Capítulo tres #2
Hola desde Secunderabad: Me pregunto si estará sacando buen provecho de mi libro, señorita Bright.
Eso espero. Estoy ansiando recibir un informe completo.
Baje al tanque al pie de su colina si aún no lo ha descubierto.
Tiene agua del Ganges y los hindúes se reúnen allí para esparcir las cenizas de sus seres queridos.
O, si prefiere algo más seguro, pruebe los mercados de especias.
Mientras tanto, aquí tiene una muestra de otro lugar que algún día podrá descubrir.
Luke Devereaux
Se llevó la tarjeta al pecho y luego la apartó de nuevo para mirarla y asegurarse de que era real.
Lo era.
Realmente lo era.
—Se te ve feliz —comentó Alice al salir del salón.
—Lo estoy —confesó Maddy, olvidando por un momento con quién estaba hablando, demasiado eufórica para sentirse inhibida—. Estoy en las nubes. —Leyó la postal una vez más, “Estoy ansiando recibir un informe completo”, y sin pensarlo, preguntó—: ¿Me prestas el coche?
Alice se estiró para tomar la cafetera.
—¿Para qué?
—Para explorar.
Alice llenó su taza y luego añadió leche recién ordeñada de la vaca de la cocina.
—¿Explorar qué?
—Bombay —respondió Maddy.
—Eso ya lo sé, Madeline, pero ¿qué en Bombay?
—No lo sé. —De pronto recordó con quién estaba hablando y que no era alguien que invitara a confidencias, mucho menos sobre la guía de Luke Devereaux—. Hay tantos lugares que no conozco.
—No puedes salir sola —le advirtió su madre—. Podría acompañarte…
—Puedo ir con Ahmed —interpuso Maddy, demasiado rápido.
Alice no pareció notar su precipitación. De hecho, sonrió. Era una de las sonrisas más sinceras que Maddy le había visto. Le sentaba bien, suavizaba su rostro delicado.
Maddy casi sonrió también.
Pero entonces Alice soltó:
—¿Y si vas con Guy?
Explorar con Guy no era precisamente lo que Maddy había tenido en mente. Sospechaba que tampoco era lo que Luke Devereaux había tenido pensado. Sin embargo, Alice se mantuvo inflexible. Incluso sugirió que invitaran a Guy a cenar esa noche.
—Le podemos preguntar entonces.
—No es necesario —afirmó Maddy—. No hace falta que venga a cenar.
Cenaron en el comedor a la luz de las velas y con las ventanas entreabiertas que dejaban entrar el aire pesado.
Guy había venido directo del hospital, pero aun así se había cambiado y se había puesto un frac.
Asintió con la cabeza y escuchó con su habitual amabilidad mientras Alice le contaba que Maddy necesitaba un guía.
Maddy lo examinó a la luz de las velas titilantes; no podía negar que se veía apuesto, con el cabello oscuro peinado con pomada, el rostro de facciones finas y la mandíbula bien afeitada.
Muchas otras jóvenes, además de Della, lo considerarían de otro planeta.
Por supuesto, no pensaba reconocérselo jamás a Della, que se haría un festín con su confesión (si es que alguna vez regresaba de su divertidísima cacería de tigres).
A Maddy no le gustaba pensar en eso. No estaba segura de por qué lo hacía.
Sacudió los hombros para alejar el pensamiento incómodo.
Guy le sonrió.
—Ojalá me lo hubieras dicho antes, Maddy. Me encantaría enseñarte los alrededores. Podemos ir de mañana, antes de que haga demasiado calor.
—Estás muy ocupado —respondió Maddy.
—Será un placer —aseguró él—. Ser tu propio jefe tiene sus ventajas, organizaré mis cosas.
—De verdad —insistió Maddy—, es pedir demasiado.
A partir de entonces la pasaba a buscar dos veces por semana en su coche descapotable, con botellas de agua hervida en el maletero y el itinerario de la mañana ya planificado.
Le explicó que, en realidad, no le convenía visitar el tanque de agua cercano —“Me temo que no se puede confiar en que los hombres no se desnuden antes de meterse en el agua con las cenizas”— y, en su lugar, la llevó a los lugares británicos más emblemáticos de la ciudad: los Jardines Victoria, la Fuente Flora, la explanada...
sitios que ella ya había visitado con su padre y ninguno de los cuales figuraba en el libro de Luke Devereaux.
