Capítulo cinco #2
Tomó un tranvía a la estación Victoria, apretujada en un asiento junto a la ventanilla para el traqueteante viaje a la ciudad.
Hacía calor dentro del vehículo y olía a sudor rancio; la temperatura fue aumentando a medida que se adentraban al centro y el mar ondulante, las plantas exuberantes y el canto de los pájaros de Malabar Hill daban paso a carreteras polvorientas, viviendas precarias y bloques de apartamentos.
Subieron más pasajeros, algunos permanecieron de pie y otros sentados: mujeres con saris y cestos de frutas aromáticas, ropa recién lavada y verduras; hombres con pantalones y túnicas holgadas, algunos con chaquetas almidonadas de camino a oficinas británicas.
Fue un alivio cuando por fin llegaron a la terminal.
Maddy bajó agradecida los escalones del tranvía y procuró no mirar en dirección a la oficina cercana de su padre; no quería tentar al destino y que alguien la viera.
Las calles calcinadas por el sol que rodeaban los muros góticos de la estación eran un hervidero.
Camellos y carretas de bueyes competían por espacio en las calles de tierra con los rickshaws y los automóviles mientras los dabbah-wallahs repartían el almuerzo a los sahibs en sus bicicletas.
Los maleteros se agolpaban en la entrada central, con sus carritos listos, bromeando y riendo junto a la estatua de la reina Victoria y con los ojos atentos a los carruajes y coches que llegaban cargados de equipaje.
Los mendigos yacían a la escasa sombra de los mangos; Maddy se estremeció al ver sus extremidades huesudas; un bebé, envuelto en arpillera deshilachada, intentaba alimentarse de su madre, que lo observaba con la mirada perdida.
La mayoría tenía los ojos cerrados y la cabeza sobre el pecho, tan ignorados como lo eran en el puerto, en los jardines, en cada calle de la ciudad.
“Una se olvida de que están ahí”, había comentado Diana Aldyce durante un té en la terraza inmaculada del Club Gymkhana cuando Maddy, recién llegada de Inglaterra, había preguntado con ingenuidad si no se podía hacer algo, “sería tanto mejor”.
Alice le había lanzado a Diana una mirada tan severa que Maddy todavía se preguntaba hasta qué punto le agradaba realmente.
Sin embargo, Alice no había reprochado la frialdad de Diana; nadie lo había hecho, todas cómplices en su silencio.
El recuerdo hizo que el calor la invadiera por completo.
Buscó dentro de su bolso y dejó caer unas monedas en el regazo de la mujer con el bebé.
La mujer no se movió ni inclinó la cabeza en señal de agradecimiento y Maddy no la culpó.
Si fuera ella quien tuviera delante a alguien con su tez británica y su vestido elegante, tampoco se habría sentido demasiado agradecida.
Se alejó con culpa y se detuvo en la esquina, con la guía de Luke Devereaux en la mano.
Entrecerró los ojos para leer las indicaciones hacia el bazar, se secó el sudor de la frente y siguió adelante, bordeando las paredes laterales con arcadas de la estación.
Las ruedas de un tren chirriaron sobre las vías en el interior cuando se detuvo en medio de una gran nube de vapor.
Vio a un joven con un salacot de pie en el andén, al otro lado del arco a través de la niebla.
Maldijo para sus adentros al advertir que se trataba de uno de los secretarios adjuntos de su padre.
El joven abrió mucho los ojos al reconocerla.
Se quitó el sombrero y pareció a punto de llamarla.
Maddy no quería tener que explicar lo que estaba haciendo allí, así que se alejó deprisa y se perdió entre la multitud que se dirigía a los mercados.
Las ruedas chirriaron y el tren retrasado procedente de Poona se detuvo con una sacudida.
Luke, que había estado trabajando en el vagón de primera clase, por lo demás vacío, preparándose para la reunión a la que ya llegaba tarde, guardó sus papeles: los listados de los batallones de la presidencia, rangos y niveles de instrucción, necesidades de adiestramiento pendientes y sus propias directrices para la movilización de las tropas indias en caso de que hubiera que enviarlas a combatir a Europa.
