Encuéntrame en Bombay Capítulo uno
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Encuéntrame en Bombay

Encuéntrame en Bombay

Por Jenny Ashcroft

© inepub.com

Capítulo uno

No tenía ni la menor idea de todo lo que estaba a punto de sucederle.

Se detuvo al borde de la pista. Después de bailar las últimas cinco canciones, se alegraba de poder ser, por un momento, una simple espectadora, recuperar el aliento y sentir el alivio fresco de su gin-tonic helado presionado contra su mejilla.

Hizo girar el vaso sobre su piel caliente y sus ojos recorrieron la opulencia que la rodeaba.

Era una fiesta fastuosa incluso para los estándares de Bombay, y ella, recién llegada del mundo tibio y acogedor de sus tíos en Oxfordshire, tenía que recordarse a sí misma una y otra vez que no se había infiltrado en un escenario de teatro sino que ahora pertenecía de verdad a esa tierra exótica y húmeda.

Mesas vestidas de blanco bordeaban la pista de baile, cubiertas con bandejas de empanadas de curri, naan y frutas exóticas.

Recipientes de ponche y enfriadores de champán se disputaban el espacio sobre la barra de madera larga.

Faroles de colores sobre las mesas y en las paredes bañaban la sala revestida de madera con una luz tamizada; el aroma a cera se mezclaba con el olor a perfume y pomada para el cabello, y las puertas entreabiertas de la veranda dejaban entrar un calor sofocante.

No había árbol de Navidad —al parecer no se conseguían en la India—, pero en su lugar un arreglo de ramas de mango y plátano decoradas con adornos navideños se balanceaba precariamente junto a la gran entrada del salón.

Era una estructura bastante extraña, por cierto diferente de cualquier abeto que Maddy hubiera visto jamás y, lejos de avivar el ambiente navideño lograba mitigarlo, igual que los sombreros de papel reblandecidos por la humedad que Richard, el padre de Maddy, había insistido en que todos usaran el día de Navidad.

Había resultado incongruente estar almorzando pavo en la veranda sofocante de la residencia mientras los pavos reales se paseaban a su alrededor.

Richard llevaba ahora otro sombrero. Era imposible no reírse al verlo al otro lado del salón —el jefe del servicio civil de Bombay, el arquetipo del funcionario colonial con su corbata blanca impecable— con una corona morada de lunares inclinada con desenfado sobre su cabello canoso.

Estaba tratando de convencer a Alice, la madre de Maddy, de que bailara con él.

Alice, que a diferencia de las demás personas en el salón seguía luciendo tan fresca como un pepino de Pimm’s, con sus rizos rubios impecables y sin una pizca de brillo en su piel de porcelana, levantó las manos enguantadas negándose.

Maddy se preguntó si habría alguna parte de ella, por más pequeña que fuera, que se sintiera tentada de hacer lo contrario, de decir: “Sí. Sí, por favor. ¿Por qué no?”.

Maddy deseaba que lo hiciera. Sería muy agradable verla soltarse por una vez, tomar el brazo de Richard y lanzarse a la pista con el mismo abandono feliz que todos los demás.

Pero Richard ya se había dado la vuelta y se alejaba con arrugas de resignación en su rostro curtido.

Maddy sintió una punzada de lástima y luego otra cuando vio que él levantó la barbilla y se dirigió hacia la barra.

¿Tanto le costaba a Alice bailar con él?

Maddy tiró del cuello húmedo de su vestido y no intentó responder a su propia pregunta.

Pese a que ya llevaba dos meses en la India, viviendo de nuevo con sus padres después de más de una década en Inglaterra (había vuelto a su país a estudiar, como casi todos los niños del Raj, pero también para escapar de las fiebres tropicales a las que había sido tan propensa de niña.

“No parabas de enfermarte”, le había contado su padre con tristeza muchas veces.

“Era aterrador…”), a menudo sentía que seguía entendiendo tan poco a su madre, tan fría y contenida, como aquel día asfixiante de octubre en que había llegado al puerto de Bombay y se había reencontrado con ella.

—No pongas esa cara tan seria —sonó una voz a su izquierda sobresaltándola—. Es Año Nuevo.

