Capítulo cuatro
Llegó una gélida mañana de noviembre, justo antes de almorzar.
La ambulancia que lo traía avanzaba con precaución por el camino de entrada, serpenteante y helado, mientras los limpiaparabrisas despejaban semicírculos de nieve.
La hermana enfermera Emma Lytton, que había salido a la escalera del hospital para esperarlo, daba pequeños saltos en su sitio y se frotaba las mangas de su uniforme del Servicio de Enfermería de la Reina Alexandra en un esfuerzo inútil por mantenerse caliente.
Era una enfermera experimentada, con quince años de servicio y muchos meses ya en esa guerra horrible y, en los últimos minutos antes de la admisión de un paciente, solía concentrarse solo en él y repasaba mentalmente su historia clínica.
Hoy, en lo único que podía pensar era en las chimeneas de carbón que ardían dentro y en que había salido a recibirlo un poco temprano.
—Vamos —urgió al vehículo pesado y su voz soltó una nube de vapor—. Por favor, vamos.
La ambulancia mantuvo la misma velocidad perezosa.
Se consoló pensando que la habitación del paciente estaría acogedora.
Había pedido a una de las asistentes voluntarias que avivara el fuego y pusiera una bolsa de agua caliente de cerámica entre las sábanas.
La voluntaria, que era nueva, había querido saber cómo podían estar seguros de que el paciente —el oficial Jones, así debían llamarlo, el oficial Tommy Jones (no era su nombre; nadie sabía su nombre)— no era un espía.
—¿Y si está mintiendo sobre su memoria? —había preguntado—. ¿Y si lo han enviado los boches para averiguar nuestros secretos?
—¿Nuestros secretos en Surrey? —había replicado Emma—. Qué estupidez. El pobre hombre solo está perdido.
La voluntaria se había puesto roja como un tomate y no había vuelto a decir ni una palabra mientras doblaba las esquinas de las sábanas del oficial Jones.
Emma deseó no haber sido tan brusca. Pero las noches eran largas y los hombres se despertaban con frecuencia gritando a sus fantasmas, y durante los días cortos de invierno había que convencerlos de que salieran a pasear, de que conversaran.
Y ahora esta ola de frío que había congelado las tuberías del viejo hospital...
Emma sabía que había muchos que tenían que soportar cosas mucho peores (los recordaba todas las noches en sus oraciones), pero eso no aliviaba el peso de la situación.
Decidió buscar a la asistente voluntaria más tarde, llevarle pastel de frutas de la despensa de las hermanas y disculparse; no era culpa de la joven ser tan ingenua.
De hecho, si lo pensaba bien, era reconfortante que la chica hubiera logrado conservar algo de inocencia en ese mundo enloquecido; que todavía fuera lo bastante ingenua como para que le resultara más fácil creer en el espionaje que en una lesión grave en la cabeza.
La ambulancia se detuvo con un chirrido, interrumpiendo los pensamientos tristes de Emma.
Se frotó los brazos con más fuerza y observó cómo la conductora, otra joven mujer, con chaqueta caqui con cinturón, falda hasta la pantorrilla y gorra de tela del FANY, el cuerpo de enfermeras voluntarias de primeros auxilios, bajaba del vehículo.
—Buenos días —saludó Emma.
—¿Ah, sí? —respondió la mujer del FANY con bastante sequedad, lo que respaldaba las teorías que la Matrona solía expresar sobre el tipo de chica que cabría esperar al volante de un vehículo motorizado—. Hace un frío que pela.
—Nada que un buen chocolate caliente no pueda arreglar —afirmó Emma y se estremeció por dentro al escuchar su propio tono alegre, el mismo que utilizaba con sus pacientes más taciturnos.
La joven del FANY no pareció convencida. (Con los pacientes le pasaba lo mismo).
—Siento como si se me hubieran caído los dedos de los pies —explicó y pisó el suelo con fuerza, como para recuperar la sensibilidad, y luego se dirigió a la parte trasera de la ambulancia para abrir las puertas marcadas con una cruz roja.
Las abrió de par en par y dijo algo ininteligible al paciente que estaba adentro.
Emma juntó las manos delante de ella y esperó a que él apareciera, pero hubo una demora.
Emma sintió una breve punzada de pánico.
¿Y si el oficial Jones tenía menos movilidad de la que le habían hecho creer?
No había llevado una silla de ruedas. La Matrona le había asegurado que no sería necesaria, pero ¿y si se había equivocado?
Los errores ocurrían. ¿Y si la herida en la cabeza de ese hombre había afectado sus movimientos?
Tendría que dejarlo en la cabina gélida con la conductora malhumorada mientras iba a buscar un camillero.
Vaya comienzo. ¿Por qué demonios no había sido más previsora?
“Hay que estar preparada para cualquier eventualidad”.
Era su lema, el que inculcaba a todas sus aprendices y ahí estaba ahora sin haber sido previsora.
Todavía se estaba reprendiendo cuando el oficial Jones apareció en las puertas con un capote militar, de espaldas a ella, perfectamente ágil.
