Encontrándome (Serie Salty Key Inn nº 1) CAPÍTULO UNO
98%

CAPÍTULO UNO

DARCY

Darcy Sullivan cruzó el césped del Salty Key Inn en Sunset Beach, en la costa oeste de Florida, con la mente aún puesta en el desafío que su tío Gavin les había planteado a ella y a sus dos hermanas.

A cada una le había dejado un tercio del hotel, una parte que podría significar o no mucho dinero en el futuro.

Por ahora, no significaba más que un montón de trabajo y mucha incertidumbre.

Darcy no podía quitarse de la cabeza el mensaje especial que el tío Gavin había escrito al final de su carta para ella. Darcy, no eres quien creemos que eres.

—¿Qué demonios significa eso? —murmuró Darcy para sí misma.

El tío Gavin Sullivan, o el Big G, como a veces se hacía llamar, había sido un misterio para ella y sus hermanas.

Aunque eran familia, apenas había estado presente en su vida.

Tenía un vago recuerdo de un hombre grande con una voz potente, pero su padre nunca se llevó bien con su hermano, y rara vez había visto a Gavin.

Por eso aquel disparatado plan de que renovaran el hotel en el plazo de un año a cambio de mucho dinero resultaba tan extraño.

No eres quien creemos que eres. ¡Vaya! Ella, más que sus hermanas, tenía las cosas claras.

¿O no? Su hermana mayor, Sheena, todavía estaba abriéndose camino en la maternidad con una familia que prácticamente le había arrebatado la identidad.

Y su hermana menor, Regan, la belleza de la familia, estaba descubriendo que era mucho más inteligente de lo que siempre había creído.

En cuanto a ella, Darcy tenía la intención de llevar este proyecto hasta el final, conseguir el dinero y largarse a destinos emocionantes.

Sheena cruzó la propiedad del hotel hacia Darcy con pasos seguros que hacían oscilar su melena castaño rojiza sobre los hombros. La joven madre de dos adolescentes seguía siendo una mujer atractiva... y seguía siendo la supuesta «perfecta» de la familia.

—¡Darcy! ¡Eres justo la persona que quería ver!

—dijo Sheena—. He concertado una cita para que te reúnas con un reportero del periódico local.

Van a publicar un artículo sobre el Salty Key Inn y lo que estamos intentando hacer aquí.

El reportero se llama Nick Howard. Le dije que llamarías para confirmar una reunión lo antes posible.

Darcy puso los ojos en blanco. ¿Qué tenían las hermanas mayores que las hacía tan mandonas?

—Vaaale, lo haré.

Al decir aquellas palabras, Darcy sintió un escalofrío que le recorrió los hombros como una araña de patas largas.

Desde niña, su deseo secreto había sido convertirse en reportera de periódico o en la autora de la novela más querida del mundo.

Terminó dedicándose a la programación informática porque ahí estaba el dinero.

Pero ahora, la idea de viajar mientras escribía la novela perfecta resultaba bastante atractiva.

Darcy aceptó con entusiasmo el papel con el nombre y el número de teléfono de Nick.

De algún modo tendría que presentar de forma favorable la situación en la que ella y sus hermanas se encontraban.

Darcy había pensado que sería rica y estaría sentada en la playa bebiendo margaritas. ¡Menuda broma pesada!

###

Ya en su oficina, Darcy marcó el número del reportero.

—¿Diga? —respondió una voz profunda y cálida que le recordó a Darcy a aquel actor corpulento cuya conocida voz de barítono hacía que hasta los anuncios de televisión parecieran sensuales.

Darcy explicó quién era y rápidamente acordaron quedar para comer en la terraza de Gracie’s, en el hotel.

Mientras colgaba el teléfono, Darcy se preguntó cómo sería el hombre detrás de aquella voz.

El mundo de las citas en Florida no le había ido bien.

Había hecho el ridículo con Brian Harwood, el chico de al lado, y su otra cita había sido un desastre.

Si este Nick Howard se parecía en algo a como sonaba su voz, estaba perdida.

Durante el resto de la mañana, la instalación del sistema inalámbrico en los dos edificios de habitaciones acaparó la atención de Darcy.

Por muy ajustado que fuera su presupuesto, las tres hermanas habían acordado que hoy en día tener WiFi era esencial.

Con la ayuda de Chip Carson, un joven dispuesto a hacer el trabajo por un precio razonable, estaban avanzando bien.

Justo antes del mediodía, Darcy salió de su oficina en el edificio principal del hotel y restaurante que daba a la carretera y cruzó a toda prisa los terrenos del hotel hacia la suite donde ella y Regan se alojaban temporalmente. Quería arreglarse antes de su comida con Nick.

Antes de llegar al edificio de las suites, se detuvo y contempló lo que una vez había sido una pequeña casa de tablillas rosas.

Era donde el tío Gavin había querido que viviera con sus dos hermanas durante un año entero.

Tras un terrible incendio, la casa estaba siendo demolida.

