Encuéntrame en Bombay Capítulo seis
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Capítulo seis

Luke se detuvo en el escalón y apoyó una mano en la pared de ladrillo, eufórico a pesar del hombre mayor de uniforme que avanzaba hacia Maddy, ya que tras todo ese tiempo ella estaba allí, su rostro sonrojado aún más hermoso de lo que él recordaba, y porque estaba casi seguro de que ella lo había oído hacía un instante.

Que había querido que fuera él.

Sin embargo, ya no podía verla bien. Quería hacerlo con todas sus fuerzas pero ella estaba de espaldas, mirando hacia el hombre de uniforme —un mayor, a juzgar por sus galones—, y además llevaba un sombrero que ocultaba sus facciones y su expresión.

—Maddy —la llamó el mayor—. Maddy. Quédate donde estás. Acabo de ver a Keaton...

Maldito Keaton.

Luke había dicho a Keaton que iría a buscarla. No lo había pensado dos veces antes de salir corriendo del andén.

—¡No puede hacerlo! —había exclamado Keaton—. Estamos llegando muy tarde.

—Me temo que vamos a llegar más tarde todavía —había respondido Luke riendo, a pesar de la expresión horrorizada de Keaton, y un poco por eso, pero sobre todo porque se había sentido aliviado de que ella estuviera cerca.

Durante todas esas semanas lejos había llegado a preguntarse si no estaría volviéndose loco, incapaz de dejar de pensar en ella…

y, sin embargo, allí estaba ella, justo allí, justo cuando él regresaba.

—¿No está preocupado por ella? —había gritado Keaton—. No parece preocupado.

La acusación, aunque formulada con tono respetuoso, había sido clara.

—No me preocupa —había asegurado Luke mientras reproducía en su mente la imagen de Maddy trepando el muro para fumar un cigarrillo—. Estoy seguro de que está bien.

—¿La conoce?

—Todavía no —había gritado Luke por encima del hombro—. Pero la conoceré. Ya lo verás.

Estaba claro que Keaton no había estado dispuesto a ver nada. Porque ahora allí estaba ese mayor, al parecer enviado por él, tomando a Maddy del brazo.

Luke observó la actitud fácil y familiar con que lo hacía y frunció el ceño. Pero no. Seguro que no. El hombre parecía lo bastante mayor como para ser su padre.

Aun así había algo en su expresión que hizo que Luke saltara del escalón mugriento y se abriera paso entre la muchedumbre hacia ellos, de pronto incapaz de esperar ni un segundo más para hablar con ella.

Sin embargo, no fue tan fácil llegar hasta ella. La gente no dejaba de interponerse en su camino. Se movió tan rápido como pudo, con la cabeza levantada por encima de la multitud sudorosa, pero tardó demasiado.

Cuando llegó donde ella había estado, ya se había ido.

Miró a su alrededor desesperado por encontrarla, convencido de que debía hacerlo, negándose a aceptar, a pesar de la prueba evidente, que ella no estaba allí.

—Se fue con el sahib —le dijo el vendedor desdentado. Ya no sonreía. Más bien lo contrario. Él también parecía estar teniendo dificultades para asimilar el giro de los acontecimientos.

—¿Has visto hacia dónde? —preguntó Luke.

El hombre sacudió la cabeza.

—¿Compra? —aventuró, levantando la tela dorada.

Luke soltó un suspiro de frustración. No podía haberla perdido.

Maldiciendo, porque parecía que sí y porque ella se había ido con el sahib, pidió al vendedor que le diera un minuto y se dirigió hacia la entrada del bazar, desandando los pasos que había dado antes, cuando había llegado desde la estación para buscarla, con la esperanza de que ella y el mayor hubieran hecho lo mismo.

Aún más gente se había amontonado en el bazar en el corto tiempo que llevaba allí (era difícil no irritarse con ellos), ocupando el espacio y contribuyendo al aire sofocante.

Para cuando logró llegar a la entrada tenía la camisa pegada al pecho y a los omóplatos y le faltaba el aliento.

Salió al resplandor implacable del mediodía, al clamor de las campanas de los rickshaws y las bocinas de los coches y, protegiéndose los ojos con el antebrazo, escudriñó las aceras, los saris y las blusas de lino en busca del sombrero de paja o un destello de su vestido amarillo.

Pero lo único que vio fue a Keaton que caminaba hacia él con paso decidido. Su rostro rosado y manchado estaba aún más alterado que cuando Luke lo había dejado en la estación. (Una hazaña nada desdeñable).

—Keaton —lo llamó—, creí que éramos amigos.

—¿Amigos, señor Devereaux? —Keaton se detuvo y se llevó una mano al costado.

—Amigos, Keaton.

—No acabo de entender —admitió Keaton—. Y tenemos que irnos.

Era cierto, Luke lo sabía. Aun así.

—¿Por qué enviaste a ese hombre a buscar a la señorita Bright? —preguntó.

—¿El mayor Bowen?

—Eso supongo —dijo Luke—. Esperemos que haya sido él, al menos.

—¿Quién más iba a ser?

—No tengo ni idea, Keaton. Ni por qué lo enviaste. Lo que me lleva a preguntarte de nuevo...