Emma se permitió una exhalación breve y helada, pero antes de que el alivio abandonara su boca él se giró, levantó la vista hacia la fachada de piedra arenisca del hospital y ella se detuvo y lo miró fijamente, aunque sabía que una nunca, nunca debía quedarse mirando así.
Tardó unos segundos en darse cuenta de que lo estaba haciendo. Y unos cuantos más para comprender por qué.
No se trataba de su rostro, por cierto. A pesar de los rasgos definidos y atractivos, Emma no era de las que morían por esas cosas. (Ya no). No, no. Lo que la había desconcertado de ese oficial era algo muy diferente.
Lo entendió poco a poco. Aunque era evidente que estaba agotado (las ojeras delatoras que ensombrecían su rostro fuerte eran bien visibles), no parecía enfermo para nada.
No como sus otros pacientes, con esos ojos que habían visto demasiado, los hombros caídos y encorvados, la palidez cerosa de la piel.
El oficial Jones parecía tan... tan... vivo.
La espalda recta, los hombros cuadrados y los puños apretados denotaban tanto vigor que ella, que después de casi quince años de servicio (¡quince años!) se enorgullecía de ser difícil de impresionar, estuvo a punto de exclamar que debía haberse equivocado de lugar.
La mujer del FANY carraspeó adrede y Emma se dio cuenta de cuánto tiempo llevaba sin apartar la mirada del hombre.
Sintió que le subía el calor debajo de su piel helada, avergonzada por su falta de profesionalidad y más aún cuando advirtió la sonrisita burlona de la joven del FANY y comprendió la conclusión precipitada a la que había llegado.
“Juro que no es por eso”, quiso corregir a la joven, “ya no estoy para esas cosas”.
Por supuesto no dijo nada. Ya había dado suficiente espectáculo.
(¿Qué pensaría la Matrona?). Se recordó a sí misma con severidad que era una hermana enfermera, que el oficial Jones era su paciente y que, fuera cual fuera su aspecto, no gozaba precisamente de una salud de hierro y volvió a centrar su atención en él.
“Una hemorragia cerebral”, solía decir el doctor Arnold, “puede ser tan grave como cualquier otra hemorragia”.
Repitió las palabras en silencio, y luego otra vez, por si acaso, mientras esperaba que su vergüenza se disipara.
“Contrólate”. Dio un paso hacia el oficial Jones, quien, después de todo, había servido, había dado tanto y merecía el mismo cuidado y la misma compasión que todos sus otros chicos.
El tipo de atención que esperaba que su querido prometido, Freddie, hubiera recibido antes de caer en el Marne.
El tipo de cuidado que necesitaba creer que su hermano menor, Billy, había recibido en el puesto de evacuación de heridos en Loos. (Que no hubiera quedado allí tirado, sin atender, sediento y agonizando en una camilla; por favor, eso no).
Respiró hondo para ahuyentar las imágenes terribles que siempre la acechaban y enfocó su atención en el oficial Jones: observó cómo se tomaba del marco de la puerta de la ambulancia y saltaba sobre la grava helada con postura orgullosa.
Con Freddie y Billy todavía en la mente, sintió que se le encogía el corazón por el soldado solitario y dolorido que tenía delante.
—Oficial Jones —pronunció.
Él hizo una mueca de dolor. Ella no estaba segura de por qué.
Quizás el largo viaje lo había afectado.
“Nada que un buen chocolate caliente no pueda arreglar”.
Dio un paso adelante ignorando la nieve que se colaba por su cofia de enfermera y los hombros de su capa y estiró una mano con la intención de tomar al oficial Jones del brazo y llevarlo adentro.
“El pobre hombre solo está perdido”, le había dicho a la asistente voluntaria.
“Ya no”, se aseguró a sí misma ahora.
Él la había encontrado.
Ella cuidaría de él.
El oficial permaneció callado mientras abandonaban el camino de entrada y solo habló para agradecer a la conductora de la ambulancia en voz baja y bien articulada, y luego para asegurar a Emma que no necesitaba su ayuda, de verdad, y que podía llevar él mismo su bolso pequeño.
—Insisto.
Emma, acostumbrada al laconismo de sus pacientes, también era experta en llenar los silencios.
Mientras conducía al oficial al interior del vestíbulo cálido y revestido de madera que olía a humo, al tocino de las cocinas del sótano y a desinfectante Jeyes, le comentó que sin duda debía ser reconfortante haber salido de aquella ambulancia helada.
Él no respondió. Emma sospechaba que la conductora no debía haber sido muy buena compañía y decidió que un poco de distracción antes de la primera sesión con el doctor Arnold podría ser conveniente.
Se suponía que debía llevarlo directamente allí, pero...
—¿Por qué no hacemos un pequeño recorrido? —sugirió.
—¿Un recorrido?
—Sí, ¿por qué no? Deje sus cosas aquí, sí, junto a las escaleras. Me encargaré de que se las lleven a su habitación.
—Puedo llevarlas yo...
—No, no hace falta. Sígame, por favor.