Encuéntrame en Bombay Capítulo cinco
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Capítulo cinco

La postal de Luke Devereaux llegó un sábado, por lo que faltaban tres días para que se encontrara con Maddy en aquella cafetería.

Tres días. Parecía una eternidad y, a la vez, se sentía muy cercano, emocionante, pero también aterrador.

Maddy no podía creer que fuera a suceder de verdad.

Incluso mientras planeaba cómo salir de la casa sin que su madre le hiciera preguntas (decidió decir que se encontraría con Guy para almorzar en el Club Gymkhana; Alice descubriría la mentira, por supuesto, pero esa era una preocupación para más adelante), le parecía casi irreal que realmente lo fuera a hacer.

Trató de imaginar cómo sería: ella entraría en la cafetería desconocida y se encontraría con Luke Devereaux; compartirían una mesa, respirarían el mismo aire, se mirarían a los ojos y hablarían de…

¿qué? No lo sabía. Sentía un escalofrío cada vez que lo pensaba.

No pudo concentrarse en nada durante todo el interminable y sofocante fin de semana.

Con excepción de la misa en la catedral de St. Thomas el domingo por la mañana, ella y Alice se quedaron todo el tiempo en la casa.

No hubo ningún partido de polo ni de críquet que las distrajera, ni copas por la noche ni invitaciones a cenar.

El calor se abatía implacable desde el cielo sin nubes, abrasando el césped, las palmeras y la selva más allá, convirtiendo las habitaciones con postigos cerrados en auténticos hornos: todo bañado en una luz dorada y espesa con el polvo que flotaba suspendido en el aire.

Maddy buscó distraerse. Se dio varios baños, disfrutó del breve respiro del agua fresca, de liberarse del corsé y de las medias.

Intentó leer pero se descubrió releyendo todo el tiempo el mismo párrafo sin asimilar ninguna frase.

Empezó una carta a la tía Edie: “¿Cómo están las cosas en Escocia? ¿Algún indicio de que la primavera esté llegando? No me gusta pensar que estás tan sola. Ojalá pudieras venir a quedarte, que me dejaras al menos preguntar a mamá…”, pero se le acabaron las fuerzas antes de terminar la primera página manchada de sudor.

Empezó otra dirigida a Della: “¿Cuándo demonios vas a volver?”, pero también la abandonó.

Sus ojos se posaron en la postal de Luke Devereaux sobre su escritorio y en la letra inclinada.

Estaré allí el martes al mediodía.

¿La espero?

¿Se daría cuenta de lo poco que necesitaba pedírselo?

Se alejó del escritorio y fue hasta el armario, donde pasó una vergonzosa cantidad de tiempo debatiéndose sobre qué vestido sería el más adecuado para una cafetería.

(¿Qué pensaría Sylvia Pankhurst?). Salió a dar innumerables paseos, abanicándose en la sombra moteada de los árboles del jardín e, incluso, por capricho, fue a la cocina para ver si podía ayudar al cocinero a hornear la torta Victoria del domingo.

— Memsahib —dijo él—, ¿no le está gustando mi comida?

—¿Qué? —respondió ella—. No.

Él la miró.

—¿No, no le está gustando?

—No, me está gustando en serio…

El cocinero bajó la mirada hacia la mesa de trabajo (con las patas dentro de cuencos de agua y sin una sola hormiga roja a la vista), con la mandíbula apretada.

—Dios mío —exclamó Maddy—, de verdad solo quería ayudar. Me encanta tu comida, sobre todo el pavo al curri de Navidad...

Él cerró los ojos. Ella se marchó.

El fin de semana no fue un desastre total. Curiosamente y gracias a Alice hubo un hecho feliz.

Era tarde el domingo, justo cuando el sol abrasador empezaba a hundirse hacia el atardecer, bañando el césped de la mansión con una luz etérea y tiñendo el cielo detrás de las palmeras y la selva densa con pinceladas de rojo, púrpura y dorado.

Los milanos se arremolinaban en bandadas desde la azotea de la casa hacia los árboles, y su aleteo pesado y el canto de las cigarras se mezclaban con las risas de los hijos del jardinero que jugaban a perseguir a los pavos reales por los jardines.

Maddy, que había estado observando a los tres niños desde el porche, decidió que a ellos también les vendría bien una distracción.

Fue a buscar las pinturas al óleo de Alice al salón, envió a los niños a buscar piedras blancas y se sentó con ellos en el césped para cubrir las piedras de color: monos, lunares, dibujos de todo tipo.

(Esperaba que los pavos reales estuvieran agradecidos).

Habían pintado casi la mitad de las piedras cuando Alice bajó para ver qué estaban haciendo. Se acercó con tanto sigilo que Maddy no se dio cuenta de su presencia hasta que habló.

—Solía pintar así contigo Madeline.

Maddy se volvió y la miró a los ojos. Alice ya estaba vestida para la cena con un vestido blanco de cuello alto y tenía los brazos cruzados mientras se inclinaba para mirar por encima del hombro de Maddy.

