CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO
SHEENA
Sheena le enseñó a Meaghan algunas de las habitaciones del Edificio Egret, donde Regan trabajaba.
Cuando entraron en una de las habitaciones, Regan alzó la vista y les sonrió.
—Cuento contigo para que me eches una mano, Meaghan.
Meaghan hizo una mueca.
—Ya tengo un trabajo.
—Solo por la mañana —dijo Regan—. Por la tarde puedes ser mi ayudante.
Ante la firmeza en la voz de Regan, Sheena sonrió. Les había explicado a sus hermanas lo importante que era que la apoyaran, no solo manteniendo a Meaghan ocupada, sino también haciéndole ver la importancia de que toda la familia trabajara unida.
—Voy a hacerle a Meaghan una visita rápida, con un paseo por la playa, y luego volveremos a ayudarte.
—Me siento como si estuviera en la cárcel —refunfuñó Meaghan mientras salían de la habitación.
Sheena ignoró el comentario. Por duro que le pareciera el castigo a Meaghan, Sheena estaba decidida a mantenerlo. Haría lo que fuera por recuperar a su dulce hija.
Después de ponerse los trajes de baño, Sheena le enseñó a Meaghan el camino a la playa. Observó con atención cómo Meaghan contemplaba por primera vez la extensión de arena blanca.
—Preciosa, ¿verdad?
A Meaghan le brillaron los ojos.
—Sí.
—Vamos a dar un paseo. Quiero que veas algunas de las casas y los pequeños hoteles de la zona.
Meaghan frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque, mi querida hija, puede que algún día acabes siendo dueña de una parte de nuestro hotel.
Parte del motivo por el que te pedimos ayuda es ver si este tipo de negocio te interesa.
No es un juego, Meaghan. Una vez que decidimos aceptar el desafío, nosotras tres queremos sacar adelante este hotel.
Algún día, podría ser una gran oportunidad para ti y para Michael.
Meaghan bajó la mirada y pateó la arena con el pie descalzo.
Sheena caminó hasta la orilla y metió un dedo del pie en la espuma. Meaghan se acercó a ella.
—¡Mira! ¡Veo unos pececitos! —exclamó Meaghan maravillada.
Sheena sonrió.
—¡Mira allá arriba!
Un trío de pelícanos, como aviones en una exhibición aérea, formaba un triángulo mientras rozaba la superficie del agua.
Meaghan se protegió los ojos con la mano y los observó.
—Guau —dijo en voz baja.
Con graznidos estridentes, las gaviotas alzaron el vuelo sobre ellas, con las alas bien abiertas.
Meaghan se volvió hacia ella con una sonrisa. Sheena se la devolvió y echó a andar, dejando que la magia del lugar las envolviera. Siempre había encontrado consuelo en el sonido relajante de las olas al romper contra la arena, en los gritos de las aves, en el calor del sol.
Meaghan se apresuró a alcanzarla.
—¿Lo decías en serio, mamá? ¿Algún día Michael y yo podríamos ser dueños de parte del hotel?
—Tienen que pasar muchas cosas para que eso ocurra, pero creo que es posible. Eso sí, Meaghan, hasta ahora solo ha sido un montón de trabajo. Nada más.
Meaghan se quedó callada, pero Sheena casi podía ver cómo le daba vueltas la cabeza. Se detuvo y señaló a lo largo de la playa. A lo lejos, una estructura alta y rosa se alzaba como un flamenco de estuco.
—Ese es uno de los hoteles más grandes de la zona. Algún día te llevaré a comer allí.
Meaghan hizo su típico puchero.
—¿De verdad tengo que trabajar en la cocina? Es muy sucia y tendré que trabajar con ese tipo que no parece normal.
—Ese tipo se llama Clyde y es uno de los hombres más dulces que conozco. Es un poco lento, pero hace bien su trabajo, y lo hace con ganas. Espero lo mismo de ti.
—No es justo —refunfuñó Meaghan.
Sheena se recordó que debía controlar su frustración.
—La vida no es justa, Meaghan, y la pobre Marina lo sabe bien.
Meaghan apartó la mirada.
—Ya le pedí perdón. ¿Qué más puedo hacer?