(Esperaba que no fuera necesario, por supuesto, pero después de la última década de rearme, parecía tristemente probable; la mitad de Europa quería ampliar su imperio, la otra mitad quería impedirlo y bastaría con que alguien intentara cualquiera de las dos cosas para que la maraña de tratados existentes arrastraran a todos a la guerra).
Se puso de pie y estiró el cuello y la espalda, más que aliviado de haber regresado, por fin.
Habían sido tres meses implacables. Había sido destinado a la India solo por dos, pero el Estado Mayor en Inglaterra estaba nervioso; lo habían acribillado a telegramas, añadiendo cada vez más regiones sobre las que querían que informara.
“MUY AGRADECIDOS POR SU SERVICIO Y PACIENCIA STOP ”.
Había perdido la cuenta de los ghats en los que se había alojado, las visitas a los acantonamientos, las entrevistas con los oficiales al mando, las horas dedicadas a observar las tropas locales, los cipayos, la mayoría de los cuales nunca había oído hablar de los Balcanes y mucho menos se había planteado qué partes de Europa pertenecían a quién.
Con cuantos más hombres había hablado, puliendo su hindustaní oxidado, menos cómodo se había sentido con la idea de arrastrar a cualquiera de ellos lejos de sus familias y sus aldeas para enviarlos a miles de kilómetros al otro lado del mar.
No tenía ni idea de cómo funcionarían siquiera las cuestiones prácticas.
Muchos de los oficiales al mando con los que se había reunido compartían sus preocupaciones: cómo se las arreglarían los hombres si acababan bajo el mando de oficiales que carecían de formación en su idioma, su religión, sus costumbres y su sistema de castas; y cómo soportarían, después de toda una vida en el clima indio, una guerra en el norte de Europa.
Luke se había sentido tentado, en varias ocasiones, de enviar un telegrama al Estado Mayor para pedirles que dejaran a los cipayos tranquilos.
“MUY AGRADECIDO POR SU COMPRENSIÓN STOP ”.
Lo habría hecho si hubiera creído que serviría de algo.
Pero ahora cerró el maletín, se inclinó para mirar a través de la ventana sucia del vagón y escudriñó la estación cubierta de sombras y vapor en busca del hombre que Peter le había avisado que enviaría a recogerlo.
“Se ha incorporado hace poco, pero es un entusiasta increíble y bastante útil”.
El andén estaba atestado; los pasajeros bajaban en masa de los demás vagones, con sus pertenencias en maletas maltrechas y sacos bajo los brazos.
Luke paseó sus ojos por todos ellos hasta posarse en un hombre bronceado y con un salacot, cerca de los arcos, que daba saltitos torpes en el lugar.
Convencido de que era el indicado se estiró, retiró su maleta de la rejilla superior, abrió la puerta de un tirón y se unió a la multitud.
Se detuvo para pagar a un maletero para que se ocupara de sus cosas y se dirigió hacia su escolta impaciente.
—Fraser Keaton, supongo —llamó, alzando la voz por encima del bullicio.
Keaton se giró y exhaló de manera tan obvia y con un nerviosismo tan genuino que fue difícil no sonreír.
—Señor Devereaux —respondió—, menos mal.
—Siento haberte hecho esperar —se disculpó Luke.
—No, no, no es eso. No me importa esperar, por supuesto. Espero no haberlo ofendido...
—En absoluto.
—Es solo que... —Keaton echó un vistazo hacia el exterior y luego volvió a mirar a Luke—. Lo siento muchísimo —añadió—, pero ¿le molestaría ir solo a la oficina?
—¿Solo?
—Odio tener que pedírselo.
Luke podía ver que era verdad.
—Es solo que... —continuó Keaton—. Bueno, he visto a alguien... Creo que debería ir a chequear. Lo que quiero decir... —Se interrumpió, como si todo fuera demasiado.
Luke le aconsejó que respirara.
Keaton lo hizo.