Encontrándome (Serie Salty Key Inn nº 1) CAPÍTULO TREINTA Y OCHO
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CAPÍTULO TREINTA Y OCHO

SHEENA

Sheena caminaba con brío por la playa; necesitaba estirar los músculos doloridos. Días y días pintando muebles le habían dejado el cuerpo resentido, con músculos que llevaba tiempo sin usar. Michael y Tony llegaban al día siguiente y quería poder recibirlos sin quejarse.

Mientras caminaba, recordó la época en que ella y Tony habían pintado un dormitorio esperando el nacimiento de Michael.

Apenas parecía que hubieran pasado casi diecisiete años.

Habían sido tan jóvenes —ella y Tony—, llenos de esperanza, optimismo y ganas de pasarlo bien.

Esperaba que su tiempo en Florida con él ayudara a recuperar algunos de esos sentimientos.

El sol le sentaba bien. El clima más cálido hacía que sus paseos matutinos fueran más agradables. Vestida solo con el traje de baño —el que sus hermanas consideraban aburrido— levantó los brazos y echó a correr por la orilla, despreocupada por un instante.

Aflojó el paso y pensó en los últimos dos meses.

Tres mujeres compartiendo un solo baño bastaba para poner a prueba la paciencia de cualquiera.

Aunque todas intentaban llevarlo con educación, las discusiones eran inevitables.

Y la tensión entre Darcy y Regan seguía aflorando por la falta de interés de Brian Harwood.

Sheena pensaba que la postura de Darcy era absurda, pero se había prometido no meterse en su pelea.

Darcy era de esas personas que tenían que aprender las cosas por las malas, y como un bulldog que no suelta lo que tiene entre los dientes, no iba a renunciar a una idea.

Cuando Sheena se volvió para regresar al hotel, vio a lo lejos una pequeña figura que venía hacia ella. Reconoció a Meaghan y se apresuró a su encuentro.

Meaghan llegó corriendo.

—¡Hola! Hoy es el día de ir de compras, ¿verdad?

—Hoy es el día de comprarte otra falda y blusa para trabajar en Gracie's. Eso no es precisamente ir de compras.

—Ya que salimos, ¿no podemos echar un vistazo a las tiendas molonas?

—No creo que sea buena idea —dijo Sheena—. Solo sería frustrante porque no te voy a comprar nada más. Aquí estamos a régimen de austeridad.

—¡Mamá! No puedo volver al cole sin ropa nueva —se quejó Meaghan.

—Al final de tu visita, puedes elegir unos pantalones y una blusa. Con todo lo que tienes en casa, será suficiente hasta que vuelvas.

Meaghan se puso en jarras y le lanzó una mirada desafiante.

—¿Y si no quiero volver?

Sheena hizo un gesto con la mano para cortarla.

—No voy a entrar en eso, así que no gastes saliva.

Meaghan la fulminó con la mirada.

Sheena echó a andar. Cada vez que Meaghan hacía algo estupendo —como cubrir un turno doble en el restaurante porque Clyde se encontraba mal— enseguida lo estropeaba volviendo a las andadas con sus quejas. «¡Paciencia!», se dijo Sheena.

Meaghan la alcanzó.

—¿Y si buscamos esos pantalones y la blusa hoy?

—No, les prometí a Regan y Darcy que las ayudaría a preparar una habitación temporal en el edificio de suites. Han insistido en mudarse de la casa para que podamos estar juntos en familia. ¿No es un detalle?

Meaghan se encogió de hombros.

—Supongo.

Sheena estaba ilusionada con volver a estar todos juntos. Por mucho que le gustara su independencia, era madre y siempre lo sería. Y eso significaba que, como una gallina clueca, quería tener a sus pollitos cerca.

Cuando Sheena y Meaghan volvieron a la casa, Regan ya estaba levantada y en la cocina, tomando café.

—Café. Necesito café —dijo Darcy, que entró en la habitación medio dormida—. Me quedé despierta hasta muy tarde leyendo.

—¿Buen libro? —preguntó Sheena.

—El mejor. Reí. Lloré —Darcy suspiró—. Me encantaría poder escribir uno así algún día.

—Ese día llegará —dijo Sheena—. En cuanto estemos en marcha y con un horario más estable, tendrás tiempo para ti. Este sitio tan tranquilo junto al agua tiene que ser ideal para escribir.

—Ojalá Dios te oiga —dijo Darcy.

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A última hora de la tarde, Sheena no sabía quién estaba más agotada: Darcy, Regan o ella.

Se habían pasado el día limpiando una de las suites, cambiando muebles y equipando la cocineta.

Les habían traído colchones nuevos para las camas.

Las toallas, sábanas, almohadas y colchas, compradas a un proveedor hotelero, ya estaban colocadas en las camas y en los baños.

Todo se había adquirido con la idea de probarlo para el hotel.

—¡Guau! Tengo mi propio baño —dijo Regan—. No quiero volver a la casa en la vida.

—Yo tampoco. Aquí tengo sitio de sobra —dijo Darcy.

—Al final tendréis que mudaros cuando renovemos las habitaciones —les recordó Sheena. Habían hecho todo lo posible por dejar la suite habitable, pero no cumplía sus estándares de limpieza y frescura.

—¿Puedo venir a quedarme aquí? —preguntó Meaghan.

Sheena negó con la cabeza.

—Vamos a estar juntos en familia la semana que estemos todos aquí.

Meaghan hizo un puchero.

—Puedes ducharte aquí —dijo Darcy—. ¿Verdad?

Sheena asintió.

—Por mí, perfecto.

La verdad es que a ella tampoco le vendría mal una ducha en condiciones.

