Encontrándome (Serie Salty Key Inn nº 1) CAPÍTULO TREINTA Y DOS
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CAPÍTULO TREINTA Y DOS

SHEENA

Cuando Darcy y un desconocido metieron a Regan en la casa casi a rastras aquella noche, el corazón de Sheena se detuvo y luego volvió a latir a trompicones.

Y después, cuando comprendió lo que casi había sucedido, todos los sentimientos maternales que siempre había tenido por sus hermanas afloraron en una oleada de horror.

Incluso ahora, mientras preparaba el desayuno para Regan, pensaba en lo cerca que había estado de sufrir una agresión sexual. Pensaba hablar con Chip al respecto. Él no había sido quien la drogó, pero sí uno de sus amigos.

Más tarde, cuando Regan y Darcy se calmaran, hablaría con ellas sobre qué hacer con el tipo conocido solo como Kevin.

Aparentemente, él había afirmado que no había hecho nada malo, que debió de ser otra persona quien le echó algo en el vaso a Regan mientras caminaba entre la multitud.

Se mantenía firme en que solo estaba tratando de ayudarla.

Sheena no podía evitar pensar en sus propios hijos.

Sus años de adolescencia eran y seguirían siendo muy diferentes de los suyos.

La exposición cada vez mayor a internet y a las aplicaciones del móvil hacía difícil controlar la información que llenaba sus mentes. Y las drogas siempre estaban presentes.

Regan bajó a la cocina con cara de no saber todavía dónde estaba.

Sheena la ayudó a sentarse y le pasó un plato con huevos revueltos y tostadas de trigo con mantequilla.

—Toma. Intenta comer lo que puedas. Hoy comerás cosas ligeras.

Regan le dedicó una sonrisa débil.

—¡Gracias, mamá!

Sheena sonrió ante el intento de broma, segura de que Regan no comprendía lo asustada que había estado.

Después de que Regan comiera lo que quiso, subió a acostarse.

Sheena la vio irse y luego retomó el programa publicitario en el que estaba trabajando.

También había estado pensando en la piscina.

Brian le había dicho que había que vaciarla, fregarla y pintarla.

Y, como siempre, conocía a alguien que podía hacerlo.

Estaba investigando diseños de logotipos cuando sonó su móvil. Comprobó el identificador de llamadas. Rosa. Un hilo de preocupación se le enroscó por dentro y le anudó el estómago. Lo cogió de inmediato.

—¡Hola! ¿Va todo bien? —preguntó Sheena.

—Bueno, en realidad no. Es Meaghan. La han mandado a casa del colegio por unos días —dijo Rosa—. Parece que las pillaron a ella y a dos de sus amigas acosando a otra chica de su clase.

—¿Có-ó-ómo? ¿Acosando? ¿Meaghan? ¡Dios mío! Ella sabe perfectamente que eso no se hace. —A Sheena se le revolvió el estómago. Había hablado sobre el acoso con sus dos hijos en muchas ocasiones. ¿Qué le había pasado a su hija, que antes era tan dulce?

La conmoción de Sheena dio paso a la ira.

—¿Está Meaghan ahí?

—Sí —dijo Rosa—. Está muy alterada.

—Ponla al teléfono, por favor. —La voz de Sheena era engañosamente calmada. Esperó impaciente a oír la voz de su hija.

—Ho-o-ola.

—¿Qué ha pasado, Meaghan?

—Todo es culpa de Lauren. Me dijo que no podía ser su amiga a menos que publicara algo sobre Marina Palo. Marina había dicho algo feo sobre Lauren.

—Vale, pero lo hiciste. Y ahora, ¿de quién es la culpa? Ya hemos hablado del acoso antes, Meaghan. Creía que eras mejor que eso. —Sheena no pudo ocultar su decepción—. ¿Cómo has podido hacer algo así?

—No lo volveré a hacer. No es justo que el director me haya echado del colegio.

—Lo que no es justo es que hayas herido a otra persona —dijo Sheena—. Voy a llamar al director y explicarle que no volverás al colegio hasta después de las vacaciones, que vas a perder cinco días más. Cinco días más que tendrás que trabajar muy duro para recuperar.

—¿Qué? ¿Vas a hacer que me quede aquí con la abuela?

—No-o-o —dijo Sheena—. Vas a venir a Florida a pasar un tiempo conmigo. Ve haciendo la maleta. Y no traigas ropa elegante. Aquí vas a trabajar duro.

—Esto nunca habría pasado si no te hubieras ido de casa —la provocó Meaghan.

—Nunca debería haber pasado. Punto —dijo Sheena, furiosa porque su hija intentaba echarle la culpa de su mal comportamiento—. Ahora, déjame hablar con la abuela Rosa.

—Hola, Sheena. ¿Qué pasa? Meaghan está llorando.

—Se me ha ocurrido un plan. —Sheena le explicó lo que pensaba hacer y luego, tras asegurarse de que no había más problemas, colgó.

