Encontrándome (Serie Salty Key Inn nº 1) CAPÍTULO TREINTA Y NUEVE #2
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CAPÍTULO TREINTA Y NUEVE #2

Sheena se recompuso. Recordaba haber visto la puerta cerrada después de que Michael y Meaghan salieran de la piscina. —Comprobaremos que la puerta no tenga ningún defecto, pero estaba cerrada. ¿Cómo es que su hija salió sola? No había nadie vigilándola.

—No me eches la culpa a mí —dijo la madre—. Estaba en el restaurante esperando la cuenta. Fue entonces cuando me di cuenta de que Lily no estaba. Si el servicio hubiera sido mejor, esto no habría pasado.

A Sheena se le agolparon en la mente todas las cosas que quería gritarle a aquella mujer, pero contuvo la ira. —Lo importante es que su hija está a salvo. ¿Verdad, Lily?

Lily sonrió cuando Sheena le revolvió el pelo.

Su madre suspiró. —Está a salvo, gracias a Dios. Pero te advierto que, si le hubiera pasado algo, os habría demandado y os habría quitado hasta el último céntimo. Ahora solo quiero irme.

—Deja que te acompañe al coche. ¿Está aparcado junto al restaurante? —Sheena habló con toda la calma que pudo, aunque estaba deseando que la mujer se marchara de allí.

—Gracias. Me las arreglaré sola —dijo la mujer con un tono altivo que irritó aún más a Sheena.

Sheena se quedó mirando mientras la mujer se alejaba y luego, con las piernas aún temblorosas por lo ocurrido, la siguió a distancia. Solo cuando la mujer hubo abrochado a Lily en la sillita del coche, se hubo sentado al volante y se hubo marchado, pudo Sheena exhalar un suspiro de alivio.

—¿Qué te ha pasado? —dijo Darcy, que salía del restaurante y la miraba fijamente.

Sheena miró a su hermana y rompió a llorar.

—Un bebé, una serpiente, la piscina…

Darcy le pasó un brazo por los hombros.

—Tranquila. Respira hondo y luego cuéntame qué ha pasado.

Sheena se recompuso y finalmente pudo darle los detalles a Darcy.

—Será mejor que revisemos la puerta —dijo Darcy, tomándola del brazo.

—Michael y Meaghan usaron la piscina antes de irse a la playa. Tendremos que asegurarnos de que entienden lo importante que es cerrarla bien.

—Más que eso, necesitamos otra puerta, una pesada con un sistema de llave especial, que se cierre rápido y de forma segura. Las he visto en otros hoteles.

—Tienes razón —dijo Sheena—. Eso debería solucionarlo.

Se le llenaron los ojos de lágrimas al recordar aquel encuentro aterrador. Le tembló la voz.

—¿Y qué pasa con las serpientes?

Darcy se rio por lo bajo y le dio una palmada en la espalda.

—Eso ya es otro tema. Quizá ahí es donde entra Petey.

Como si le hubieran dado pie, el pavo real cruzó el césped hacia ellas, emitiendo su horrible sonido.

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Darcy tomó a Sheena del brazo y, sin hacer caso a Petey, caminaron por el césped hacia la casa rosa.

Rosa les salió al encuentro y abrazó a Sheena.

—¡Dios mío! ¡Salvaste a esa niña!

—Dios, qué susto me llevé —dijo Sheena—. Todavía estoy temblando.

Le sonrió a Darcy.

—Menos mal que apareciste.

Rosa le sonrió.

—Gracias, Darcy, querida. ¿Quieres acompañarnos? Paul y yo vamos a llevar a la familia a cenar fuera.

—No, gracias. Te lo agradezco, Rosa, de verdad. Pero tengo una cita.

—¿Tienes una cita? —dijo Sheena.

—Chip me invitó a salir y le dije que sí —dijo Darcy con orgullo.

—Pensé que tenía novia —dijo Sheena, mirándola con atención.

—Resulta que la chica de la que habla es su perra, una golden retriever llamada Lucy. ¿A que es gracioso?

Sheena sonrió.

—Esa es la clase de competencia que a cualquier chica le encantaría tener.

Darcy se rio, pero Sheena sabía lo insegura que era su hermana.

Más tarde, cambiada y refrescada, Sheena miró el reloj. ¿Dónde estaban sus hijos? Llevaban mucho tiempo en la playa, el suficiente para coger unas buenas quemaduras.

—Voy a ver cómo están los chicos —le aseguró a su suegra.

Paul y Rosa querían pasar por el hotel antes de llevar a la familia a cenar a un restaurante de mariscos sobre el que habían leído.

Mientras cruzaba los jardines del hotel, vio a Tony que caminaba hacia ella. Fue corriendo a su encuentro.

—¿Adónde vas? —le preguntó Tony.

Ella le explicó la situación y dijo:

—¿Quieres acompañarme?

—Claro. Quería hablar contigo a solas de todos modos, para asegurarme de que no te había molestado la visita sorpresa de mis padres.

—No hay problema. Adoro a tus padres.

Le dedicó a Tony una sonrisa pícara.

