Encuéntrame en Bombay Capítulo cuatro #3
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Capítulo cuatro #3

Arnold sirvió dos tazas de té.

—¿Se ha acordado de cómo lo toma? —preguntó.

Jones esbozó una pequeña sonrisa.

—Solo con leche.

—Igual que yo —coincidió Arnold—, excelente. Ahora déjeme contarle lo que vamos a hacer...

Explicó que la sesión de esa mañana sería breve, ni siquiera duraría una hora. Las siguientes serían más largas pero no quería agotarlo.

—Sé que debe estar muy muy cansado.

Jones lo estaba. No recordaba haberse sentido de otra manera.

—Hoy hablaré yo principalmente —continuó Arnold y cumplió su palabra.

Le explicó que los cincuenta y dos hombres en el Quinto Hospital Militar padecían trastornos neurológicos.

Algunos habían perdido parte de la memoria y otros, como Jones, toda; otros conservaban demasiados recuerdos—.

No sé cuál de los dos males es peor —concluyó el médico.

—Quizá los dos sean igual de malos —aventuró Jones, que había compartido habitación en Londres con un oficial cuya mente había quedado atrapada en las trincheras de Francia. No podía salir de allí y se despertaba gritando todo el tiempo mientras trataba de quitarse ratas invisibles del cuerpo.

—Sí —convino Arnold—. Quizá algún día escriba un libro sobre eso—.

Como sea —prosiguió y se estiró hacia atrás para tomar un diario con tapas de cuero—, esto es para usted.

Como me imagino que sabrá, aquí procedemos con delicadeza.

Nada de terapias de choque ni intervenciones, solo...

cuidados y un trabajo paciente con la mente.

Estas páginas —agregó y levantó el diario— están en blanco esperando sus recuerdos.

—Se lo tendió a Jones para que lo tomara—.

Anote cualquier cosa que le venga a la mente.

Piense en su pasado como en un rompecabezas que tiene que armar. No debe faltar ninguna pieza.

—No tengo ninguna pieza —replicó Jones.

—¿Ninguna?

Jones dudó.

—¿Qué pasa? —Arnold se inclinó hacia adelante con un destello en sus ojos nublados y los resortes de su sillón crujieron.

—Son solo sueños —respondió Jones.

—No hay tal cosa como “solo sueños” —retrucó el médico—. Cuénteme sobre ellos.

—Son difíciles de describir. —Jones clavó la mirada en el fuego mientras revivía la forma en que se despertaba, cubierto de sudor, la mayoría de las veces llorando o agitado por la frustración, con la mente como las imágenes de un caleidoscopio que nunca llegaban a unirse—. No veo nada que tenga sentido.

—¿Qué ve?

—No sabría decirlo con exactitud. —¿Cómo expresar con palabras esas voces anónimas, esos rostros sin rostro?

—¿Entonces, qué siente? —insistió Arnold.

—Calor —contestó Jones—. Creo que estaba en algún lugar caluroso.

El médico asintió con la cabeza, sin apartar la mirada.

—¿Algo más?

Otro instante de vacilación. ¿Debería decirlo? ¿Tenía algún sentido?

—Cuénteme —lo instó Arnold—. ¿Qué puede perder?

Jones suspiró. ¿Qué podía perder? Ya lo había perdido todo.

—Había una mujer —precisó Jones por fin—. Estoy seguro de que había una mujer.

—Sí —dijo Arnold y sonrió con tristeza—. Casi siempre la hay.

Esa noche volvió a soñar con ella.

Tenía su propia habitación. Estaba agradecido por eso, por el silencio.

Era agradable, alfombrada, con un escritorio, una lámpara de lectura y vistas al jardín delantero que ahora estaba nevado.

Le ponían una bolsa de agua caliente en la cama.

Había estado en lugares mucho peores en los últimos meses.

Había soñado con cosas mucho peores.

Se durmió en cuestión de segundos. Siempre lo hacía. No sabía cuánto tiempo tardaba en comenzar el sueño, pero sabía que era pronto. Dejó atrás el hielo y la oscuridad, y sintió el calor que le golpeaba la cara y los hombros.

Se encontraba en una calle estrecha, los edificios lo cercaban por ambos lados y los toldos de colores ocultaban el resplandor del sol. Una multitud lo rodeaba. Había una mujer con un vestido color amarillo, sombrero de paja y melena ondulada.

Era ella.

Estaba seguro de que era ella.

Se abrió paso a empujones hacia ella. Intentaba correr.

Ella siguió caminando, cada vez más rápido, más rápido, hasta desaparecer.

Él se detuvo, subió a un escalón de piedra, jadeante. Entonces la vio de nuevo. Demasiado lejos, un hombre desdentado sonreía frente a ella. Sintió que abría la boca y llenaba los pulmones. Pensó que estaba a punto de gritar un nombre, el de ella…

Abrió los ojos de golpe. Despierto. La oscuridad lo rodeaba; un contraste despiadado con el colorido del lugar que acababa de abandonar.

Parpadeó y trató de recordar dónde estaba ahora.

Sentía la piel sudada bajo las sábanas. Tenía el pulso acelerado.

Rozó la bolsa de agua caliente, ahora fría, con el pie y recordó que estaba en el Quinto Hospital Militar.

El sueño ya se estaba desvaneciendo con la misma rapidez con que había llegado.

Temblando, buscó su diario y anotó lo único que podía recordar.

“Un hombre desdentado”.

“Ruido”.

“¿Un mercado?”.

Dejó caer el lápiz de su mano y hundió la cabeza en la almohada húmeda.

No sabía qué podía significar nada de eso.