—Vayamos día a día y las respuestas llegarán —dijo Sheena—. Será mejor que volvamos al hotel a ayudar a Regan.
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En la casa, Sheena le dio a Meaghan unos pantalones cortos y una camiseta.
—Mejor ponte esto. Es tu ropa de pintar. Te he comprado una falda y una blusa para trabajar en el restaurante. Gracie ha encargado unas camisetas con su logo, pero no llegarán hasta dentro de unos días.
Meaghan miró la etiqueta.
—¿Dónde has comprado esto?
—En Walmart —dijo Sheena—. Aquí no necesitamos ropa cara. No cuando nos estamos dejando la piel para sacar adelante el hotel.
—Si Lauren... —Ante el ceño fruncido de Sheena, Meaghan se calló—. ¡Lauren es la chica más popular de mi clase y mi mejor amiga, mamá!
—¿Te ha llamado o te ha pedido perdón por meterte en problemas?
Meaghan negó con la cabeza.
—Le está diciendo a todo el mundo que la culpa es mía. —Se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Menuda amiga —dijo Sheena—. Te espero abajo.
La expresión de dolor en el rostro de Meaghan le había llegado al corazón, pero tenía que mantenerse firme en su empeño de que Meaghan comprendiera que había tomado malas decisiones. Todo este episodio con Marina era un punto de inflexión crucial en la joven vida de Meaghan.
Cuando Meaghan bajó, Sheena la rodeó con el brazo.
—Vamos a ver qué hace Regan. Si todo va bien, podemos tener los muebles pintados en una o dos semanas. Y puedes ayudar a preparar una de las suites de forma provisional. Ahí es donde nos quedaremos cuando papá y Michael vengan con nosotras.
Ella, Regan y Darcy habían decidido abrir las ocho suites lo antes posible para poder cobrar más por las habitaciones. Sheena y su familia probarían las instalaciones, anotando los problemas que encontraran y sus posibles soluciones.
Encontraron a Regan en lo que ahora llamaban la sala de pintura.
—Bien. Me alegro de que estéis aquí. Quiero enseñaros una técnica nueva que aprendí en una clase de arte. Consiste en pintar muebles con pintura de tiza para darles un aspecto envejecido. Es muy fácil. Y encaja bastante con el estilo decorativo que busco.
Sheena examinó la cómoda que Regan le señalaba. Era de un precioso tono azul, con la superficie envejecida y detalles en blanco. Parecía antigua y valiosa, nada que ver con el mueble desgastado que había sido antes.
—¿Cómo lo has hecho? —preguntó Sheena con una amplia sonrisa.
—Como te digo, es fácil y no lleva mucho tiempo.
Sheena se volvió hacia Meaghan.
—¿Qué te parece?
—Bonito, pero parece difícil.
Regan sonrió.
—Ese es el secreto. No es tan difícil. Pintas rápido y en todas direcciones. La pintura se seca en unos veinte minutos, después le aplicas cera para resaltar la textura. Luego puedes añadir el segundo color. Hace unos meses pinté una cajonera para mi apartamento. ¡Fue muy divertido!
—¿Es caro? —preguntó Sheena.
Regan sonrió.
—Más barato que comprar muebles nuevos. En cada habitación podemos pintar los cabeceros que están atornillados a las paredes en este tono azul con detalles en blanco.
Y aquí, en la sala de pintura, podemos encargarnos de las cómodas y las mesitas de noche.
Así ahorraríamos dinero y tendríamos más presupuesto para lámparas bonitas, detalles decorativos e incluso televisores.
Sheena le dio una palmada en la espalda a Regan.
—¿Cómo hemos tenido tanta suerte de que te ocuparas de la decoración?
Regan se ruborizó de satisfacción.
—Ya he encontrado un proveedor aquí en la zona de Tampa Bay para la pintura y los pinceles redondos que recomiendan.
—Llamemos a Darcy para que dé el visto bueno. Y, Regan, tenemos que calcular cuánto costará hacer las veinte habitaciones de esta planta. Después haremos los números de las suites. A lo mejor conseguimos un buen precio si compramos al por mayor.
Regan llamó a Darcy y luego preguntó:
—¿Hacemos las suites en colores diferentes? Podríamos usar un bonito gris suave.
