Capítulo dos
Maddy esperó a que él regresara a la terraza del club, acortara la distancia entre ellos y le permitiera ver su rostro.
“Hola”. Por la forma en que él la saludó, la lentitud con la que bajó el brazo, parecía ser lo que él quería.
Estuvo a punto de caminar hacia él, de hecho dio un paso y sintió cómo se le tensaban los músculos como anticipando... algo.
Pero entonces el silencio detrás de ella se llenó de ruido, voces y risas.
Se sobresaltó, desorientada por la interrupción.
Casi se había olvidado de la fiesta. Se vio rodeada por todos los que salían del salón en un instante, con los ojos vueltos hacia el cielo encendido: el espectáculo había dejado de ser privado.
—Maddy —la llamó su padre desde las puertas de la terraza—. Ahí estás, ven aquí y desea un feliz año nuevo a tu papá… me he perdido los últimos quince.
Ella no se dio prisa en ir a ningún sitio. Estaba distraída y apenas pudo asentir con la cabeza y esbozar una sonrisa rápida en dirección a su padre antes de volver a centrar su atención en el paseo marítimo, justo a tiempo para ver al desconocido girarse y alejarse hacia la ciudad.
¿Se marchaba?
¿Se había ido?
—Maddy —llamó Richard—. ¿Qué estás haciendo?
Miró al desconocido un segundo más, convencida de que cambiaría de opinión y se daría la vuelta.
Pero él siguió caminando y se perdió en la oscuridad. Maddy frunció el ceño.
—¿Maddy?
Tuvo que hacer un esfuerzo para apartar la mirada del paseo y fue a reunirse con su padre y la multitud acalorada.
Sin embargo, no pudo evitar echar una última mirada. El desconocido ya había desaparecido. Imaginó que, fuera de su campo de visión, él se detenía en seco y se volvía para mirarla. La sensación era muy real.
“¿Por qué se había ido?”.
No podía pensar ni entender por qué le importaba tanto. Solo sabía que le importaba y no intentó entenderlo.
Simplemente era así.
Se esforzó por retomar el ritmo de la velada durante la hora siguiente.
Apenas se había dado cuenta de la presencia del desconocido y, sin embargo, ahora que se había ido sentía su ausencia.
Ni siquiera pudo encontrar a Peter; fue a buscarlo —después de desear un feliz año nuevo a su padre—, impaciente por averiguar todo lo que pudiera contarle sobre su amigo (quién era, por ejemplo), pero lo único que pudo averiguar fue que Peter también se había marchado a otra fiesta.
—Como buen amante de la vida social —comentó Della, sonrojada, todavía en la pista de baile.
—¿Va a volver? —preguntó Maddy con voz apagada.
—No lo creo —respondió Della mientras presionaba la palma de una mano contra su frente sudada—. Dijo que le había pedido a tu padre que me llevara a casa. Ahora, ¿te buscamos otra pareja para bailar?
Maddy no estaba segura de poder hacerlo. De repente le apretaban mucho los zapatos y el calor le resultaba asfixiante.
Cuando su madre se acercó poco después para avisar que se iba a casa pero que Richard las llevaría a ella y a Della más tarde, Maddy se encontró respondiendo que, si a Alice no le importaba, se iría con ella en ese momento.
—¿En serio? —Alice se mostró sorprendida.
Maddy no podía culparla. Ella misma estaba bastante sorprendida. Después de todo, solía evitar quedarse a solas con su madre siempre que era posible. Esos silencios espantosos…
Aun así, contestó:
—Sí, en serio.
Era verdad. Y aunque uno de esos silencios habituales se prolongó durante casi todo el trayecto a la casa (tenso, muy desagradable), por una vez no le molestó la incomodidad o al menos no tanto.
Mientras el chófer las llevaba por las oscuras calles arboladas del centro de Bombay y dejaban atrás la fachada de piedra de arenisca de la oficina de telégrafo, los imponentes edificios municipales británicos, los callejones ocultos donde las familias vivían de a diez en una habitación, apiñadas en esa ciudad que nunca dormía y que tenía más gente que espacio, Maddy miraba sin ver a través de la brisa cargada de humedad, reviviendo una y otra vez el saludo del desconocido.
Tan perdida estaba en su ensoñación que tardó más de lo normal en darse cuenta de que Alice la miraba con una expresión expectante en su rostro en sombras.
