Encuéntrame en Bombay Capítulo cinco #3
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Capítulo cinco #3

—Bien —declaró Luke, perdiendo la batalla contra las ganas de sonreír—. Ahora, ¿qué es lo que quieres decir?

Otra respiración profunda.

—Es la hija de Richard Bright. —Keaton abrió mucho los ojos—. Creo que está ahí afuera. Sola.

La luz en los callejones repletos de puestos era mortecina, teñida por los toldos que se extendían desde los edificios en hilera a ambos lados.

El aire, caliente y denso, estaba impregnado del aroma a cebolla y ajo chisporroteando: las pakoras friéndose en las sartenes de los vendedores.

El estómago de Maddy gruñó bajo el corsé apretado y sudado.

Estuvo a punto de dejar la cautela de lado y comprarse una.

Quizás lo habría hecho, de no ser porque estaba siguiendo a un hombre que caminaba a cierta distancia delante de ella con un destello de seda rosa sobre su hombro desnudo.

Lo había visto a pocos segundos de entrar en el bazar y la carta inconclusa a la tía Edie le había venido de golpe a la mente.

Después de decidir que le enviaría un regalo junto con la carta, un chal que la hiciera sonreír y la distrajera del tío Fitz y su nueva vida por un rato (si es que algo podía hacerlo), se había lanzado tras el hombre.

Sin embargo se movía tan rápido que apenas le daba tiempo a seguirlo; aceleró el paso esquivando montones de estiércol, fruta a medio comer y basura tirada, cada vez más acalorada, con la piel húmeda y la transpiración que se le acumulaba en la base del cuello.

—Pruébeselo —le gritó el vendedor de un puesto de brazaletes mientras agitaba uno rojo en su dirección—. Le quedará perfecto. El color es perfecto.

—Más tarde —respondió ella, sin detenerse—, quizás más tarde.

Continuó avanzando entre la muchedumbre ruidosa, dobló una esquina y luego otra, hasta que se detuvo al encontrarse en un pasillo aún más abarrotado que el anterior, desbordante de puestos, casi todos dedicados a la venta de telas: algodones, sedas y muselinas, miles de tonos diferentes que reflejaban la luz tenue.

Se puso de puntillas, esforzándose por ver al hombre al que había estado siguiendo.

Era imposible. Había demasiada gente apiñada en ese espacio estrecho.

Aun así, los comerciantes la vieron enseguida.

Apenas había tenido tiempo de recuperar el aliento cuando un coro de “ ¡Memsahib , memsahib! ” estalló a su alrededor.

Salieron corriendo de detrás de sus puestos y alzaron telas frente a su cara.

—Mire, memsahib. Mire.

—Precioso —comentó ella mientras se abría paso entre la gente—, muy bonito.

—Tengo lo mejor de la ciudad —gritó el hombre en la mesa más cercana—, cómpreme a mí. Lo mejor de Bombay. Lo mejor de la India.

— ¡Memsahib! —gritó el vecino—, acérquese aquí. Aquí.

Al oír la desesperación en su voz, Maddy se volvió. Los ojos negros del vendedor destellaron con esperanza y señaló con la mano las telas dispuestas sobre el tablón frente a él; luego dio un paso atrás para mostrar más rollos de tela apoyados contra el edificio en ruinas detrás.

Maddy se acercó. Había un color que nunca había visto antes. Un amarillo limón intenso, más intenso que el de su vestido, con hilos luminosos entretejidos. Se parecía a la luz del sol y era perfecto para Edie y los cielos grises de Escocia.

—Lléveselo —la urgió el hombre—. Tengo muchos hijos, una familia grande. Necesitan comer. —Hizo un gesto como si se llevara comida a la boca—. Le haré un buen precio. ¡Muy bueno, muy bueno!

Maddy no estaba segura de a qué se refería con eso, pero le gustó cómo sonaba.

—Necesito esta cantidad —explicó y dibujó una línea sobre la mesa—. ¿Cuántas rupias?

El vendedor nombró una suma exorbitante.

Ella sonrió.

Él le devolvió la sonrisa.

No tenía dientes.

—Menos —sugirió ella.

Él nombró otro precio.

—Mi familia —insistió—. Ayude a mi familia.

—No les compraré una casa —dijo sin dejar de sonreír.

Fue entonces cuando oyó el grito por primera vez. No pudo distinguir la voz ni las palabras, pero algo en él la paralizó.

Sonó de nuevo, más fuerte.

Esta vez se giró con el pulso acelerado.

Había sonado muy parecido a “señorita Bright”.

Y aunque había muchas personas que podían llamarla así, se estremeció. Escudriñó el gentío, pero no consiguió ver nada más allá de las caras de otros compradores y los vendedores, muchos de los cuales comenzaron a llamarla otra vez.

— Memsahib , mire lo mío ahora. Memsahib venga.

Maddy sacudió la cabeza. “Silencio”, quiso decir, “déjenme oír”.

No oía nada.

¿Lo habría imaginado?

—¿ Memsahib ? —Era el hombre desdentado—. Memsahib, compre.

—Un momento —pidió ella—. Por favor.

Contuvo la respiración.

Nada.

A continuación, justo cuando estaba a punto de rendirse desanimada y sintiéndose un poco tonta, volvió a oír que la llamaban, solo que esta vez fue “Maddy” y no “señorita Bright”, lo cual era extraño, pero de todos modos se giró y estiró el cuello, sin poder evitar la esperanza…

Entonces se detuvo.

Porque vio al hombre que se abría paso hacia ella entre la gente.

Y no era en absoluto lo que había estado esperando.