Encuéntrame en Bombay Capítulo tres
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Capítulo tres

Por supuesto, su urgencia por hablar con Peter no hizo más que crecer.

Había tantas cosas que quería saber: cómo había conocido a Devereaux, de dónde era Luke Devereaux, qué tren había tomado...

y la lista seguía y seguía, multiplicándose.

Estaba segura de que vería a Peter esa tarde.

Había un partido de críquet de oficiales entre los Húsares y los Gurkhas en el óvalo: una amplia extensión de césped muy británica rodeada de árboles de fuego, palmeras y bananos junto a la universidad.

No le entusiasmaba el partido ni pasar una larga tarde en el centro de la ciudad, fuera del alcance de la brisa fresca del mar, pero ahora no veía la hora de llegar para hablar con Peter.

Peter no estaba allí.

El resto del grupo descansaba perezosamente en los sillones de ratán alrededor del campo, con sombrillas sobre los hombros y las piernas cruzadas con sus pantalones de franela, aplaudiendo con desgana cada cuatro y seis, pero no estaba Peter.

—Se siente fatal —explicó Della.

—¿Las empanadas de curri? —aventuró Maddy.

—El champán sospecho. —Della, por su parte, lucía bastante pálida—. ¿Para qué lo necesitas?

—Nada importante —contestó Maddy. Era mentira, pero aunque una parte de ella deseaba confiar y abrirse por completo, otra parte más grande la contenía, incluso con Della, por miedo a que si empezaba a hurgar demasiado en el asunto, lo echaría a perder.

Además, ¿qué tenía realmente que contar? Solo un saludo, un paquete...

Pensó en ese paquete durante toda la tarde sofocante.

Se sentó al lado de Della en una tumbona, asándose al sol en su vestido de tarde, y lo imaginó sobre su mesita de noche mientras releía la nota de Luke Devereaux en su mente una y otra vez; ya se la sabía de memoria.

Los jugadores de críquet seguían en el campo, golpeando la pelota a través del césped amarillento, pero ella habría sido incapaz de precisar a qué equipo le correspondía batear en un momento dado, si a los Gurkhas o los Húsares.

De hecho casi no habló hasta que Guy Bowen, impecable con un traje color crema y un sombrero de paja, se acercó a saludar con limonadas refrescantes para ella y Della en la mano, y les preguntó si se habían divertido la noche anterior.

—Demasiado —contestó Della.

—Siento no haber bailado contigo —dijo a Maddy con sus ojos grises entrecerrados.

—La próxima vez —aseguró ella.

—Te tomaré la palabra —respondió Guy por encima del hombro mientras regresaba al lugar donde había estado sentado, debajo de los grandes abanicos de tela que oscilaban en el techo del pabellón—. Ya estoy ansioso.

—Como un tío cualquiera —señaló Della reprimiendo un bostezo.

—Bebe tu limonada —replicó Maddy.

Della hizo caso por una vez y por suerte estaba demasiado ocupada con su propio cansancio como para insistir o esperar mucha conversación durante lo que quedaba del partido.

—Creo que hoy todos nos acostaremos temprano —declaró Richard cuando por fin terminó (¿quién había ganado? Maddy no tenía ni idea; lo único que podía pensar era que faltaba poco para regresar a su habitación).

Se dejó caer sobre la cama cuando llegó, sin detenerse a quitarse el sombrero ni las botas antes de empezar a leer la guía de Luke Devereaux.

Tuvo que dejarla para darse un baño y vestirse para cenar temprano, pero esa noche la leyó de principio a fin, con la cabeza sobre la almohada suave, los postigos abiertos y las libélulas revoloteando en la oscuridad.

Pasó las páginas despacio y se demoró en las descripciones de templos y mercados, viéndolos con los ojos de su mente.

Pensó en lo extraño que era que él hubiera hecho lo mismo alguna vez.

Que ella tuviera ahora su libro y no supiera nada de él, que ni siquiera lo hubiera conocido.

Todavía no.

Terminó la última página y dejó caer la guía sobre su pecho. Con los párpados pesados se dijo a sí misma que no importaba que no hubiera podido hablar con Peter. Se veían todo el tiempo, así que no tendría que esperar mucho. Sus ojos se cerraron. Pronto hablaría con Peter.

Sin embargo, a la mañana siguiente, antes de que hubiera terminado de vestirse, su padre pasó por su habitación para contarle que había recibido un mensaje del virrey: lo necesitaban por asuntos de negocios en Delhi y, desde allí, debía emprender una gira de buena voluntad por los estados principescos independientes.

—Ha habido muchos cambios entre nuestros residentes últimamente —explicó—. Necesitamos apaciguar las cosas y mantener a los “influyentes” de nuestro lado. Peter vendrá conmigo, acabo de ir a verlo. Se encontrará conmigo en la terminal y estaremos fuera un par de meses.

Maddy lo miró con la horquilla a medio camino de su cabeza. ¿Estaba bromeando?

No parecía que estuviera bromeando. De hecho la miraba como si todavía faltara lo peor.

—Della vendrá con nosotros —añadió Richard.