—Lo siento —se disculpó Maddy—, ¿dijiste algo?
—Te pregunté si Guy te encontró —precisó Alice.
—¿Guy? —repitió Maddy, estúpidamente.
—Te estaba buscando —explicó Alice.
—No hablé con él en toda la noche.
—Creo que quería bailar.
—No me dijo nada.
—¿No?
—No.
—Qué pena —comentó Alice.
—Sí.
Las dos eran tan educadas.
Se produjo una pausa breve.
Convencida de que eso era todo, Maddy se giró, lista para continuar contemplando las calles oscuras.
Pero Alice preguntó:
—¿Te gustaron los fuegos artificiales?
—Sí —contestó Maddy, ahora con cautela. ¿La habría visto Alice en la terraza? ¿Lo habría visto a él?
Si lo había hecho no lo demostró.
—De niña te encantaban —agregó.
—¿Sí?
—¿No te acuerdas?
—No estoy segura —admitió Maddy. Apenas tenía ocho años cuando se marchó; la mayoría de los recuerdos eran borrosos—. Recuerdo la Noche de las Hogueras en Christchurch Meadows...
—No sabría decirte —la interrumpió Alice.
Fue el tono seco, la expresión en los ojos azules. Maddy se dio cuenta demasiado tarde de que, por supuesto, había sido un error mencionar Oxford. Sintió que debía disculparse.
Alice se inclinó hacia adelante antes de que pudiera hacerlo, palmeó el hombro del conductor y le pidió que se diera prisa.
Se produjo otro silencio. Maddy no podía ignorarlo ni tampoco los hombros encogidos de Alice debajo del chal. Intentó pensar en algo que decir para mitigar la nueva tensión y volvió a sacar el tema de los fuegos artificiales.
—¿Los veíamos aquí, en Bombay? —preguntó.
Alice frunció el ceño.
—No tiene ninguna importancia, Madeline —respondió.
Maddy se sintió aliviada cuando por fin dejaron atrás la ciudad y comenzaron el suave ascenso por la costa hacia las tranquilas y frondosas calles de Malabar Hill, donde vivían tantos británicos.
La casa de sus padres, una mansión de tres pisos de color crema tan hermosa como solitaria, con verandas amplias, balcones en todas las ventanas y jardines bordeados de palmeras, era una de las más grandes, situada en la parte alta de la colina.
Apoyó la cabeza contra la ventana, con la vista perdida en el mar quieto debajo, invisible salvo por el reflejo de la luna y las estrellas, deseando llegar.
No tardaron mucho; con la carretera despejada pasaron con rapidez junto a otras residencias iluminadas por faroles, escondidas entre la vegetación de la selva, algún que otro rickshaw nocturno; luego redujeron la velocidad para atravesar los portones de hierro de la mansión y avanzaron por el sendero de entrada serpenteante.
Alice suspiró cuando se detuvieron, al parecer también feliz de estar en casa.
Ambas se dieron prisa para salir del coche.
Ninguna se detuvo más que para pronunciar un breve “buenas noches” antes de tomar las velas del porche y dirigirse a sus habitaciones.
Maddy cerró la puerta, se recostó contra ella y exhaló.
Por fin . Cruzó la habitación, dejó la vela sobre la mesita, retiró los pliegues del mosquitero y se dejó caer sobre el mullido colchón.
Las cigarras chirriaban fuera y los árboles se estremecían.
Se apretó el pecho con la mano y sintió la elasticidad de su corsé.
Cerró los ojos. Lo vio allí de nuevo en cuanto lo hizo, en el paseo marítimo, como si hubiera estado esperando, asomado apenas debajo de su subconsciente.
¿Por qué se había marchado así, tan deprisa, sin decir una palabra?
Qué ridículo seguir pensando en él después de eso.
Y, sin embargo... ese gesto de la mano.
¿Estaría él pensando en ella también?
Su mente seguía dando vueltas cuando el amanecer rosado que se colaba por los postigos la despertó a la mañana siguiente.
Se dio la vuelta en la cama, escuchó el graznido de los pavos reales en el jardín y el sonido repetido de alguien que barría el porche abajo.
Era temprano, demasiado temprano para estar despierta; lo sabía por la luz tenue y la pesadez de su cuerpo tibio.
Miró a través del velo rosado del mosquitero, consideró la posibilidad de seguir durmiendo y, luego, sabiendo que nunca lo conseguiría, se levantó, se vistió y bajó las escaleras en silencio.
