antes de que Maddy pudiera preguntar—.

Ha sido una tarde interminable. Richard pudo escaparse para ir a almorzar, así que ahora la cena me toca a mí.

—Se llevó la mano al pecho—. Un acuerdo entre caballeros.

—¿Crees que podrás salir después de cenar? —preguntó Della a Maddy—. Queremos que vengas con nosotros.

—Ha sido idea mía —aclaró Peter.

—Me gusta tu idea —contestó Maddy—. ¿Adónde vamos? No me digáis que al Club Gymkhana.

—Al Club Gymkhana —confirmó Peter—. Pero antes de que protestes o nos digas que te aburre demasiado y lo enojada que estás por todo el tiempo que te hemos dejado sola —continuó e hizo un puchero a modo de disculpa—, toma esto.

—Metió la mano en el bolsillo y sacó un paquete envuelto en papel de seda.

—¿Un regalo? —preguntó Maddy y lo tomó.

—Me temo que no es nuestro —precisó Della—, pero ábrelo. Peter no me quiere decir qué es.

—¿En serio? —Maddy sonrió con curiosidad a Peter, que de repente parecía bastante satisfecho consigo mismo.

—Adelante, querida Maddy —la urgió.

Ella obedeció y rompió el papel de seda.

Se quedó sin aliento.

Porque dentro estaba la tela que había estado mirando en el mercado. La sacó con lentitud y la seda se deslizó por sus dedos y su muñeca, brillando en la penumbra.

—Ah, mira eso —comentó Della—. Qué bonita. ¿Quién te la envía?

Maddy no respondió. Levantó los ojos hacia Peter. El corazón le latía con una rapidez incómoda en el pecho.

—Hay una nota —dijo él.

—¿Qué nota? —interpuso Della.

—¿Hay una nota? —repitió Maddy con tono débil y, de repente, estaba de regreso en aquel bazar y escuchaba ese grito, ya no tan segura de haberlo imaginado. Nada segura.

—Sí —replicó él.

Con dedos temblorosos, buscó entre el papel de seda. “Por favor”, pensó, “que no me equivoque”.

Entonces vio el papel, la letra en él y los dedos le temblaron todavía más.

Porque no se había equivocado.

Vi que llevaba mi guía, señorita Bright. Me hizo muy feliz. Espero que la haya disfrutado.

Y que venga esta noche.

Mañana me parece una eternidad.