—Según tu madre, van a pasarlo bien y relajarse. Y se lo merecen. Incluso se ha comprado lencería.

Él se rio.

—¿En serio? Con razón no me dejaron pagar el hotel. Lo intenté.

Cruzaron la carretera y caminaron por el paseo marítimo más compenetrados de lo que habían estado en mucho tiempo.

Al pisar la arena blanca, Sheena se cubrió los ojos con la mano y escudriñó la playa. No vio ni a Michael ni a Meaghan, pero había un pequeño grupo de gente congregado más adelante.

Tony la siguió mientras ella se dirigía hacia ellos a paso rápido. Cuando vio a una chica de pelo rojizo forcejeando en el agua, Sheena echó a correr con el instinto maternal en alerta máxima.

Michael se separó del grupo y corrió hacia ellos.

—¡Mamá! ¡Papá! ¡Es Meaghan! Está atrapada en una corriente de resaca. Intenté ayudarla, pero no pude. Era demasiado fuerte. Ahora un hombre está intentando ayudarla.

—¡Dios mío! —exclamó Sheena.

Juntó las manos en una oración silenciosa.

—Tiene que conseguir que nade en paralelo a la orilla para que pueda salir —dijo Tony.

Corrió hasta la orilla para ver cómo iban.

Sheena y Michael se quedaron junto a Tony. Sheena rezó para que Meaghan, terca como era, escuchara las instrucciones que el hombre parecía estar dándole. El instinto natural de cualquiera sería nadar directamente hacia la orilla.

Meaghan era buena nadadora, pero Sheena se preguntaba cuánto aguantaría. Su mente, como un proyector de cine, proyectaba recuerdos de Meaghan: desde el bebé diminuto y llorón que había sido hasta la adolescente que intentaba encontrar su camino.

—Por favor, Dios, por favor no dejes que se ahogue —susurró Sheena, luchando contra el impulso de lanzarse al agua ella misma para llegar hasta su hija.

Michael le pasó un brazo por los hombros.

—Estará bien, mamá. El hombre la está ayudando. Ya se acerca a la orilla.

—¿Quién es? ¿Lo conoces? —preguntó Sheena.

Había estado tan pendiente de Meaghan que ni se había fijado en él.

—Se llama Sam. Trabaja en el hotel.

—¡Dios mío! ¿Sam Patterson? Es de la gente de Gavin.

Sería horrible que se ahogara intentando salvar a su hija. Se volvió hacia su marido, pero Tony corría hacia el agua con la ropa puesta.

Y ahora podía ver que Sam sujetaba a Meaghan y la arrastraba hacia su padre.

Sin importarle la ropa, se metió en el agua para recibirlos. Tony llegó primero y estrechó a su hija contra el pecho. Las lágrimas corrían por las mejillas de Meaghan mientras boqueaba, luchando por recuperar el aliento.

Sheena se volvió hacia Sam y le rodeó el cuerpo delgado con los brazos, sintiendo cómo le subía y bajaba el pecho. —¡Gracias! ¡Gracias! —dijo, y rompió a llorar con sollozos que le nacían de lo más hondo.

Observó cómo Tony levantaba a Meaghan en brazos y se dirigía tambaleándose hacia la orilla.

Michael salió a su encuentro y entre los dos pusieron a Meaghan de pie. Sheena se apresuró a reunirse con ellos. Los cuatro permanecieron allí, abrazados.

Sheena buscó a Sam con la mirada y le hizo señas para que se acercara.

—Tony, este es Sam Patterson. Trabaja en el hotel.

—Gracias por salvar a nuestra hija —dijo Tony, sacudiéndole la mano a Sam sin parar mientras contenía las lágrimas.

Se volvió hacia la gente que los rodeaba.

—Ya está bien, amigos. Necesitamos estar solos un momento.

La pequeña multitud se dispersó, dejándolos solos a los cinco.

Meaghan alzó la vista hacia Sam.

—Creí que me iba a ahogar, pero me salvaste.

Sam arrastró los pies, incómodo, y cuando levantó la cara, tenía los ojos anegados en lágrimas.

—Creí que te perdía. Esas corrientes pueden ser muy traicioneras.

Apareció un cámara de televisión.

—¿Qué tenemos aquí? ¿Un rescate?

Sheena asintió y se volvió hacia Sam. Pero Sam ya corría playa abajo, alejándose de ellos.

—Es un asunto privado —dijo con firmeza, preguntándose por qué huía Sam.

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Rosa los recibió a la puerta de la casa.

—¡Dios mío! ¿Qué ha pasado? Sheena, es la segunda vez en el día que llevas la ropa empapada. ¿Has salvado a alguien más?

Tony la miró con extrañeza.

—Te lo cuento luego —dijo Sheena, pensando que había sido uno de los peores días de su vida—. Ahora mismo tengo que meter a Meaghan en la bañera. Está temblando.

Un pensamiento inquietante no dejaba de rondarle la cabeza a Sheena mientras se aseaba y se cambiaba de ropa. Las desgracias nunca vienen solas, siempre de tres en tres. ¿Qué otra cosa horrible estaba a punto de pasarle?