El desayuno ya estaba dispuesto bajo el toldo del porche: fruta recién cortada debajo de una mosquitera, rebanadas de pan de plátano, bollos suaves de la panadería local y cuencos de cuajada cremosa, miel y pistachos.
Más allá, sobre el césped, los pavos reales desfilaban con aire territorial, a salvo, de momento, de los hijos del jardinero que más tarde los perseguirían para intentar arrancarles las plumas de la cola.
Maddy se sentó en una de las sillas de mimbre, se sirvió un café humeante y, al darse cuenta de lo hambrienta que estaba (la noche anterior se había mantenido bien lejos de las empanadas de curri, el pavo de Navidad...), tomó una rebanada de pan de plátano, un bollo y un poco de miel.
Acababa de dar el primer bocado cuando Ahmed, el criado personal de sus padres que la abastecía de cigarrillos, apareció por las puertas del salón vestido con una túnica blanca inmaculada y con un paquete envuelto en papel en las manos.
— Memsahib.
Siempre la llamaba así, aunque ella no estaba casada y le había pedido muchísimas veces que usara su nombre de pila.
Ahora lo volvió a hacer.
—Por favor, dime Maddy —le pidió y tragó saliva—. Me hace pensar que estás hablando con otra persona.
Él sonrió (como siempre hacía).
— Memsahib —repitió—. Esto llegando para usted. —Le tendió el paquete.
—¿Para mí?
Ahmed movió la cabeza.
Maddy tomó el paquete suponiendo que debía venir de Inglaterra, aunque no se le ocurría quién podría haberlo enviado.
La tía Edie, que tenía muy poco dinero en esos días, ya le había enviado talco para Navidad y sus excompañeras de la universidad se habían juntado para mandarle una canasta navideña con pastel de frutas, polvo para natillas, cacao y una caja de galletas gourmet Jacob’s.
¿Se habría acordado el tío Fitz de ella?
¿De verdad habría creído que ella desearía que lo hiciera?
Parecía que no.
El paquete no venía de Inglaterra. Ni siquiera tenía sello.
Miró a Ahmed.
—¿De dónde salió esto? —preguntó.
—Un chico trayendo de la estación —respondió el criado.
—¿La estación de tren?
Otro meneo de cabeza.
—¿La estación de tren de Bombay? ¿La terminal?
—La misma memsahib.
Maddy rompió el papel aún más intrigada.
Entonces, sorprendida, se le escapó una risa. Dentro estaban su caja de cerillas y un ejemplar muy gastado de la Guía de Bombay. Encima había un trozo de papel.
La primera carta que él le enviaba.
Le oí mencionar su no-propósito para 1914. Es muy bueno. No me gusta pensar que echa de menos su país. Espero que esta guía la ayude a disfrutar un poco más de su estancia en Bombay como me ayudó a mí cuando vivía aquí.
Se trata de un préstamo, señorita Bright. Volveré para reclamarlo.
Vi que perdió estas cerillas y pensé que quizá las necesitaría, tal vez también la ayuden con la nostalgia.
Luke Devereaux
Maddy volvió a reír y releyó las palabras mientras sus ojos iban de la nota al libro y a las cerillas, y luego de nuevo a la nota.
“Luke”, pensó y deslizó el pulgar por encima de las palabras. “Luke Devereaux”.
“Me gusta”.
Le gustaba que él también supiera su nombre, que lo hubiera averiguado, que hubiera averiguado dónde vivía.
Un calor se extendió por su piel cuando se dio cuenta de que él debía habérselo preguntado a alguien, quizás a Peter, incluso antes de saludarla en el paseo marítimo.
Que se hubiera dado cuenta de que se le habían caído las cerillas y se hubiera preocupado lo suficiente como para recogerlas.
Que la hubiera visto desde un primer momento.
Las manos le temblaban cuando giró la nota para ver si había alguna dirección, alguna pista sobre dónde había ido él.
No había nada.
“Volveré” había escrito.
—¿Cuándo? —preguntó ella—. ¿Cuándo volverás?
Ahmed la miró con recelo, como si estuviera perdiendo la razón.
No le importaba. Todo lo que podía pensar era que se llamaba Luke Devereaux. Que la había sorprendido. Que había hecho eso.
Que no había desaparecido sin más.
Que él también había estado pensando en ella.