Encuéntrame en Bombay Capítulo uno #2
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Capítulo uno #2

La quietud era mayor allí, debajo de la terraza.

El agua chocaba contra el muro de piedra y los niños locales chapoteaban y jugaban, a pesar de la hora tardía, en el mar Arábigo, entrando y saliendo de los botes pesqueros cercanos.

Una brisa suave soplaba desde la ciudad; cargada de polen, polvo y olor a desagües traía el calor de cientos de miles de personas.

Maddy la sintió sobre su espalda desnuda y pegajosa y sobre la parte superior de sus brazos, y dejó que sus hombros se relajaran para disfrutar de la calma después de la intensidad deslumbrante del festejo arriba.

Se llevó un cigarrillo a los labios, se inclinó para que Della le diera fuego e inhaló.

Cerró los ojos ante una sensación de mareo repentino.

—Me pregunto qué estarán haciendo todos en la vieja y gris Inglaterra —deslizó Della, en un tono que dejaba claro lo mucho que disfrutaba de la idea de que, fuera lo que fuera, no se parecía en nada a eso.

—¿De verdad no lo extrañas? —preguntó Maddy—. ¿Ni siquiera un poco?

—Ni una pizca —aseguró Della. Miró a su amiga de reojo con una chispa burlona en sus ojos redondos—. Deberías intentar no extrañarlo tanto, te sentirías mejor.

—Claro, para ti es fácil decirlo —contestó Maddy, porque lo era. Della tenía la posibilidad de regresar cuando quisiera para visitar a su familia y amigos.

—Tenías tantas ganas de venir —recordó Della— cuando estábamos en el barco.

—Lo sé —dijo Maddy—, lo sé. —Pero durante el viaje había pensado que su estancia en la India serían solo unas vacaciones y estaba entusiasmada.

Había terminado la universidad y todo le parecía una gran aventura que debía disfrutar antes de aceptar el puesto de profesora que le habían ofrecido y estaba desesperada por volver a ver a su padre.

A diferencia de su madre, él la había visitado cada dos años en Oxford donde ella se había alojado con su tía Edie, la hermana de él.

Maddy solía tachar los días que faltaban para el próximo viaje de su padre cuando era más joven y planificar itinerarios detallados para pícnics, salidas al teatro y esas cosas.

La idea de pasar una larga temporada con él le había parecido un verdadero privilegio.

Incluso se había permitido esperar... algo...

de su madre: una relación más allá de las cartas forzadas con matasellos extranjeros, tal vez.

Sin embargo, en algún momento entre la partida del transatlántico de la P el mundo social de Bombay era tan reducido como intenso.

Había bailado con la mayoría de ellos esa noche.

Solo había uno allí que no conocía: el amigo de Peter.

Estaba sentado un poco retirado de la mesa, con el rostro oculto por el resplandor de los faroles parpadeantes.

No llevaba traje de etiqueta a diferencia de los demás hombres, sino pantalones, camisa y una chaqueta de lino.

Eso hizo que Maddy lo mirara dos veces y se volviera a preguntar quién era.

Él se giró como si intuyera su curiosidad. Ella se sonrojó sintiéndose descubierta y centró su atención en Peter, que se puso de pie cuando ella y Della se acercaron.

—Della Wilson —declaró Peter—. No quiero saber que estabas fumando ahí abajo.

—No... —comenzó Della.

—No, insisto en que no quiero saberlo. Así no tendré que volver a mentir cuando nuestra madre envíe un telegrama para preguntar cómo te estás portando. —Dirigió una mirada desesperada a Maddy—. En mi vida he dicho tantas mentiras.

Maddy se rio, un poco cohibida; tenía la firme impresión de que el hombre de la chaqueta de lino no le había quitado los ojos de encima, quizás preguntándose por qué ella lo había mirado.

—Iba a decir —increpó Della—, que no puedo creer que me hayas abandonado en casa.

—Sabía que estarías bien.

—Podría estar ahí todavía. Podría haberme perdido toda la fiesta.

—Y sin embargo —contestó Peter— aquí estás. Maddy, ven aquí. —Se inclinó para besarle la mejilla, aún sonrojada—. Estás muy acalorada —agregó.

—Estoy bien.

—Necesitas champán —afirmó él y se volvió hacia la mesa para buscar una botella—. ¿Algún propósito para el Año Nuevo? —preguntó.

—Aún no lo he pensado —contestó Maddy.

—No es cierto —replicó Della—. Vas a intentar no sentir nostalgia.

—Igual no sirven de nada. —Peter entregó una copa rebosante a cada una.

Maddy tuvo que preguntar:

—¿Por qué no?

—Porque nunca se cumplen —explicó él.

—Es un pensamiento un poco negativo —le recriminó ella y, por el rabillo del ojo, advirtió que el desconocido giraba la cabeza. Todavía estaba demasiado apartado para que pudiera verlo bien; más que ver su sonrisa la sintió.

—Pues es la verdad —insistió Peter—. Nunca se cumplen, en serio.

—Bueno —convino Maddy, con un ojo en su amigo (¿había sonreído?)—, ya que en realidad no es mi propósito, quizá sí se cumpla.

—Eso sí que es un disparate —soltó Della.

—Estoy de acuerdo —dijo Peter—. Sin embargo —añadió y levantó su copa—, como es Año Nuevo, olvidemos lo que ha dicho Maddy y bebamos. Oh, miren —exclamó, distraído por un par de camareros indios que circulaban por la terraza con bandejas de kebabs—, comida. Ya vuelvo. Portaos bien.

Y se alejó.

Della declaró que tenía ganas de ir a ver cómo estaban las cosas dentro mientras Peter se alejaba. Algunos en la mesa protestaron (“Quédate, tómate otra copa de champán. No nos dejes aquí solos”), pero Della no cedió y Maddy, al no encontrar ninguna razón para no hacerlo, se sumó.

—Cómo les gusta rompernos el corazón, ¿verdad? —les gritó un oficial mientras se marchaban.

Confiada en que ningún corazón corría peligro, Maddy no sintió ni una pizca de culpa.

Y no fue a ese oficial a quien se sorprendió mirando por encima del hombro mientras cruzaban la terraza oscura, calurosa y húmeda, sino al desconocido de la chaqueta de lino.

No sabía por qué lo hizo y deseó no haberlo hecho, porque, al igual que antes, él se volvió con el rostro como una sombra sobre el blanco de su ropa, y eso hizo que apartara la mirada demasiado rápido y se sintiera tonta otra vez.

—¿Quién era ese? —preguntó a Della a pesar de que sentía vergüenza.

—¿Quién era quién?

—Ese hombre —precisó Maddy—. El que vino con Peter del Taj.

—No sé —respondió Della y miró por encima del hombro—. ¿Por qué? ¿Estaba ahí?

—Sí —contestó Maddy y, luego, antes de que él se diera cuenta de que Della lo estaba buscando con la mirada, añadió—: no importa.

Por supuesto que no importaba.

—Típico de Peter no presentarlo —comentó Della.

—Supongo —concluyó Maddy y, cuando volvieron a entrar en el salón de baile bullicioso con sus luces, la música y las risas, descartó al desconocido de su mente otra vez.