El perito del seguro la había declarado un riesgo.

Ella y sus hermanas agradecían que el coste de la reconstrucción no saliera de su escaso presupuesto, sino de la indemnización del seguro contra incendios y de cualquier fondo adicional necesario del patrimonio del tío Gavin.

Pero eso suponía una posible pérdida de ingresos.

No podrían alquilar las habitaciones en las que se alojaban hasta que estuviera terminada.

Darcy se apresuró hacia el edificio de las suites y entró en su habitación.

Mientras Darcy se aseaba, oyó a Regan entrar en la suite y cruzar el pasillo hacia su baño.

Con unos vaqueros cortados y una vieja camiseta salpicada de pintura azul, Regan estaba tan guapa como siempre, con su largo cabello oscuro y sus ojos azul violeta. Había quien decía que era el vivo retrato de Liz Taylor.

—¡Eh! ¿Qué haces? Estás muy arreglada —dijo Regan, observándola de arriba abajo.

—He quedado con un periodista para comer. Sheena organizó una entrevista para un artículo sobre nosotras y el Salty Key Inn.

Regan sonrió.

—Estupendo. Una buena forma de arrancar con nuestro programa de publicidad.

Darcy asintió, aunque por dentro pensaba que también podría ser una buena oportunidad para desarrollarse como escritora creativa, no solo para el proyecto del hotel, sino para la novela que quería escribir.

Tras mirarse en el espejo, Darcy se pasó la mano por los rizos rojos y se sacudió una mancha imaginaria de su sencillo vestido verde oscuro sin mangas.

—Supongo que más lista no voy a estar.

A sus hermanas les resultaba tan fácil ir impecables, mientras que ella tenía que esforzarse muchísimo.

Una vez más, Darcy cruzó a toda prisa los jardines del hotel.

Un borrón de plumas azules se abalanzó hacia ella.

—¡No, Petey! ¡Fuera de aquí! —gritó Darcy.

Fingió embestir al pavo real que reinaba en la zona.

Cuando el gran pájaro se dio cuenta de que Darcy iba en serio, se alejó pavoneándose, arrastrando tras de sí las plumas de la cola.

A medida que Darcy se acercaba al restaurante, aminoró el paso. Junto a la entrada había un hombre alto, corpulento y de hombros anchos, con el cabello blanco y una barba también blanca que contrastaba con su piel bronceada. «¿Sería Nick Howard?»

Darcy esperó a que apareciera alguien más, y como no fue así, se acercó al hombre.

—¿Nick?

Él asintió y le dedicó una sonrisa.

—¿Darcy?

Darcy le tendió la mano.

—Por un momento no sabía si llamarte Papá Noel o Ernest Hemingway.

Su risa fue franca y sonora, casi un jo-jo-jo, como si la ensayara para las Navidades.

Encantada, Darcy soltó una risita.

Nick le soltó la mano y, con ojos chispeantes, dijo:

—Me gustan las mujeres con sentido del humor. ¿Cuántos años tienes, Darcy?

—Veintiséis —respondió, preguntándose si estaría intentando ligar con ella.

La idea le resultó divertida y preocupante a partes iguales.

—¿Entramos?

Él se dio unas palmaditas en el estómago.

—Sin duda. Debo confesar que he oído hablar de Gracie's. Tiene muy buena fama por aquí. A veces hago críticas de restaurantes para el periódico, así que no les digamos a nadie quién soy ni por qué estoy aquí. ¿De acuerdo?

—Claro —dijo ella.

Entraron en Gracie's, el restaurante del hotel que dirigía Gracie Rogers junto con el resto del grupo al que todos llamaban «la gente de Gavin».

Gavin había ayudado a ocho personas a lo largo de su vida, ofreciéndoles alojamiento gratuito a cambio de su trabajo en el hotel.

Darcy y sus hermanas habían mantenido este acuerdo cuando heredaron el hotel, junto con todo lo demás.

Lynn Michaels los saludó con la mano al entrar y se acercó enseguida.

—Buenas tardes.

Los condujo a una mesa en la terraza, bajo una sombrilla.

Maggie O'Neill se acercó rápidamente a su mesa.

—Buenas tardes, Darcy.

Le dedicó una sonrisa y luego se volvió hacia Nick.

—¿Les traigo algo de beber aparte de agua?

Nick miró a Darcy.

—¿Qué tal está la limonada?

—Deliciosa. Pero yo voy a pedir agua con gas. ¿Quieres también?

—Claro —dijo Nick.

Cogió la carta que le ofrecía Maggie y se puso a estudiarla.

Cuando Maggie se alejó, Darcy explicó:

—Como solo servimos desayunos y comidas, no hemos pedido licencia para vender alcohol. Pero puede que lo hagamos en el futuro.

Nick asintió.

—Entiendo. La carta tiene muy buena pinta. Hay varias cosas que me apetece probar.

Frunció el ceño cuando le vibró el móvil, pero lo sacó del bolsillo de la camisa de cuadros azules.