CAPÍTULO CUARENTA Y SIETE
SHEENA
Mientras Sheena y Tony se dirigían a la playa, el cielo iba cobrando intensidad, anticipando una hermosa puesta de sol. Las nubes flotaban sobre ellos como copos de nata montada. Sheena sabía por experiencia propia que pronto se teñirían de rojo y naranja con el sol poniente.
Sheena iba de la mano de Tony mientras avanzaban por el paseo marítimo hacia la arena. Lo echaría de menos más de lo que las palabras podían expresar.
Se quitaron las sandalias y permanecieron juntos sobre la arena blanca.
La invadió una profunda paz. El sonido de las olas abrazando la orilla y retirándose tímidamente en un ritmo constante resultaba reconfortante. Con Tony a su lado, cerró los ojos, disfrutando de aquel momento mágico de serenidad mientras su corazón se llenaba de amor.
—De alguna manera, lo conseguiremos —dijo Tony en voz baja.
Ella abrió los ojos y se volvió hacia él.
Él la atrajo hacia sí y acercó sus labios a los de ella.
Sheena respondió al beso sin importarle quién pudiera verlos. Era su hombre, y para bien o para mal, lo amaba.
Cuando se separaron, ella le tomó la mano.
—¿Damos un paseo por la playa?
Caminaron de la mano, contemplando cómo el sol iniciaba su descenso hacia el horizonte.
—Para —le dijo Sheena a Tony—. Quedémonos aquí a ver si vemos el destello verde.
—¿Destello verde? ¿De qué hablas? —preguntó Tony.
Sheena le explicó que le habían contado que, en el momento exacto en que el sol se hunde tras el horizonte, a veces se puede ver un destello verde.
—Se ha convertido en una especie de juego para la gente de la costa, buscarlo.
Contemplaron en cómodo silencio cómo el sol descendía poco a poco, una esfera anaranjada en un cielo que se iba oscureciendo.
Cuando por fin desapareció, dejando tras de sí un vacío, Sheena y Tony regresaron al hotel.
Acababan de llegar al paseo marítimo y ponerse las sandalias cuando oyeron una fuerte explosión. Entonces, una bola de fuego estalló sobre el hotel, como unos fuegos artificiales a destiempo.
—¡Dios mío! —gritó Sheena—. ¿Qué es eso?
Tony le agarró la mano y corrieron juntos hacia el hotel.
La gente de Gavin estaba agrupada frente al Gracie's, murmurando e inquieta. Luego, todos a una, echaron a correr hacia la parte trasera del terreno.
—¿Qué pasa? ¿Qué pasa? —gritó Sheena mientras corría tras ellos.
—Es la casa. Está ardiendo —dijo Gracie, apresurándose para alcanzar a Sam y Rocky, que iban a la cabeza del grupo.
Sheena se volvió buscando a Tony, pero él ya corría a la cabeza del grupo.
—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Mis hijos! —gritó Sheena. Vio a Regan y Darcy delante de ella—. ¡Darcy! ¡Ayúdame! —gritó.
Darcy se dio la vuelta y corrió hacia ella.
—¡Vamos! ¡Vamos! —la agarró del brazo y echó a correr.
Las piernas más largas y la mejor forma física de Darcy les permitieron adelantar a los demás. Para cuando llegaron a la casa, Sheena jadeaba con tanta fuerza que se sentía mareada. Y cuando vio las llamas saliendo por las ventanas de la cocina en la planta baja, le flaquearon las piernas.
Regan corrió hacia ellas y sujetó a Sheena entre sus brazos cuando estaba a punto de desplomarse.
—¡Meaghan! ¡Michael! —gritó Sheena entre sollozos histéricos, aferrándose a sus hermanas.
—Tony está intentando sacarlos —dijo Darcy—. Vosotras dos quedaos aquí. Voy a ver si puedo ayudarle.
—¡Dios mío! ¡Dios mío! Voy a perderlos a todos —gimió Sheena, incapaz de apartar la mirada de las llamas amarillas y naranjas que lamían el aire nocturno como la lengua de un dragón.
Las sirenas aullaron a sus espaldas y varios vehículos, con las luces centelleando, bajaron a toda velocidad por el camino de entrada.
—Ya llega la ayuda —le dijo Regan—. Y mira, Meaghan y Tony están saliendo de la casa.
—¡Michael! ¿Dónde está mi niño? —gritó Sheena—. ¡Michael! ¡Michael! —corrió hacia Tony y le agarró del brazo.
—¿Dónde está Michael?
—Dentro, arriba. Ven conmigo.
Rodearon la casa corriendo hasta el lateral. Michael estaba asomado a la ventana.
Sheena lanzó un alarido.
—¡Salta, Michael! ¡Salta!
—¡Apartaos! —gritó él. Sheena vio entonces que tenía una silla en las manos. La estrelló contra la ventana, astillando madera y cristal.
—¡Rápido! —gritó Tony.
Meaghan, llorando sin control, se aferró a Sheena. Regan y Darcy estaban detrás de ellas, abrazadas la una a la otra, tan impotentes como Sheena.
Michael se encaramó al alféizar y se tambaleó un instante. Luego, con un bramido, saltó hacia el césped.
Aterrizó con un golpe sordo que hizo temblar el suelo junto a Sheena y quedó tendido, gimiendo.
