CAPÍTULO CUARENTA Y SEIS
SHEENA
—Terminemos de comer y vámonos de aquí —dijo Tony—. Le prometí a mi madre que pasaríamos por el hotel hoy para ver qué tal están.
—De acuerdo.
Sheena decidió no arruinar el rato que pasaban juntos discutiendo sobre el negocio de Tony. En unos días, su familia volvería a Boston.
Cuando terminaron de comer y esperaban la cuenta, Tony llamó a su madre.
—¿Cómo estás? Sheena y yo pensábamos pasarnos por ahí.
Escuchó y soltó una carcajada.
—Toma, dile a Sheena lo que acabas de decirme.
Tony le pasó el teléfono.
Intrigada, Sheena dijo:
—Hola, Rosa. ¿Qué pasa?
—No sé qué le hace tanta gracia. Solo le dije a Tony que había interrumpido nuestra «siestecita», pero que estábamos bien.
—¿Siestecita? ¿En serio?
Sheena se mordió el interior de las mejillas para no soltar una carcajada.
—Ya sabes, nuestra siestecita de mediodía antes de salir —dijo Rosa.
—Ah, sí —logró decir Sheena sin reírse—. Bueno, si quieres podemos pasarnos más tarde.
—¿Por qué no lo dejamos para mañana, querida? —dijo Rosa—. Tenemos planes para esta tarde y esta noche.
Sheena colgó y estalló en carcajadas.
—La siestecita de la que habla tu madre es una siesta de verdad. Y no, no quieren que pasemos. Por lo visto están ocupados esta tarde y esta noche.
—Vale —dijo Tony. Parecía decepcionado.
—Oye, quizá les apetezca alejarse de nosotros un tiempo —dijo Sheena.
Tony asintió pensativo.
—Seguro que tienes razón. Hemos vivido puerta con puerta todos estos años. No puede haber sido más fácil para ellos que para nosotros, aunque lo hemos pasado bastante bien.
—Sí, se han portado muy bien con nosotros —dijo Sheena—. La verdad es que para mí ha sido genial estar lejos. Seguro que ellos sienten lo mismo.
—Supongo que sí —dijo Tony—. Mamá sin querer vernos. Eso sí que es nuevo.
—Bueno, volvamos con la familia. Quiero asegurarme de que Meaghan esté bien, y tenemos que ver cómo está Michael. No sabe la suerte que tiene de tener una familia como la nuestra.
Sheena negó con la cabeza.
—¿Y esa idea de no trabajar? ¿De dónde ha salido eso? Los dos hemos trabajado duro toda la vida.
—Y para colmo, va con amigos que tienen mucho más dinero. Se cree que debería tener todo lo que tienen ellos.
—Para bien o para mal, es lo que hay —dijo Sheena. Observó a Tony, incapaz de ocultar su inquietud—. Saldremos adelante, ¿verdad?
Tony se limitó a apretarle la mano.
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A la tarde siguiente, sola en casa, Sheena cogió el teléfono para llamar a Rosa. Antes de que pudiera marcar, el móvil sonó. Miró la pantalla. Rosa.
—¡Hola! Justo iba a llamarte. ¿Qué hay?
—Solo quería saber de vosotros. Ha sido una visita tan agradable, y hemos estado muy liados. No he tenido tiempo de charlar.
—¿Qué habéis estado haciendo? —preguntó Sheena. La voz de Rosa rebosaba entusiasmo.
—Mirando sitios para comprar. Paul tiene un antiguo compañero de colegio que vive en la zona, en una urbanización estupenda de las de antes. Después de jugar una partida de golf con él, Paul quiere planteárselo. No puedo estar más contenta.
—Qué bien —dijo Sheena, sintiendo como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago. Paul y Rosa eran los dueños de la casa que Sheena y Tony llevaban años alquilando.
—De momento es solo una idea —dijo Rosa para tranquilizarla—. Pero una idea que nos hace ilusión.
Sheena se alegraba por sus suegros, pero le preocupaba el futuro. Todo parecía muy incierto.
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Aquella última noche de la visita de su familia, Sheena insistió en cocinar la cena para ellos. Solo le quedaban horas, no días, con ellos, y quería, no, necesitaba aferrarse a la esperanza de que la familia seguiría unida incluso después de que volvieran a Boston, dejándola atrás.
