Encontrándome (Serie Salty Key Inn nº 1) CAPÍTULO CUARENTA Y SIETE #2
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CAPÍTULO CUARENTA Y SIETE #2

Se detuvo a observar las gaviotas con la esperanza de encontrar fuerzas para hacer lo que debía.

Había sido muy optimista respecto a encontrarse a sí misma, forjar una amistad con sus hermanas y asegurar un futuro para su familia.

Había perseverado incluso cuando Tony le dijo que era una decisión egoísta.

Y cuando los niños se rebelaron, cada vez más egocéntricos y más enfadados por su marcha, se había dicho que lo superarían.

Ahora, con el negocio de Tony en tan mal estado y sin la certeza de tener un hogar seguro con sus suegros, le esperaba una batalla mayor en Boston.

Siguió caminando por la orilla, ahuyentando a los correlimos con sus pasos pesados.

Cuando divisó el Salty Key Inn con su estrafalario edificio azul, se detuvo. Y aunque intentó recomponerse, las lágrimas le corrieron por las mejillas. ¡Maldita sea! El hotel podría ser un lugar maravilloso; lo sabía en el fondo de su corazón.

Subió al paseo marítimo y caminó hacia Gracie's. Todavía era temprano, pero a medida que se acercaba al edificio, oyó ruido de actividad en la cocina y comprendió que la vida de Gavin y su gente seguiría adelante, con ella o sin ella. Gavin se habría encargado de eso, sin duda.

Pasó de largo el restaurante y atravesó el recinto hacia el edificio de las suites.

Convencida de que estaba tomando la decisión correcta, llamó a la puerta de la suite de Darcy y Regan y esperó respuesta.

Regan abrió la puerta medio dormida.

—¿Sheena? ¿Qué pasa?

—Necesito una buena taza de café bien cargado y hablar contigo y con Darcy.

—Entra. Voy a despertar a Darcy —frunció el ceño—. ¿Estás bien? ¿Los niños están bien?

—Despierta a Darcy, anda —respondió Sheena, que no quería tener que repetir todo dos veces.

Momentos después, Darcy y Regan aparecieron tambaleándose, ambas todavía en camiseta de tirantes y pantalón corto de pijama. Se acercaron a la barra de la cocina y la miraron con ojos soñolientos.

Sheena les preparó un café a cada una en la máquina y fue dando largos sorbos al suyo mientras esperaba a que se llenaran las tazas.

Darcy cogió la taza que le ofrecía Sheena.

—¿Qué pasa?

—Será mejor que nos sentemos —dijo Sheena—. Las tres.

Cada una cogió una silla y se sentó a la mesa.

Sheena respiró hondo para calmarse, diciéndose que no debía llorar.

—Mi familia vuela a Boston esta tarde y yo me voy con ellos.

He hecho todo lo posible para que este proyecto saliera adelante.

No me ha importado el trabajo duro, ni la incertidumbre, ni las condiciones de vida.

Nada de eso. Pero no puedo permitir que mi familia sufra daños físicos o emocionales por lo que estoy haciendo. Se acabó. Ahora y para siempre.

—¿Y qué pasa con nosotras? —dijo Regan—. Lo he dado todo por este proyecto, todo para que las tres tuviéramos la oportunidad de vivir mejor.

Se le llenaron los ojos de lágrimas.

—¿Y vas a quitárnoslo así, sin más?

Darcy dio un golpe en la mesa.

—¡No me jodas! ¿Después de tu gran discurso motivacional de la semana pasada, nos haces esto?

Se oyó un traqueteo en la puerta y Tony irrumpió en la suite.

—Ella no se va a ninguna parte —dijo Tony.

Sheena y sus hermanas lo miraron sorprendidas.

Tony levantó un dedo en señal de advertencia.

—He oído lo que has dicho, Regan, y estoy aquí para deciros a ti y a Darcy que no voy a permitir que Sheena se rinda.

Los chicos y yo acabamos de hablarlo y hemos votado por unanimidad que Sheena se quede.

Esto es lo que ella quería. Los chicos vendrán en verano y se quedarán durante el curso.

Y yo estaré aquí siempre que pueda, todo lo que pueda.

Sabe Dios que puede que me quede sin negocio.

Estoy intentando buscar una solución, pero ¿quién sabe?

—¿Harías eso por mí? ¿Por nosotras? —Sheena se levantó de un salto, corrió hacia Tony y le echó los brazos al cuello. Las lágrimas le nublaban la vista.

—Por supuesto que sí —dijo Tony, y les sonrió a ella y luego a sus hermanas—. He visto todo lo que habéis hecho para sacar adelante este proyecto del hotel. Y ahora vais a necesitar más ayuda que nunca para deshaceros de esa casa y construir algo mejor.

Les guiñó un ojo.

—Puede que hasta necesitéis un fontanero.

—¡Bien! —gritó Regan, y corrió hacia él.

Darcy la siguió.

—Eres el mejor cuñado del mundo —exclamó Regan entusiasmada, dándole un abrazo.

—Puede que tenga razón —dijo Darcy, sonriéndole antes de rendirse y darle también un abrazo.

Sheena lo abrazó con más fuerza.

—Es el mejor marido que podría tener.

—El único que tendrás en la vida, espero —corrigió Tony—. Te quiero, cariño.

De repente, Sheena reía y lloraba al mismo tiempo. Había estado tan asustada, tan hundida. Ahora no podía contener la felicidad que le brotaba por dentro.

Se volvió hacia sus hermanas.

Regan y Darcy la rodearon con los brazos. Se quedaron abrazadas, más unidas que nunca.

Los últimos meses habían sido una auténtica locura, pero Sheena sabía que aquello era solo el principio.

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