Sheena corrió hacia él y lo abrazó.
—¡Gracias a Dios! ¡Gracias a Dios! —se arrodilló a su lado, estrechándolo contra sí, con miedo de soltarlo.
—Mamá —dijo Michael, apartándola con suavidad—. Déjame levantarme. Solo me he quedado sin aire.
Tony la ayudó a ponerse de pie y se volvió hacia Michael.
—¿Estás bien? ¿Te duele algo? —le tendió la mano.
Michael la agarró y se puso de pie.
—Estoy bien, salvo por esto. Me lo corté con el cristal —extendió la mano izquierda. Aunque sangraba, Sheena vio que no era grave.
Riendo de puro alivio, Sheena lo abrazó con fuerza.
—Con eso podemos vivir.
Entre lágrimas, Regan y Darcy abrazaron a Michael, y luego hicieron lo mismo con ella, con Tony y con Meaghan.
Sheena había estado demasiado pendiente de Michael para fijarse en los bomberos, que trabajaban sin descanso para apagar el fuego. Pero al contemplar la casa y ver por primera vez la magnitud de los daños, dudó de que nadie pudiera volver a vivir allí.
—¿Qué ha pasado? —le preguntó a uno de los bomberos que estaba cerca.
—No estamos seguros. Parece que empezó en la cocina. Quizás en los fogones.
Una vez apagado el fuego, el jefe de bomberos y otros inspeccionaron la casa y, tras asegurarse de que no había peligro, permitieron a Sheena entrar a recuperar lo que pudiera.
Con una linterna de los bomberos en la mano, Sheena cruzó el umbral con cautela. En la planta baja, la cocina y la sala de estar contigua habían quedado destruidas. Pero las escaleras que subían al piso de arriba estaban intactas.
Subió las escaleras tanteando cada peldaño con cuidado. El olor acre a humo, a quemado y a humedad le revolvió el estómago.
Arriba, entró en su dormitorio. El bolso seguía sobre la cómoda, donde lo había dejado.
Estaba empapado, pero lo cogió de todos modos.
Al abrir uno de los cajones, dejó escapar un suspiro de alivio.
El ordenador que tenía abajo se había perdido, pero el disco duro externo, que actualizaba constantemente y guardaba en ese cajón, había sobrevivido.
Revisó el armario. La ropa había resistido las llamas, pero al ver la capa de ceniza pastosa que la cubría, se preguntó si alguna vez volvería a quedar limpia.
Sheena echó un vistazo rápido a las habitaciones de los niños. Se habían llevado los móviles consigo, pero el ordenador que compartían estaba empapado. La ropa, hecha un desastre.
Tony se reunió con ella.
—Venga, cariño, tenemos que salir de aquí.
Juntos recogieron toda la ropa que pudieron y abandonaron la casa.
Ya fuera, con la familia reunida a su alrededor, se volvió hacia sus hermanas.
—En general, no ha ido tan mal, teniendo en cuenta que los niños están a salvo —dijo, y rompió a llorar. Había pasado un miedo terrible. No sabía cómo podría vivir sin su familia.
—¿Por qué no os quedáis todos en la suite esta noche? —dijo Regan—. Darcy y yo buscaremos otro sitio.
Sheena se volvió hacia Tony.
Él negó con la cabeza.
—No. Iremos a un motel cercano. El olor a humo nos recordaría demasiado lo que casi perdimos.
A Tony se le llenaron los ojos de lágrimas.
Sheena lo rodeó con el brazo y se apoyó en él, tan afectada como él.
###
A la mañana siguiente, Sheena se levantó temprano y se puso la misma ropa de la noche anterior.
Tony se removió en la cama y la miró con gesto interrogante.
—Intenta dormir un poco más —susurró—. Voy a hablar con mis hermanas. Se acabó este proyecto para mí. Casi pierdo a Meaghan dos veces y a Michael una. Y tú nunca has estado de acuerdo con mi decisión.
—¡Espera! ¿Ni siquiera quieres hablarlo? —dijo Tony, incorporándose sobre el codo.
Sheena negó con la cabeza.
—No, no hace falta. Sé que estoy haciendo lo mejor para mi familia. Mis hermanas tendrán que entenderlo.
###
Sheena salió del motel y decidió ir andando por la playa para dejarles la furgoneta a Tony y los niños. Bajó a la arena y echó a andar hacia el Salty Key Inn.
El sol naciente extendía dedos anaranjados y rojizos entre las nubes grises del horizonte, y a Sheena le vino a la mente el horror de ver las llamas iluminar y después devorar su hogar.
Apenas había dormido en toda la noche, y solo lo había conseguido después de tomar una decisión sobre su futuro.
Sabía que echaría de menos Florida y el proyecto en el que sus hermanas y ella habían trabajado tan duro.
Pero había decidido que la vida era demasiado corta y su familia demasiado valiosa para seguir luchando por una causa que quizás nunca ganaría.
Normalmente el sonido de las olas la calmaba. Pero aquella mañana temprano, el viento parecía percibir su agitación y azotaba el agua formando olas espumosas que golpeaban la orilla como una mano furiosa.
Había querido encontrarse a sí misma. En muchos sentidos, lo había logrado. Pero se sentía como una equilibrista que solo hubiera cruzado la mitad de la cuerda floja e intentara mantener el equilibrio en el centro.