Maddy se giró y se topó con la mirada de reproche fingido de su amiga Della Wilson.

Las dos habían viajado juntas desde Tilbury, en la misma fila de camarotes que el resto de mujeres solteras que se dirigían a reunirse con sus familias en la India; en el caso de Della para quedarse con su hermano mayor, Peter.

Se habían hecho amigas durante los irresistibles tés en el barco, incómodas por la suposición de los demás pasajeros de que todas formaban parte de una “flota de pesca” rumbo a la India para encontrar marido.

“Que, por supuesto, es exactamente lo que mi madre espera que haga”, había comentado Della mientras masticaba un éclair de chocolate.

“Por eso me dejó venir. Tampoco es que me disguste”.

Había tragado saliva. “Pero preferiría mucho más ir a cazar tigres”.

—¿Dónde estabas? —le preguntó Maddy ahora—. No te he visto en toda la noche.

—Acabo de llegar —respondió Della—. Puedes culpar a Peter por eso, si es que decide venir.

—¿Dónde está?

—Solo Dios sabe. Había quedado en encontrarse antes con un amigo en el hotel Taj Mahal, pero se suponía que iba a volver a casa a recogerme.

Me imagino que se perdieron en el bar del hotel.

—Se abanicó la cara sonrojada—. Me dio miedo no llegar para la medianoche, así que al final tomé un rickshaw.

No se lo cuentes a Peter, no le gusta que viaje sola en rickshaw.

Maddy, que solía oír a Peter lamentarse de lo sencilla que había sido su vida antes de que su incontrolable hermana irrumpiera en ella, se rio y soltó:

—Pobre Peter.

—Pobre Peter nada —replicó Della—. Dios —agregó y resopló—, esto es un horno. ¿Vamos fuera? Podemos fumarnos un cigarrillo rápido antes de que llegue Peter. Tampoco le gusta que fume.

Maddy decidió que le vendría bien uno, sobre todo sin el gesto de desaprobación de su madre, y asintió con la cabeza.

—¿Con quién has estado bailando? —preguntó Della mientras se abrían paso a través del salón abarrotado.

—Los de siempre —respondió Maddy y nombró a un par de capitanes del ejército, un oficial de la marina con un bronceado perpetuo y un puñado de funcionarios que, como Peter, trabajaban para su padre en las oficinas de Bombay.

—¿Y Guy Bowen? —aventuró Della con falsa ingenuidad y señaló a un hombre que se encontraba sumido en una conversación con otros cirujanos del hospital militar.

Maddy hizo un gesto de exasperación.

—¿Quieres parar con eso? Es amigo de mis padres.

—Y también tu amigo. Te visita a menudo.

Maddy empujó la puerta de la veranda.

—Podría ser mi padre.

—No lo creo —retrucó Della—. No puede tener más de cuarenta y tú tienes casi veintitrés.

—Estoy bastante segura de que me hacía rebotar en sus rodillas cuando yo era pequeña —replicó Maddy.

—¿En serio? —dijo Della, de una forma que hizo que ambas estallaran en carcajadas.

Continuaron la conversación en la noche sofocante y húmeda. La banda seguía tocando cuando salieron a la terraza frente al mar y el reloj en el salón detrás de ellas dio las once: la última hora de 1913.

Fuera todo estaba más quieto, el aire denso amortiguaba la música y las voces de todos los que daban vueltas y holgazaneaban en las mesas a la sombra.

Las antorchas crepitaban e iluminaban el camino de Maddy y Della hacia el malecón, aunque en realidad no las necesitaban.

No era la primera vez que se escapaban juntas a fumar un cigarrillo.

Al poco de llegar, durante una fiesta, habían descubierto el lugar escondido en las escaleras que llevaban al mar y lo habían estado utilizando desde entonces para escapar de las miradas vigilantes de sus familiares y las memsahibs chismosas, tal como solían escabullirse a las cubiertas de los botes salvavidas del barco de la P Della le hizo señas para que la siguiera.

Dejó las cerillas y siguió a su amiga deprisa. Se recogió la falda de seda para trepar por el malecón y bajó las escaleras húmedas para sentarse junto a una Della sin aliento en el escalón de siempre.