Mientras marcaba el número del colegio, Sheena se preguntó si Meaghan tendría razón. Si se hubiera quedado en casa, ¿se habrían descontrolado tanto las cosas?

Negando con la cabeza, Sheena se dijo que no debía caer en esa trampa.

Un rato después, Sheena colgó tras hablar con el director, llena de angustia.

Meaghan se había estado portando mal en clase y se ponía beligerante cuando le llamaban la atención.

Habían enviado un correo a casa sobre un castigo.

¿Por qué, se preguntó Sheena, Tony no lo había mencionado? ¿No había estado pendiente?

Cuando por fin pudo hablar con Tony, este se puso a la defensiva de inmediato.

—Le dije a Meaghan que tenía que comportarse, pero cuando empezó a llorar, dejé de insistir. Pensé que había captado el mensaje. No he vuelto a saber nada del colegio.

Sheena contuvo un suspiro. Tony lo estaba intentando, pero cuando se trataba de su hija, para él Meaghan era incapaz de hacer nada malo.

—¿Van bien las cosas con Michael? ¿Ningún problema?

—¿Aparte de los toques de queda? No.

—Bien. Estoy organizando todo para que Meaghan venga a Florida unos días antes de las vacaciones. Tendrá que recuperar cinco días de colegio, pero el director y yo creemos que le vendrá bien alejarse del grupo de chicas con las que ha estado juntándose.

—De acuerdo. Buena idea —dijo Tony—. Nos vendrá bien a todos. Mamá también lo ha pasado mal con Meaghan. Menudo lío. —Le dio los detalles.

—Menos mal que Meaghan viene aquí. Te paso la información del vuelo. ¿Te encargas de que llegue al aeropuerto?

—Sí —dijo Tony—. Créeme, será un placer. Gracias por ocuparte de esto, Sheena.

—Por supuesto. Soy su madre. —Sheena hizo todo lo posible por no ponerse a la defensiva, pero el silencio que siguió le atravesó el corazón.

Tony rompió el silencio.

—Michael y yo os vemos en dos semanas. ¡Buena suerte!

—Os quiero —dijo Sheena, pero Tony ya había colgado.

Mientras contemplaba las palmeras por la ventana, Sheena sabía que haría falta algo más que un cambio de aires para lograr cambios en su hija. Pero costara lo que costara, no permitiría que Meaghan fuera menos de lo que podía llegar a ser.

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Sheena esperaba en la zona de recogida de equipajes del aeropuerto a que llegara Meaghan. Se dijo que disfrutara de la presencia de su hija, que no le diera la lata con las razones por las que estaba en Florida, que simplemente disfrutara del tiempo juntas.

Levantó la vista y vio a Meaghan acercándose con gesto vacilante.

A Sheena se le encogió el corazón. Corrió hacia su hija con los brazos abiertos.

—¡Hola! ¡Me alegro de que hayas llegado!

Mientras estrechaba a Meaghan entre sus brazos, Sheena oyó cómo un suspiro escapaba de los labios de su hija.

—Qué bien tenerte entre mis brazos —dijo Sheena, dándole otro achuchón a Meaghan—. Venga, vamos. He aparcado en el parking. Iremos al hotel para que te pongas cómoda. ¿Has comido?

Meaghan negó con la cabeza.

—No, solo un tentempié. Estaba demasiado nerviosa para desayunar.

—Vale, pues vamos rápido al hotel y podrás probar la maravillosa cocina de Gracie. Tengo agua y algo de picar en el coche.

Meaghan la siguió hasta la furgoneta y se sentó en silencio en el asiento del copiloto mientras conducían hacia el sur.

—Las cosas están bastante manga por hombro en el hotel —dijo Sheena—. O compartirás cama conmigo o dormirás en el sofá hasta que podamos habilitarte un espacio. Espero tener lista una de las suites para la familia cuando papá y Michael se unan a nosotras.

Meaghan asintió, pero siguió callada.

Sheena se volvió hacia ella.

—Darcy y Regan saben por qué has venido a Florida, pero el personal y los demás creen que es por razones personales. Si quieres contarles algo más, y cómo, eso ya es cosa tuya.

Meaghan miró por la ventana.

—Lauren y sus amigas ya no me hablan. Dicen que es culpa mía que estén metidas en un lío.

Cuando se volvió, le brillaban los ojos de lágrimas.

—Quizás sea hora de que te pares a pensar en ellas.

Son chicas que creen que es perfectamente normal gastarse cuatrocientos dólares en un vestido para un baile del instituto.

Sus padres ponen unos horarios de vuelta a casa que no me parecen bien.

Incluso han dejado que haya fiestas en sus casas sin estar ellos presentes.

—¿Dónde has oído eso? ¿Te lo ha dicho la directora?

Sheena negó con la cabeza.

—Me lo contó papá. Por lo visto, la fiesta después del Baile de San Valentín no estuvo bien supervisada. Llegaste tarde a casa y olías a alcohol. Tienes catorce años, Meaghan, no eres adulta. Y aunque lo fueras, tienes que tener cuidado con las compañías que eliges, con lo que haces.

