Capítulo uno #3
La pista de baile estaba, si era posible, todavía más llena y más calurosa que antes.
Della desapareció en ella en cuestión de segundos del brazo de un sargento mayor y Maddy, al ver a su padre con su corona de lunares en la barra —recordando lo abatido que había estado un momento antes—, caminó hacia él y lo arrastró a la pista pegajosa, tal como él había intentado arrastrar a su madre antes, asegurándole que de ninguna manera la haría pasar vergüenza.
—Aunque podríamos prescindir del sombrero...
No era un bailarín muy hábil y no se le podía calificar de elegante, pero lo que le faltaba en habilidad lo compensaba con entusiasmo y se lanzaron a describir una sucesión de giros sobre la pista.
Mientras esquivaban a otras parejas y por poco chocan contra el árbol de Navidad de plátano y mango (“La próxima lo intentaremos con más ganas”, prometió él), Maddy rio ante el rostro sonriente de su padre y casi logró no reparar en su madre, que los observaba con expresión indescifrable desde el borde de la pista.
Aunque estaba muerta de calor, no dudó cuando su padre le pidió que bailaran de nuevo.
A partir de entonces no abandonó la pista.
Los hombres en la fiesta superaban en número a las mujeres en una proporción de dos a uno (como siempre ocurría en la India) y apenas terminaba una canción, alguien más se acercaba para pedirle que hiciera un acto de caridad y le concediera una pieza.
Bailó con el secretario de Richard (“¿Te arriesgarás, Maddy?”), luego con más miembros de su personal y con el capitán de la marina bronceado otra vez.
La tarjeta de Della estaba igual de llena y Maddy dejó de intentar llevar la cuenta de todos sus acompañantes.
La banda seguía tocando y cada vez más gente se acercaba desde la terraza, llenando la sala iluminada hasta que pareció que no quedaba espacio para nadie más, ni aire agobiante para respirar.
La piel de Maddy brillaba de sudor; su cabello, libre de horquillas, caía en ondas húmedas sobre su cuello, tan caótico, estaba segura, como se habrían vuelto los rizos castaños de Della.
Justo antes de la medianoche, se retiró por fin de la pista.
Se llevó una mano al costado al sentir un pinchazo en la cintura y creyó que moriría si no descansaba un poco antes de arriesgarse con alguien otra vez.
Como Della seguía recorriendo la pista con alegría, no perdió el tiempo en decirle dónde iba y se dirigió fuera.
En la terraza reinaba un silencio delicioso, ya no quedaba nadie en las mesas.
Algunos de los faroles se habían apagado, por lo que estaba aún más oscuro que antes.
Con la música a sus espaldas, Maddy se encaminó hacia el mar y se apoyó contra el muro, sintiendo la presión de la piedra a través de la falda.
Sonrió al ver que los niños seguían jugando abajo.
En la distancia se mecían cientos de botes más en las aguas tranquilas; las olas arrastraban las voces de sus ocupantes y el aroma de la comida asándose sobre las brasas.
Respiró hondo, absorbiendo cada detalle.
Se preguntó si tendría tiempo para fumar un cigarrillo, decidió que sí y luego maldijo al recordar que se le habían caído las cerillas.
Volvió al lugar donde las había dejado, se puso en cuclillas sobre los adoquines y deslizó las manos por las piedras negras. Al no encontrar nada, se arrodilló y se inclinó para ver mejor. Pero no, no estaban allí.
—Qué raro —musitó y cuando su voz quebró la noche y resonó en el silencio, se dio cuenta de que la música dentro se había detenido.
Se volvió hacia las puertas iluminadas del club y las siluetas del gentío en el interior.
Todos parecían estar mirando el reloj. Casi podía sentir la presión de los cuerpos, la expectación sudorosa y, aunque se sentía tentada de quedarse fuera, se dijo a sí misma que sería demasiado triste recibir el Año Nuevo sola y que le convenía darse prisa si no quería que se le pasara la medianoche.
Echó un último vistazo inútil al suelo y, con un suspiro de exasperación, se incorporó y volvió a cruzar la terraza en penumbra.
Nunca podría explicar más tarde qué la hizo detenerse en seco, dar un paso al costado y pasar junto a la mesa en la que había estado Peter. Ni por qué extendió la mano y tocó el respaldo de la silla en la que había estado sentado su amigo, el desconocido, y lo recordó de nuevo con intensidad.
Pero cuando sus dedos se cerraron alrededor de la madera dio un respingo, sobresaltada por un estallido de explosiones: mar adentro, a lo largo de la playa cercana, en la ciudad a sus espaldas.
Levantó la vista y observó a su alrededor, con los ojos fijos en los fuegos artificiales que llenaban el aire de humo y el cielo de destellos de colores.
“Oh, Dios mío”, pensó, “es medianoche”, y se echó a reír. Porque no le parecía triste estar fuera sola, para nada. Era demasiado bonito.
Desde el interior del club llegaron vítores seguidos de inmediato por los primeros acordes de Auld Lang Syne . Pero no se apresuró a unirse a la fiesta, no fue a ninguna parte. Los fuegos artificiales seguían estallando: su propio espectáculo privado.
¿Ya había reparado en él? ¿Fue por eso que se quedó allí?
En las semanas siguientes se lo preguntaría con frecuencia.
No lo sabía. No estaba segura de cuándo advirtió la silueta en el paseo marítimo, a unos cien metros de distancia, con el rostro girado en su dirección, las manos en los bolsillos y la chaqueta de lino agitándose en la brisa.
Los fuegos artificiales continuaban iluminando el cielo con sus estallidos, pero Maddy sintió que su atención se desplazaba hacia él. Bajó la vista despacio e inclinó la barbilla sobre su hombro desnudo.
Sus miradas se encontraron a través de la oscuridad y, esta vez, supo que él sonreía.
Él levantó la mano y la saludó.
Sin pensarlo, ella levantó la suya.
Fue solo un instante.
Pero, después de eso, nada volvió a ser igual.