En lugar de preparar los platos italianos tradicionales a los que recurría en casa, había optado por algo con pescado y fruta fresca, y otros guiños al ambiente de Florida.
La mesa de la cocina estaba puesta para cuatro porque Regan y Darcy habían preferido no quedarse a cenar.
Aunque iban un poco apretados en la pequeña mesa, encajaba con el plan de Sheena de una reunión íntima.
En cada puesto había dejado un regalo, como había hecho cuando se marchó de Boston a Florida.
Esta vez, los regalos eran cuatro conchas diferentes y sencillas: recuerdos de la playa y de estar juntos.
Mientras su familia daba buena cuenta de la comida, Sheena los observó.
La piel clara de Meaghan aún conservaba un ligero tono rosado sobre el bronceado suave.
El bronceado de Michael acentuaba el color de sus ojos marrones, dándoles una profundidad intrigante.
¿Y Tony? Estaba aún más guapo ahora que el sol y el descanso de la rutina diaria del negocio le habían suavizado la piel, haciéndolo parecer más joven de lo que era.
Tony la pilló observándolo y sonrió. Los últimos días se había empeñado en demostrarle que de algún modo superarían las dificultades que tenían por delante, tanto en su matrimonio como con el negocio.
—Os voy a echar de menos a todos.
Sheena suspiró y forzó una sonrisa.
—Pero en solo unas semanas, vosotros volveréis para el verano.
—Sí, y para entonces Brian me ha dicho que puedo ayudarle a arreglar el muelle, tanto aquí en el hotel como detrás del bar.
Está pensando en montar un negocio de alquiler de barcas y quiere que yo lo lleve —dijo Michael.
Había un orgullo nuevo en su voz que a Sheena le gustó.
Después de asegurarse de que Michael cumpliera con su parte del trabajo para Regan, Brian había tomado a Michael bajo su ala, enseñándole cosas que podía hacer en el hotel.
Entre ellos se había formado rápidamente un vínculo de hombres que había suavizado la actitud de Michael.
—Brian está metido en tantos negocios que ya he perdido la cuenta —dijo Sheena—. Pero es bueno en todo lo que hace. Me alegra que hayas estado a la altura y hayas hecho un buen trabajo para él, Michael.
Se volvió hacia Meaghan.
—¿Este verano vas a trabajar en Gracie's?
—¡Sí! —Con el pantalón nuevo y la blusa de algodón que Sheena le había prometido, Meaghan se levantó y dio una vuelta sobre sí misma para que la vieran—. Quiero ahorrar dinero para la ropa del colegio. ¿De verdad que puedo ir al colegio aquí el próximo otoño?
Sheena y Tony intercambiaron miradas.
—Todavía lo estamos viendo —dijo Tony. Aunque había sido la propia Meaghan quien se lo había preguntado, la idea no le hacía ninguna gracia.
—¿Todos listos para el postre? —preguntó Sheena.
Sonrió al ver que los tres asentían con entusiasmo.
—Vale, Meaghan, recoge tú.
Mientras Meaghan llevaba los platos al fregadero, Sheena cortó la tarta de piña en porciones y las sirvió.
—Cocinas muy bien, de verdad —dijo Tony—. Hemos echado de menos tu comida. ¿Verdad, chicos?
—¿Y? —Sheena esperó una respuesta.
—Y a ti también, por supuesto —dijo Tony.
—De verdad, mamá, a ti también —dijo Michael.
—¿Lo suficiente como para coger el teléfono cuando llame? —Sheena no quería pasar otro par de meses sin saber de sus hijos ni hablar con ellos a menudo.
—Vaaale —dijo Meaghan—. Lo prometo.
—Bien. Después del postre, ¿alguien quiere dar un paseo por la playa? Hace buena tarde.
Michael negó con la cabeza.
—Yo no. Voy a subir a mi cuarto a escuchar música.
—Yo voy a probarme otra vez la ropa nueva —dijo Meaghan.
Sheena se encogió de hombros.
—Vale. ¿Y tú, Tony?
—Me apunto. He oído que ha llegado otra ola de frío a Boston. Va a ser agradable dar un último paseo con este buen tiempo.
Tony y Sheena salieron de la casa y se encaminaron hacia la playa.