—Lo hacíamos con frecuencia —continuó, hablando tanto para sí misma, pensó Maddy, como para ella.

—Me acuerdo —contestó Maddy, porque era cierto.

A diferencia de los fuegos artificiales, el recuerdo de las horas acurrucada en su regazo, con la barbilla de Alice sobre su cabeza y sus dedos finos guiando su mano infantil era algo a lo que se había aferrado.

Hasta se había llevado a Inglaterra algunas de las piedras que habían decorado juntas, en un esfuerzo, a medida que crecía, por conciliar el recuerdo de aquel regazo con la madre que nunca la visitaba—.

Pintabas orquídeas —precisó—. Eras bastante buena.

Alice esbozó una de sus sonrisas poco frecuentes.

—¿De verdad?

Maddy le tendió el pincel guiada por un impulso.

—¿Por qué no compruebas si todavía lo eres?

No esperaba que su madre aceptara. Estaba segura de que pondría excusas, levantaría las manos y se negaría de la misma manera en que se había rehusado a bailar con Richard en Año Nuevo.

Pero Alice tomó el pincel. Se recogió la falda de encaje, se arrodilló sobre la hierba áspera y pidió al más pequeño de los niños que le buscara una piedra bonita y plana.

—Gracias, Suya, es perfecta. —Deslizó el pulgar por la superficie para buscar la parte más lisa, mojó el pincel en magenta y procedió a pintar una flor delicada e intrincada.

Todos la observaron en silencio, los niños con la respiración pesada por la concentración.

Se hizo de noche y las ventanas de la casa se fueron iluminando a medida que los sirvientes encendían las lámparas de aceite en el interior.

—Listo —declaró Alice cuando, por fin, añadió el último detalle y giró la piedra para examinarla a la luz del crepúsculo—. No está mal.

—No está nada mal —aseguró Maddy.

—Para ti —agregó Alice y se la ofreció.

Maddy la tomó, tan conmovida como sorprendida.

—Gracias.

—De nada —respondió Alice y, por un segundo, apenas un segundo, miró a Maddy a los ojos y las comisuras de su boca se arrugaron en otra sonrisa.

—Hágame una para mí, memsahib Alice —corearon los niños—. Para mí, para mí.

—No, no —contestó Alice—, es demasiado tarde. —Pero se rio. Se rio de verdad; un sonido suave y ondulante que volvió a sorprender a Maddy, pero que a los niños no pareció extrañarles tanto.

Y aunque Alice insistió en que era hora de que entraran en la casa antes de que los mosquitos los devoraran, y volvió a ser la misma persona callada de siempre durante la cena, Maddy colocó la piedra en la mesita de noche antes de meterse en la cama.

Apagó la vela, cerró los ojos y pensó en la sonrisa de su madre, en su risa.

Por extrañas que ambas le siguieran pareciendo, se alegró de haber llevado las pinturas al jardín.

La piedra fue lo primero que vio cuando despertó al día siguiente.

Alargó la mano y tocó con los dedos la pintura ya seca y, al recordar la risa de Alice, consideró por un instante la posibilidad de ir con ella al té matutino de memsahibs.

Por primera vez se le ocurrió que a su madre quizás no le daba igual que ella la acompañara, como siempre parecía.

Descartó la idea con la misma rapidez con que se le ocurrió.

Después del fin de semana interminable y una noche agitada en la que había batallado por encontrar una postura cómoda entre las sábanas enredadas, ya se sentía peligrosamente al borde de la locura; varias horas de consejos domésticos con Diana Aldyce y las demás mujeres podrían terminar por empujarla al abismo.

Sin embargo, como otro día en la asfixiante mansión parecía un camino igual de seguro hacia la locura, decidió ir a la ciudad cuando Alice se marchara.

Se levantó, sacó un vestido amarillo del armario y lo dejó sobre la cama.

Se movió con rapidez, la piel húmeda en la habitación ya cálida, aliviada de tener un propósito.

No podía creer cuánto tiempo había dejado escapar en los últimos días.

En Oxford siempre había tenido un sitio adonde ir o algo que hacer: la universidad, salidas con amigos, reuniones en la universidad en la que se suponía que iba a trabajar, el viaje en tren a Paddington para ir al teatro, una manifestación...

No estaba segura de qué había pasado con esa persona tan ocupada.

Quizás esa vida tórrida la estaba cambiando.

Acabaría convirtiéndose en una de esas personas que esperaban a que el sol pasara por su punto más alto para que su primer gin del día pareciera respetable si no tenía cuidado.

—Por Dios —exclamó y su voz resonó en la habitación agobiante—, no.

Decidió que pasaría la mañana en un bazar. Había uno al que hacía tiempo que quería ir y no quedaba muy lejos de la terminal. No era precisamente el más elevado de los propósitos, pero con suerte haría que el día pasara más rápido. Pequeñas victorias.