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A la mañana siguiente, mientras Sheena y Meaghan iban en coche a Tampa para recoger a Tony y Michael en el aeropuerto, el ánimo de Sheena fue mejorando.

Estaba deseando verlos. Y aunque había pasado poco tiempo desde la última visita de Tony, se había avanzado mucho en el hotel. Esperaba que le gustara.

Sheena entró en el aparcamiento de corta estancia y, después de dar varias vueltas, por fin encontró un hueco.

—Date prisa —dijo Meaghan—, el avión está a punto de llegar.

Sheena sonrió ante su entusiasmo. Meaghan probablemente no lo admitiría, pero estaba ansiosa por ver a su hermano. Por mucho que discutieran y se picaran, en el fondo se querían.

Entraron deprisa en el edificio y bajaron a la zona de recogida de equipajes. El panel de llegadas y salidas indicaba que el avión de Tony y Michael había aterrizado hacía unos minutos. Meaghan corrió hasta la escalera mecánica para ver bajar a la gente y volvió corriendo junto a Sheena.

—¿Cuándo van a llegar? —Los ojos de Meaghan brillaban de emoción, y a Sheena le recordaron las veces en que la niña no podía esperar a que llegaran sus amigas a una fiesta de cumpleaños.

—Deberían estar aquí en cualquier momento —dijo Sheena, y al levantar la vista vio a Tony y Michael... y a Rosa y Paul, que venían hacia ellas.

Sheena fue rápidamente hacia ellos.

—¡Vaya! Rosa y Paul, ¡qué sorpresa! —Los abrazó a los dos y luego se volvió hacia Michael—. ¿Has crecido desde la última vez que te vi? Pareces mucho más alto.

—Ay, mamá. No ha pasado tanto tiempo —murmuró, pero la abrazó con una fuerza sorprendente.

Sheena se acercó a Tony y lo rodeó con los brazos.

—Me alegro muchísimo de que estés aquí. Qué sorpresa veros a todos.

Él le sonrió radiante.

—Sí, mamá y papá querían ver esto de lo que tanto hablábamos. Les dije que los alojaría en un hotel cercano, que el tuyo todavía no estaba listo para huéspedes.

Sheena se volvió hacia sus suegros.

—Podéis compartir una de nuestras suites familiares con Regan y Darcy. A menos que prefiráis estar solos.

Rosa le dedicó a Paul una sonrisa tímida.

—Gracias, pero nos gustaría tener tiempo para nosotros. —Se le sonrojaron las mejillas—. Como una segunda luna de miel, con muchos años de retraso.

Los chicos protestaron con un gemido cuando Rosa les guiñó el ojo. Sheena y Tony intercambiaron una sonrisa. «Las sorpresas nunca acaban», pensó Sheena. «Fíjate, una luna de miel a su edad».

Entre todos metieron el equipaje en la parte trasera de la furgoneta, y Sheena tomó la autopista hacia el hotel. Decidió no avisar a sus hermanas. Quería que Rosa y Paul vieran lo duro que estaban trabajando todas.

—El hotel todavía está en obras —explicó Sheena. Condujo bordeando la costa para que todos pudieran ver bien la zona.

—Eso sí, Gracie's es un restaurante estupendo —dijo Meaghan—. Y lo digo con conocimiento de causa: trabajo allí.

Por el espejo retrovisor, Sheena miró a su suegra y le hizo una señal silenciosa.

—Eso es maravilloso, cariño. Estoy orgullosa de ti —dijo Rosa con sentimiento.

—Estoy deseando tumbarme en la playa —dijo Michael—. Se lo he contado todo a mis amigos.

Sheena respiró hondo y dijo con firmeza:

—El tiempo que pases en la playa dependerá de cuánto trabajes cada día.

—¡¿Quéeee?! ¡Ni hablar! —La mirada incrédula de Michael sería divertida si no fuera tan patética. Estaba tan mimado como Meaghan.

—Toda la familia está trabajando junta para que esto salga adelante, por el bien de todos —dijo Sheena—. Tú incluido, Michael. Trabajarás con Brian en varios proyectos o a las órdenes de Regan. Para empezar, necesitamos ayuda para mover cosas. Pero hay muchos otros proyectos para ti.

—No es justo —refunfuñó Michael.

Sheena lo ignoró.

—Bien contento que estás de conducir el coche, hacer deporte y todo eso —dijo Tony—. Ahora te toca arrimar el hombro, Michael.

Sheena le dedicó a Tony una rápida sonrisa de agradecimiento por su apoyo.

—¿Te gusta vivir aquí? —le preguntó Paul desde el asiento trasero de la furgoneta.

—Sí —dijo Sheena—. Aún no ha llegado el calor del verano, pero me encanta poder levantarme por la mañana y dar un paseo por la playa. Es muy relajante.

—Parece una playa preciosa —dijo Rosa, y suspiró—. Estoy harta de los inviernos del norte. Será cosa de la edad, pero juro que cada año hace más frío.

—Venga, cariño, estás estupenda —dijo Paul.

Sheena y Tony intercambiaron miradas divertidas. Quizá este viaje fuera la luna de miel que sus padres querían.

Antes de llegar al hotel, Sheena aminoró la marcha.

—Os aviso: el Salty Key Inn es de estilo antiguo de Florida. Nada elegante. Pero la verdad es que nos está encantando.

Cuando Sheena giró hacia el aparcamiento de Gracie's, recordó lo impactadas que se habían quedado ella y sus hermanas al ver el lugar por primera vez. Ahora, con una mano de pintura fresca, nuevas plantas alrededor del edificio y habiendo entendido mejor el estilo, pensó que quedaba estupendo.