Encuéntrame en Bombay Capítulo cuatro #2
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Capítulo cuatro #2

Continuó andando con su falda ondeante por el amplio vestíbulo, pasaron junto a las lámparas de aceite y la chimenea encendidas y llegaron al comedor, con la mesa de caoba con capacidad para veinte comensales.

—Hay tres turnos para cada comida —procedió a explicar— y vamos rotando a los pacientes para que haya trato entre todos.

—No añadió que se hablaba muy poco durante las comidas ni que se habían tenido que prohibir muchos temas de conversación (Francia, Bélgica, Kitchener, los boches...

en realidad cualquier cosa que tuviera que ver con la guerra); el oficial Jones tendría tiempo de sobra para descubrirlo.

A continuación lo llevó a la sala de estar, llena de sillones, cuadros de paisajes, un puñado de pacientes con sus uniformes azules y un gramófono silencioso.

Le hizo hincapié en que tenían que mantenerlo apagado cuando ciertos pacientes estaban en el piso de abajo y se interrumpió, distraída brevemente por el más grave de todos: un capitán marcado por la tragedia que usaba una máscara sobre la mandíbula y el cráneo, lloraba cada vez que su madre lo visitaba porque no quería que se marchara y temblaba sin parar todo el tiempo.

—¿Qué le pasó? —preguntó Jones, siguiendo su mirada.

Emma dudó y luego mintió; respondió que no estaba segura, pues no quería perturbarlo con los detalles macabros. Se apresuró a guiarlo a la biblioteca con un suspiro.

—Mire, tenemos una mesa de billar. ¿Sabe jugar?

—¿Al billar? —repitió él y los músculos de sus mejillas se tensaron como si quisiera esbozar una sonrisa o fruncir el ceño—. No lo sé.

—Por supuesto —afirmó Emma y se maldijo por su insensibilidad. (Había fruncido el ceño, tenía que haber fruncido el ceño)—. Bueno —agregó—, ya encontraremos a alguien que le enseñe.

El oficial observó la mesa y las estanterías como si estuviera dando vueltas a algo.

—¿Le gustaría...? —comenzó ella.

—Me pregunto —la interrumpió antes de que ella ofreciera llevarlo a la sala de manualidades— si puedo ir a mi habitación. Ha sido una mañana muy larga.

—Primero debe ver al doctor Arnold —precisó ella—, pero iba a enseñarle la…

—¿El doctor Arnold? —Por primera vez la miró a los ojos—. ¿Ahora?

—Bueno, sí, está esperando para recibirlo.

—Entonces, por favor, no lo hagamos esperar más.

—Por supuesto —dijo ella—, por supuesto.

Le volvió a ofrecer la mano pero él no se dio cuenta, así que ella la dejó caer y lo condujo a través de la biblioteca, por la puerta lejana de roble y hacia el despacho del médico.

El oficial Jones se mantuvo aún más callado a medida que avanzaban por los pasillos traseros del hospital, con la atención fija en las ventanas emplomadas empañadas y en la nieve que caía fuera.

Temiendo que se pusiera melancólico (¿por qué no habría de hacerlo?

Pobre hombre), Emma intentó distraerlo con un poco de historia y le contó que el edificio había sido una mansión en la época isabelina, pero que había sido convertido en un hospital militar el año anterior, específico para lesiones en la cabeza.

(Omitió mencionar que antes de eso había sido un manicomio para mujeres histéricas; al igual que con la poca conversación durante las comidas, le pareció lo mejor).

Se detuvo frente a la puerta del doctor Arnold.

—Aquí es —anunció, innecesariamente—. El doctor me llamará cuando hayan terminado y vendré a buscarlo para llevarlo arriba.

—Gracias —dijo el oficial Jones—, es usted muy amable.

—No hay de qué —contestó Emma y, a pesar de que él parecía distraído, no pudo evitar otra oleada de ternura—. Es un placer.

Él la observó alejarse de prisa, llevándose consigo su charla, sus sonrisas bienintencionadas y sus relatos sobre mansiones.

(Sabía que el hospital había sido un manicomio; se lo había contado la conductora de la ambulancia.

“Se rumorea que está embrujado”, le había soltado, sin la más mínima consideración por sus nervios destrozados).

Una vez que se aseguró de que la hermana Lytton se había marchado respiró hondo, dejó que el silencio lo tranquilizara y levantó el puño para llamar a la puerta del médico.

Se alegraba de estar haciéndolo a pesar del agotamiento.

Había estado esperando con impaciencia su plaza en el Quinto Hospital Militar desde que su médico del London General le había hablado de la reputación de Arnold como un hacedor de milagros.

Jones (odiaba ese nombre, pero había aprendido a identificarse con él, a aceptar la sensación perturbadora de que no era el adecuado, sin saber cuál era el correcto) necesitaba un milagro.

No estaba seguro de cómo iba a soportar vivir en ese lugar lúgubre y plagado de ecos, junto con aquellos hombres encorvados en las sillas de la sala de estar, con el que temblaba de forma descontrolada, pero tenía que creer que Arnold lo ayudaría a salir de allí, a sanarse.

A recordar.

Necesitaba recordar con desesperación.

La puerta se abrió y se asomó un hombre delgado y anciano; tenía el cabello blanco bien peinado, un bigote aún más blanco y vestía pantalones, pajarita y chaleco con un cárdigan de punto por encima. Sonrió e inclinó la cabeza para poder mirar por encima de las gafas.

—Aquí está —expresó—. He estado mirando el reloj. —Dio un paso atrás y extendió el brazo hacia el despacho repleto de libros—. Adelante.

No lo había llamado oficial Jones ni Tommy ni Tom.

A Jones le gustó al instante.

Arnold señaló el sillón a su izquierda, junto a la chimenea.

Jones se acercó a él. La habitación tenía una temperatura agradable en marcado contraste con el pasillo con las corrientes de aire y la nieve fuera.

Su piel no había terminado de aclimatarse y le hormigueaba debajo del uniforme azul de convaleciente.