Encuéntrame en Bombay Capítulo seis #2
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Capítulo seis #2

Guy sorteó deprisa las calles de la ciudad.

El tráfico disminuyó demasiado pronto, la selva se hizo más densa y se hallaron de regreso en Malabar Hill.

La luz del sol se colaba a través del dosel de hojas, se reflejaba en las palmeras y en las mansiones somnolientas y silenciosas.

De vez en cuando se cruzaban con algún sirviente indio que caminaba por el borde del camino de vuelta del mercado con una cesta de verduras y frutas sobre la cabeza.

Salvo por algún que otro rickshaw que pasaba traqueteando, eran el único vehículo a la vista.

Maddy contemplaba a través del follaje el mar resplandeciente que se extendía debajo y no intentó entablar conversación; seguía reproduciendo en su mente el grito en el mercado, cada vez menos segura, cuanto más lo hacía, de haber oído algo.

Guy, al parecer concentrado en la carretera, tampoco hablaba.

Solo cuando él rompió el silencio, ella se dio cuenta de cuánto tiempo habían estado callados.

—Siento que estés molesta conmigo —comentó, de una manera que sugería que llevaba un buen rato pensándolo.

Maddy recordó de nuevo todo lo que él había hecho por ella y se obligó a esbozar una sonrisa que no sentía.

—No estoy molesta —contestó.

La sonrisa de Guy también fue forzada. Sabía que ella mentía.

—Al menos ya estás en casa —añadió y guio el coche a través de los portones de la mansión.

—Sí, así es.

Él no se bajó y Maddy lo observó marcharse desde los escalones del porche, sintiéndose peor que nunca, porque sabía que ahora él también estaba molesto.

Qué mañana tan desastrosa. Esperó hasta que el coche desapareció por el sendero de entrada y a que el sonido del motor se disolviera en el canto de los pájaros y el susurro perezoso de los árboles y luego entró.

Se colocó el bolso y la guía debajo del brazo, se quitó los guantes y se dirigió hacia las escaleras.

Entonces se detuvo.

Caminó hacia atrás y arqueó el cuello para mirar a través del vestíbulo de baldosas en dirección a la puerta del salón bañado por el sol y la figura que estaba de pie allí, puro rizos castaños y sonrisa radiante.

Y por imposible que hubiera parecido segundos antes, sintió que su rostro se iluminaba con una sonrisa y una exclamación de júbilo brotó de sus labios.

Della se rio.

—Hola, hola —exclamó Maddy, con los brazos abiertos—. Pensaba que no vendrías nunca.

Habían llegado en tren muy temprano esa mañana, le contó Della. Richard y Peter habían tenido que ir directo a la oficina desde la estación, pero ella no había podido esperar para ir a saludarla.

—Acepté con descaro la invitación de tu criado a almorzar —precisó mientras se dirigían al porche trasero, donde, de hecho, había un plato a medio comer de kedgeree sobre la mesa—. Me dio hambre. Tardaste bastante.

—Podría decirte lo mismo —replicó Maddy—. ¿Por qué no avisaste que venías? —Pensó en su madre, en el té con las memsahibs —. No creo que mamá sepa que has vuelto.

—Todo sucedió bastante rápido —explicó Della y tomó asiento—. En un momento nos íbamos a quedar una semana más y, al siguiente, estábamos apurados por volver para estas reuniones.

—¿Qué reuniones? —preguntó Maddy mientras tomaba la jarra para servirse una copa.

—Algo relacionado con el ejército —respondió Della, haciendo un gesto con la mano—. Pero no hablemos de eso, hay cosas mucho más interesantes. Como —añadió y le lanzó una mirada pícara—, ¿me equivoco o el coche que te trajo hace unos minutos era el de Guy Bowen?

—¿O como —repitió Maddy con una sonrisa— todo lo que has estado haciendo mientras estuviste fuera?

Los ojos de Della brillaron.

—De acuerdo —accedió—. Retomaremos el tema de Guy más tarde.

—No, no lo haremos —dijo Maddy—, pero no cambies nunca.

—Oh, no tienes que preocuparte por eso. —Della tomó el cuchillo y el tenedor—. ¿Vas a comer o qué?

—¿Me estás invitando a almorzar en mi propia casa?

—Supongo que sí —respondió Della con otra risa alegre—. ¿Me extrañaste?

—No tienes idea. —Maddy rio también, porque la había extrañado y porque después de las horas que acababa de pasar, era maravilloso no tener que fingir más—. ¿Puedes quedarte por la tarde?

—Necesito dormir algo en algún momento —señaló Della—. Esos trenes. Pero sí, seguro, una hora más o menos.

Se quedó cuatro.

Ahmed trajo comida para Maddy y más bebidas.

Los platos se vaciaron y las copas también; no pararon de hablar y cuanto más hablaban más parecía que había por decir, por preguntar.

Della llenó los vacíos que habían dejado sus cartas, provocando a Maddy con sus descripciones del lago de Udaipur, los palacios que había visitado en la ciudad azul, la ciudad rosa, los safaris a lomo de elefante.

Maddy, consciente de que sus paseos por Bombay palidecían en comparación, de todos modos se explayó sobre ellos, riéndose de lo aterrada que había estado al principio.

—Aun así, no hubo tigres ni campamentos de caza.

—¿En serio fuiste sola? —quiso saber Della.

—Yo solita.

—Estoy muy orgullosa de ti, amiga.

—Me alegra mucho hacerte sentir orgullosa.

—Pero ¿por qué lo hiciste? —preguntó Della mientras doblaba la servilleta—. Nunca me lo comentaste en tus cartas.