El rostro de Meaghan adoptó una expresión desafiante.

—¿Y a mí qué me importa? ¡Ni siquiera me quieres lo suficiente como para quedarte en casa!

—Ay, niña —dijo Sheena—, no tienes ni idea de lo que es el amor. Te quiero muchísimo. Quiero a papá y a Michael, a la abuela Rosa, a toda la familia. Viniendo a Florida, espero conseguir algo maravilloso para todos. Y tú vas a ayudarme.

—¿Yo?

—Pues sí —dijo Sheena—. Vas a estar muy ocupada.

Meaghan se cruzó de brazos.

—¿Y si no quiero ayudar?

Sheena le dedicó una sonrisa burlona.

—Cariño, esto se llama aprender una lección de la vida. Y de verdad espero, y creo, que saldrás de aquí siendo mejor persona. Bueno, ya hemos llegado.

Mientras Sheena entraba en el Salty Key Inn, observó cómo los ojos de Meaghan se abrían de par en par.

Sheena disimuló una sonrisa. Incluso con la mano de pintura nueva en el edificio principal, quedaba mucho trabajo por hacer para que pareciera de lujo.

El paisajismo que había hecho Brian era atractivo, pero aún necesitaba crecer para dar la apariencia de frondosidad que deseaban.

Sheena condujo la furgoneta por el camino lateral hasta la casa.

—¿Rosa? —dijo Meaghan—. ¿Vives en una casa rosa?

—Vivimos en una casa rosa: Darcy, Regan y yo, y ahora tú. ¡Cuidado! ¡Que vienen tus tías!

Darcy y Regan cruzaron corriendo los jardines del hotel hacia ellas.

—¡Hola, Meggie! —gritó Darcy, que llegó primera hasta Meaghan. La envolvió en un abrazo arrollador.

—Hola, Meaghan —dijo Regan, uniéndose a ellas y rodeándola con el brazo—. ¡Me alegro de que hayas llegado!

Sheena observó con cariño cómo los ojos de Meaghan se iluminaban de alegría ante la bienvenida.

Sabía que le vendría bien tener a sus tías cerca para mantener un ambiente armonioso.

No tenía intención de estar criticándola constantemente.

Si aquello iba a ser una verdadera experiencia de aprendizaje, Meaghan tenía que ser libre de tomar algunas decisiones por su cuenta.

—Vamos a comer a casa de Gracie —dijo Sheena—. ¿Queréis venir?

—Claro —dijo Darcy—. Estaba a punto de tomarme un descanso.

Regan negó con la cabeza. —Yo no. Me reuniré con vosotras más tarde. Los chicos me están ayudando a vaciar las habitaciones y a mover algunos muebles. Queremos avanzar todo lo posible antes de ir a la venta mañana.

—Buena idea —dijo Sheena. La renovación de uno de los hoteles más grandes y lujosos de Orlando iba a ser, con suerte, una oportunidad para conseguir muebles de segunda mano de calidad.

Aunque Regan estaba al mando, todas iban a ir a la venta.

Ya habían pujado por algunas de las piezas más interesantes.

—Vamos a dejar tu maleta dentro —le dijo Sheena a Meaghan—. Luego iremos al restaurante.

Llevó a Meaghan al salón. —Puedes elegir dormir aquí en el sofá o, como te dije antes, conmigo. Sube tu maleta a mi habitación. De momento, tendremos que apañarnos con lo que hay.

Los pasos de Meaghan tras ella resonaban desafiantes en la madera de la escalera, pero Sheena decidió ignorar su actitud. Su hija tenía mucho que aprender, pero no iba a ser de la noche a la mañana.

Sheena le enseñó a Meaghan su dormitorio, los otros dos, y luego abrió la puerta del baño. —Aquí está... el único de momento.

—¡No me lo puedo creer! —se quejó Meaghan—. ¿Cómo voy a lavarme el pelo en esa... esa cosa?

—Te las apañarás, como todas nosotras.

Meaghan dio un pisotón. —¡Mamá! ¡Esto es serio!

—Sí, lo es —dijo Sheena—. Por eso estamos trabajando duro para acondicionar el hotel, no la casa, para recibir huéspedes. —Le puso una mano en el hombro a Meaghan—. ¡Venga! Vamos a comer algo y te enseño dónde vas a trabajar.

A Meaghan se le llenaron los ojos de lágrimas. —¿De verdad tengo que trabajar?

Sheena asintió. —Tendrás tiempo libre, por supuesto, pero también tendrás alguna tarea que cumplir. Es lo que implica formar parte de la familia. Una parte valiosa.

Meaghan sorbió por la nariz.

Darcy les gritó desde abajo. —¿Estáis listas para comer? ¡Me muero de hambre!

Sheena siguió a Meaghan escaleras abajo, y las tres salieron de la casa rumbo al restaurante y a un futuro incierto.