—¿Por qué lo hice?

—Muy bien.

—Porque él la conoce, señor Devereaux. Usted dijo que no la conocía. No estaba seguro de cómo haría usted para encontrarla.

—Es una mujer blanca sola en un bazar indio.

—Bueno, sí —convino Keaton—, desde luego. Pero como ella y el mayor Bowen se van a casar...

Las palabras impactaron en el plexo solar de Luke.

—¿Qué? ¿Se van a casar?

—Eso he oído —contestó Keaton.

—¿No lo sabes?

Keaton sacudió la cabeza. ¿Era un no o un sí?

Luke no se atrevía a preguntar.

¿Se iba a casar?

¿Se iba a casar?

—De todos modos están allí —precisó Keaton y señaló al otro lado de la calle ancha, donde, a unos cien metros de distancia, Luke por fin la vio, subiéndose a un sedán descapotado.

La observó hacerlo. Cómo se inclinó para recoger la falda y se deslizó en el asiento con un único movimiento fluido. La recordó tal como la había visto en Año Nuevo: la silueta esbelta en el oscuro paseo marítimo, la mano en la silla de él. La forma en que se había girado hacia él.

¿Se iba a casar?

No tenía sentido.

No podía entenderlo.

No apartó los ojos. Se dio cuenta de que estaba esperando que ella mirara a su alrededor, como había hecho bajo aquellos fuegos artificiales, y lo volviera a ver.

Pero no lo hizo.

El coche se alejó con un rugido y se la llevó.

Miró la estela polvorienta y alcanzó a vislumbrar cómo ella alzaba la mano para sujetarse el sombrero a la cabeza. Había tenido algo en la mano antes. Frunció el ceño, pensando en eso. Estaba seguro de que había tenido algo en la mano…

—Tenemos que darnos prisa —presionó Keaton—. Llegaremos tardísimo. Acompáñeme, por favor. Oh, no, señor Devereaux. No. ¿Adónde va ahora?

Maddy se sujetó el sombrero justo a tiempo para evitar que saliera volando cuando Guy aceleró y los rickshaws se hicieron a un lado para dejarlos pasar.

Estaba más impaciente y menos cortés de lo habitual.

La había llevado casi a rastras hasta el coche, a pesar de que ella había insistido en quedarse o, al menos, comprar la seda que había estado mirando (pobre vendedor y su familia. Pobre tía Edie).

— Por favor , Maddy —le había rogado cuando ella se había echado hacia atrás y le había pedido que esperara—, debería estar en el quirófano.

—Pues ve entonces —había replicado ella sin poder evitar un tono exasperado.

Guy daba por sentado que ella necesitaba ser rescatada; ella, en cambio, se sentía decepcionada porque él no era quien ella había pensado.

Y además estaba irritada consigo misma por haberse ilusionado.

(¿Por qué había hecho eso?)—. Me las puedo arreglar muy bien sola.

—Por supuesto que no —la había corregido él con suavidad, conciliador, con el tono de alguien que estuviera dando una mala noticia a un paciente.

Eso la había enfurecido aún más.

—¿Y por qué demonios no podría?

—Eres demasiado lista para hacer esa pregunta —había respondido él mientras la guiaba hacia un callejón lateral—. Vamos por aquí, es más rápido.

Maddy había cedido, no porque se hubiera apaciguado (para nada), sino porque había sido evidente que él no iba a hacerlo, y también por la idea del soldado ansioso que lo esperaba en el quirófano.

—Me alegra mucho haberte encontrado —afirmó Guy ahora, alzando la voz por encima del ruido del motor. Cambió de marcha con un ruido seco y fuerte—. Estuve a punto de tomar por otro camino. ¡Imagínate! No habría visto a Keaton.

—Me imagino —respondió Maddy, con la mandíbula apretada ante la ironía del destino y pensando que, para ser una ciudad tan grande, Bombay era en verdad increíblemente pequeña.

—¿En qué estabas pensando al venir aquí así? —agregó Guy.

“Por el amor de Dios, no soy una niña”, quiso replicar Maddy.

Pero se contuvo, porque no era una niña y porque se trataba de Guy, el amable Guy que llevaba botellas de agua hervida para ella en el maletero y que, al fin y al cabo, solo estaba haciendo lo que creía correcto. Por muy molesto que fuera.

—Prométeme que no volverás a hacer nada parecido.

—Guy...

—Por favor, de lo contrario tendré que hablar con tus padres.

Maddy giró la cabeza en el asiento.

—¿Serías capaz de delatarme?

Guy esbozó una media sonrisa y ella sintió ganas de reírse, porque le gustó que él le encontrara algo de gracia al asunto, pero no pudo porque todavía estaba enfadada.

—Solo prométemelo —insistió él.

—Si quieres —accedió ella con un suspiro, sepultando la sensación de culpa de saber que planeaba utilizarlo como coartada para romper su palabra al día siguiente.

Justo al día siguiente.

“No falta tanto”, se dijo a sí misma.

Ojalá no le pareciera una eternidad.

Y ahora que Guy había asumido la responsabilidad de llevarla a su casa tan temprano, tendría que decidir qué hacer durante el resto de la tarde.