Sheena asintió.
—Me gusta la idea. Combinaría bien con colores alegres para las colchas que tenemos que comprar.
Regan miró a Sheena con gesto suplicante.
—¿Me ayudas a calcular lo que necesitamos? Te digo cuánta pintura y cera hace falta para cada cómoda y mesa. Y después te puedo dar una estimación bastante aproximada de lo que necesitarán los cabeceros.
—Brian nos ha dado un buen precio para ayudarte a pintar los muebles, pero puede que no le haga gracia tener que apañárselas con esos cabeceros. —Sheena sonrió al ocurrírsele algo—. Tú tendrás que convencerlo, Regan. Por ti lo hará.
Regan se plantó con los brazos en jarras.
—¿Por qué todo el mundo dice esas cosas? Sabes que no me gusta.
—Pero tú a él sí —dijo Sheena.
—¿Quién es Brian? —preguntó Meaghan, justo cuando Brian entraba por la puerta con Darcy.
La cara de asombro de Meaghan era adorable mientras contemplaba los rasgos atractivos del hombre y su cuerpo esbelto y tonificado.
—Meaghan, te presento a Brian —dijo Sheena—. Brian, esta es mi hija, Meaghan. Está aquí para echar una mano durante un par de semanas.
Cuando Brian la miró, su sonrisa hizo que Meaghan se ruborizara.
—Hola. Bienvenida —dijo Brian—. Nos viene bien toda la ayuda que puedas darnos. Tengo entendido que vas a trabajar en el restaurante de Gracie. Muy bien.
Meaghan se puso aún más colorada.
Se volvió hacia Regan.
—He pensado que sería mejor echar un vistazo a lo que estás haciendo. Darcy me ha dicho que es una forma diferente de pintar muebles.
Darcy y Brian escucharon a Regan explicar los proyectos de pintura y después la vieron demostrar cómo había usado la pintura de tiza en la cómoda.
—Nunca había visto nada igual, pero me encanta —dijo Darcy mientras pasaba la mano por el mueble que Regan había terminado—. ¿Es difícil?
Regan volvió a explicar cómo trabajar con la pintura y la cera. Sheena observó con satisfacción cómo el orgullo se reflejaba en el rostro de Regan. Tenía todo el derecho a sentirse orgullosa.
—Me parece estupendo —dijo Darcy—. Dará a las habitaciones un aspecto único sin pretensiones, simplemente artístico. Buen trabajo, Regan. —Se volvió hacia Meaghan—. Mientras ellas hacen los cálculos, ¿quieres ver mi despacho?
—Claro —dijo Meaghan—. ¿Brian viene también?
Brian y Sheena cruzaron una mirada y disimularon la risa. Había hecho otra conquista.
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Regan acompañó a Sheena a la casa para repasar los números.
Sheena preparó una hoja de cálculo en Excel con el listado de muebles y luego, juntas, calcularon cuánta pintura de cada color necesitarían, además de la cera, los pinceles y demás.
Sheena se llenó de emoción.
—Si conseguimos hacerlo por menos de 3.000 dólares como dices, Regan, será un ahorro enorme para nosotras. Eres listísima.
Regan sonrió.
—Cuando encontremos espejos, cuadros y lámparas bonitos, y alguna silla en la subasta, todo quedará aún mejor. Y no olvides que hay varios proveedores hoteleros en Florida que estarían encantados de trabajar con nosotras.
—Vale, vamos a encargar la pintura y los materiales, y pasado mañana nos ocuparemos del resto de los muebles y accesorios.
La ropa de cama vendrá al final: sábanas, toallas, almohadas y colchas.
Puede que no podamos hacer mucho más hasta que veamos cómo andamos de dinero.
Pero por primera vez creo que podemos sacar adelante este proyecto y hacerlo bien.
No me preocupa no tener clientes durante el verano, pero para otoño queremos estar funcionando y facturando.
Más tarde, cuando Darcy y Meaghan se unieron a ellas para cenar, Sheena abrió una botella de vino blanco fresco para compartir con sus hermanas y le ofreció una limonada a Meaghan.
—¡Por Regan y el Salty Key Inn!
Sheena sonrió cuando Meaghan hizo chocar su vaso con los de ellas.