Capítulo tres #3
En su siguiente salida logró llegar a los mercados de especias.
Tuvo que armarse de valor y respirar hondo antes de encorvarse para atravesar la puerta de vigas bajas e ingresar en el almacén oscuro y enorme.
Levantó la vista desde debajo del ala de su sombrero de paja y trató de adaptar sus ojos a la luz tenue y los oídos al bullicio constante: vendedores que gritaban precios, cientos de lugareños que regateaban.
El sol atrapado tornaba el aire denso, que se combinaba con una mezcla embriagadora de pimentón, azafrán, cúrcuma y cardamomo.
Un chico sin camisa pasó corriendo a su lado con una carretilla llena de sacos y tuvo que retroceder con torpeza para evitar ser atropellada (“no es muy seguro”, quiso decirle a Luke Devereaux).
Al instante siguiente, ya recuperada, continuó andando por el primer pasillo de puestos llenos de bolsas rebosantes de chiles, con el calor atascado en la garganta y los pulmones.
Los ojos le lagrimeaban y empezó a toser, le costaba respirar.
Los vendedores se rieron y, al darse cuenta del espectáculo que debía estar dando, intentó reírse también, pero lo único que consiguió fue toser más.
Un hombre mayor le sonrió mientras le tendía un chile y le hizo un gesto para que se acercara.
“Este es suave”, le aseguró, “no pica”. Maddy se aproximó con recelo y le dio un pequeño mordisco, esperando que se le prendiera fuego la boca.
Pero: “Es cierto, es suave”, respondió con alivio.
“Sí”, sonrió, “suave”. Otros la llamaron y le ofrecieron canela, anís, pimienta de Jamaica.
Maddy probó todo, les dio las gracias, dhanyavaad , y se adentró más y más en medio del ajetreo, deteniéndose para comprar un chittack de azafrán para Edie y jengibre para el cocinero.
Se quedó más de media hora.
Y esta vez contó los días que faltaban para su próxima aventura, la isla de Elefanta, en el puerto de Bombay: “Gharapuri”, según la guía de Luke Devereaux, “la ciudad de las cuevas. Tome un barco en el muelle y deje atrás el calor de la ciudad para ingresar en estas cavernas oscuras y resonantes con sus esculturas de piedra de deidades”.
Esta vez no era la única europea; varios más recorrían las cavernas frescas y hacían comentarios con su marcado acento inglés sobre las múltiples caras esculpidas de Shiva y lo diferente que era todo eso de cualquier cosa que uno hubiera visto antes.
Maddy, absorta en la belleza de las estatuas y en el pensamiento de los escultores que habían estado en ese mismo lugar cientos de años atrás, olvidó que estaban allí.
Visitó el santuario Haji Ali Dargah la semana siguiente.
“Asegúrese de llegar con la marea baja, ya que la estrecha calzada que conduce al dargah es accesible solo durante la marea baja”.
Caminó por la franja de tierra rocosa, apretujada entre las hordas sudorosas de peregrinos que se empujaban y con el mar que le rozaba el dobladillo de la falda.
Las cúpulas blancas de la mezquita resplandecían, recortadas contra el cielo azul y rodeadas de palmeras verdes.
Unos niños corrieron hacia ella; algunos la miraron con timidez y luego escaparon a la carrera; otros le pidieron tocar su vestido, su cabello.
Maddy se inclinó para dejarlos y rio ante su asombro y entusiasmo.
La semana siguiente visitó las enormes lavanderías al aire libre de Dhobi Ghat y ahora fue ella quien miraba fijamente a los hombres, los dhobis, que trabajaban sin descanso bajo el sol, doblados sobre las piletas de piedra, frotando y golpeando las montañas de ropa: las prendas de colores vivos de los indios adinerados, uniformes militares, ropa de cama de los hoteles y hospitales de Bombay.
Se moría de ganas de escribir a Luke Devereaux y contarle todo lo que estaba viendo. “Me ha ayudado tanto. Gracias”.
Pero no tenía su dirección. Sus cartas, sus agradecimientos, permanecían en su cabeza.
Él, sin embargo, seguía escribiéndole. Recibía una postal nueva cada semana que le cortaba la respiración de alegría.
Una larga playa de arena en Pondicherry (“Creo que es una de mis favoritas en la India. No habrá vivido de verdad, señorita Bright, hasta no haber comido un pastel recién horneado viendo el amanecer aquí”); luego, a principio de febrero, los lugareños haciendo guirnaldas de flores en un puesto en Madrás (“Si estuviera aquí, tal vez le habría comprado una. Me pregunto si le habría gustado. ¿Por qué sigo preguntándome estas cosas?”); más adelante le tocó el turno a una majestuosa sede del gobierno en Calcuta (“Fíjese en la presencia constante de las vacas afuera, como recordándole a todo el mundo a quién pertenece en realidad este país”); después vinieron los tigres de Bengala (“¿Cómo van sus paseos?”).
Della también escribía, con todo detalle, relatos sobre travesías a lomo de elefante, banquetes en palacios de reyes y sus esposas (“en plural”) ocultas detrás de biombos.
Richard también lo hacía (aunque con menos efusividad, siempre pendiente de que Maddy estuviera bien y de que la relación con Alice estuviera fluyendo sin problemas, y sin parar de disculparse por el hecho de que el viaje se hubiera prolongado, “no llegaremos a casa hasta fin de marzo como mínimo”), pero era la posibilidad de encontrar otra postal de Luke Devereaux en la bandeja del correo lo que hacía que Maddy se despertara más temprano cada mañana, se vistiera a toda prisa y se recogiera la falda para bajar casi corriendo las escaleras, ansiosa por que llegara por fin el día en que recibiera una que le revelara algo sobre él: por qué estaba recorriendo el país y cuándo, oh, cuándo, Bombay sería su próximo puerto de escala.
Febrero dio paso a marzo y el calor aumentaba día tras día, a las puertas del monzón de verano. Guy la llevó a dar otro paseo por los jardines, le advirtió que no comiera kulfi de un puesto de la calle y también la llevó a ver unos animales de aspecto muy triste en el zoológico.
—No —admitió—, no parece que lo estén pasando muy bien. Tampoco estoy seguro de que nosotros lo estemos haciendo. ¿Qué tal una copa de algo frío en el Club Gymkhana?
Marzo se deslizó con lentitud y faltaba poco para abril.
Maddy fue al puerto para ver cómo preparaban el terreno para la nueva Puerta de la India: cientos de trabajadores sudorosos que arrastraban rocas, con la piel oscura reluciente bajo el sol polvoriento.
Evitó el Sea Lounge del Taj y prefirió tomar chai en una tienda de la esquina (“El mejor que encontrarás en Bombay”), luego visitó más mezquitas de barrio y los pasillos con olor a cilantro del mercado Crawford.
Seguía revisando el correo, siempre ilusionada, sintiéndose un poco más desanimada cada vez que las palabras que esperaba no llegaban.
Hasta que, por fin, llegaron.
En el reverso de una postal enviada desde Poona: camellos junto a un lago bordeado de palmeras.
Como verá, estoy mucho más cerca de Bombay. Me gustaría mucho verla, señorita Bright. ¿Se encontraría conmigo? Hay una pequeña cafetería no muy lejos de la terminal (el comienzo del capítulo cinco, si no me falla la memoria). Estaré allí el martes al mediodía.
¿La espero?