—¿Qué? —exclamó Maddy.

—Lo siento.

—¿Os vais todos?

—Volveremos antes de que te des cuenta.

—No, no lo haréis. —Dejó caer la horquilla sobre el tocador y trató de asimilar el despropósito de los dos meses que tendría por delante, a solas con su madre.

Ya no quedaría la expectativa de que su padre regresara a casa por las noches, ni tampoco estaría Della…

—. ¿No puedo ir yo también? —aventuró con un poco de desesperación.

—Tu madre prefiere que te quedes aquí.

—¿Por qué? —preguntó Maddy, desconcertada.

—Te extrañó mucho todo el tiempo que estuviste fuera, cariño.

—Nunca me visitó —replicó Maddy—. Solo una vez...

—Tenía sus razones, ya te lo he dicho.

Maddy no preguntó cuáles habían sido esas razones. Ya lo había hecho lo suficiente a lo largo de los años. Richard nunca se lo diría, ni tampoco la tía Edie. “No me corresponde a mí contártelo”.

—No puedo creer que vayáis todos a dejarme aquí sola —protestó.

—Te echaré de menos —aseveró Richard— pero, para ser honesto, no te conviene ir a Delhi en esta época del año. Hace frío y no pasa nada interesante.

“Esto es divertidísimo”, escribió Della varios días después, días en los que, con la ciudad sumida en la calma posterior a la Navidad, Maddy apenas abandonaba la casa y solo lo hacía para tomar unas copas por la noche con su madre y Guy en el bar favorito de todos, el Club Gymkhana y, por pura desesperación, regresaba al club para un sofocante té matutino con bollos y sándwiches de pepinos secos en la larga terraza de abajo con Alice y sus memsahibs amigas.

(En el que predominaban las quejas sobre los sirvientes y el precio de la harina, y el debate sobre la batalla constante por mantener la comida a salvo de las hormigas rojas.

“Las patas de la mesa tienen que estar en agua”, recomendaba Diana Aldyce, una esposa que vivía en un acantonamiento militar, “es la única forma. No se lo he dicho solo una, sino mil veces al cocinero”.

Y Maddy no lo había oído una, sino mil veces…).

“Nos alojamos en la casa del virrey”, continuaba Della, “que es básicamente un palacio. Todas las noches nos organiza fiestas y cenas estupendas, con más brandi y gin de lo que Peter es capaz de beber. Mañana vamos a Rajastán, la primera parada será un campamento de caza en Ranthambore. Dicen que habrá un safari para ver tigres. Tigres, Maddy”.

Maddy respondió de inmediato.

“Eres una desalmada”, escribió, “pero igual cuéntame más, así al menos lo podré vivir a través de ti”.

Cada mañana revisaba la bandeja de plata de la correspondencia, esperando la respuesta de Della, alguna carta de la tía Edie o de alguna de sus amigas de Oxford; cualquier cosa que quebrara la monotonía de los días con su madre.

Los ecos de ambas resonaban en la enorme mansión y solo se reunían para las comidas, durante las que, salvo por algún comentario ocasional sobre el calor creciente (Alice) o las especulaciones sobre lo que todos debían estar haciendo en el norte (Maddy), hablaban muy poco.

Incapaz de soportarlo, Maddy pasaba la mayor parte del tiempo evitando a Alice y dejaba su habitación para leer en el porche, tocar el piano en el salón o dar otro paseo entre las mariposas y los pavos reales en el jardín.

Las noches no eran mucho mejores. A pesar de que el habitual circuito de veladas, recitales de música y bailes en Bombay se había reanudado y Maddy participaba de ellos de vez en cuando, aunque solo fuera para hacer algo, no era lo mismo sin todos los demás.

Cada vez que se escapaba a fumar un cigarrillo en el Club Náutico, extrañaba más a Della.

Cada vez que sacaba las cerillas, las giraba despacio en la mano y pensaba en Luke Devereaux.

A veces contemplaba la posibilidad de seguir su consejo y usar la guía para salir a explorar la ciudad; su añoranza por Inglaterra, los parques verdes, las cafeterías cálidas y animadas, la tía Edie (e incluso en sus peores momentos, el tío Fitz) no hacía más que empeorar, pero se repetía a sí misma: “Iré mañana”.

Sin embargo, a medida que pasaban los días y el Año Nuevo se alejaba en el tiempo, no iba a ningún sitio.

La segunda semana de enero se convirtió en la tercera y, poco a poco, empezó a dudar de que Luke Devereaux fuera a volver para reclamar su guía.

Atrapada en la soledad sofocante de la enorme casa, era mucho más fácil creer que se había olvidado por completo de ella.

Hacia finales de mes, un lunes inusualmente nublado, bajó a desayunar, fue a revisar la correspondencia y se detuvo al ver una postal en sepia entre la pila de sobres repujados.

Era una imagen de una calle de tierra, mujeres con saris, rickshaws y un grupo de elefantes.

La tomó, le dio la vuelta para ver el remitente (suponía que era de Della o de su padre desde Rajastán) y soltó un chillido de incredulidad.