Nunca le preguntó si había algún otro lugar que ella quisiera visitar.
En honor a la verdad, era probable que supusiera que, habiendo llegado ella de Inglaterra hacía tan poco tiempo, no tuviera mucha idea.
Y se esforzaba tanto por complacerla que Maddy no se atrevía a herir sus sentimientos diciéndole que se equivocaba con las excursiones.
Así que le siguió el juego, le aseguró que era maravilloso salir y pasear, escuchó sus historias sobre el hospital y se rio con ganas cuando él le contó que una serpiente se había metido en el quirófano y que había tenido que terminar una operación de apéndice con un ojo pendiente de la víbora enroscada en un rincón.
A su vez, Maddy se explayó cuando él le preguntó por sus amigas de Oxford, si había comido en el Lyons Corner House en St. Giles (por supuesto), o si había ido al cine (una o dos veces; su tía Edie era una fanática de Calamity Jane).
No era que no disfrutara de las mañanas fuera de su casa.
Simplemente no tenían nada que ver con lo que había esperado hacer.
De modo que decidió tomar cartas en el asunto (eso de que si quieres que algo se haga…).
El chófer llevaba a su madre a tomar el té con las memsahibs todos los lunes, un evento que duraba unas cuantas horas.
Era tiempo suficiente para hacer algo. Maddy había acompañado a Alice en muy contadas ocasiones, por lo que no era nada extraño que decidiera no hacerlo ahora.
Esperó a que su madre se marchara, se colocó el sombrero, pidió a Ahmed que le llamara un ric kshaw (a cambio de una pequeña propina) y dejó la casa.
No fue muy lejos en su primera salida, apenas unos minutos por la carretera hasta el tanque de agua, que se había imaginado como una estructura pequeña escondida entre los árboles pero era tan ancho como un río, enmarcado por largos escalones en pendiente, con el mar justo detrás y santuarios por todas partes.
Los hombres (que, en efecto, tenían cierta tendencia a desnudarse) se afeitaban la cabeza junto a él, Maddy supuso que como parte del ritual de duelo.
(“Sí, memsahib ”, le explicó Ahmed más tarde, “es una forma de sacrificio”).
Otros estaban en el agua, esparciendo sus urnas mientras cientos de mujeres y niños observaban desde los escalones.
Ella, por su parte, se mantuvo a cierta distancia, muy consciente de que no pertenecía a ese lugar, sin querer entrometerse, conteniendo el aliento ante la sensación de estar frente a algo de otro mundo, sintiendo, por primera vez desde que había llegado en octubre, la emoción de estar en la India .
Animada por la experiencia, el lunes siguiente planeó ir más lejos todavía: tomar un rickshaw hasta el tranvía y, desde allí, ir a la ciudad y al mercado de especias.
No fue un éxito.
En Inglaterra solía salir sola todo el tiempo.
La tía Edie nunca había sido de las que insistían en que debía tener una acompañante y, en la universidad, los tutores (mucho más preocupados por quién asistiría a la próxima manifestación a favor del sufragio femenino que por si se respetaban las conveniencias sociales) solían mirar para otro lado.
Pero las calles calurosas y desconocidas de Bombay no se parecían en nada a las callejuelas empedradas de Oxford; para su mortificación, no llegó mucho más lejos que la parada central del tranvía.
Allí tomó otro rickshaw, pero después de un minuto en que el conductor se abrió paso como un enloquecido entre camellos, carros y bocinas de coches, se dejó vencer por los nervios y le indicó que no iría hasta los mercados sino que visitaría una mezquita cercana.
Además de los nervios, se sintió horriblemente fuera de lugar cuando pisó la acera abarrotada frente al edificio ornamentado con cúpula, demasiado consciente de su piel pálida, el cabello rubio y el vestido color crema.
La sensación empeoró mientras recorría las paredes pintadas en oro de la mezquita.
Se asomó por los arcos para observar a los monjes jainistas de cabeza rapada que rezaban en el interior (“muy bien”, pensó, “ya has visto otra cosa nueva”), continuó su camino bordeando los jardines amurallados —con incontables ojos puestos en ella mientras las mujeres, sentadas a la sombra y comiendo arroz en hojas de betel, la escrutaban como la intrusa que era— y aguantó media hora.
Tenía el corsé empapado de sudor nervioso cuando regresó a casa.
“Qué ridiculez”, pensó.