Encontrándome (Serie Salty Key Inn nº 1) CAPÍTULO TREINTA Y UNO
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CAPÍTULO TREINTA Y UNO

REGAN

Regan se miró en el espejo. Su nueva falda vaquera corta era sexy, pero no escandalosa.

Con su educación conservadora, lo escandaloso no iba con ella.

La blusa estampada en azul y amarillo que había comprado tenía un escote redondeado y unas mangas abullonadas muy monas.

Después de trabajar duro con los hombres limpiando las habitaciones de los huéspedes, le había sentado bien volver a casa, darse un buen baño caliente y lavarse el pelo.

Chip le había dado a Darcy las indicaciones para llegar a su casa.

Estaba en una zona justo al norte de Treasure Island, en un vecindario que daba a la bahía de Boca Ciega.

Regan estaba encantada de que la hubieran invitado a la fiesta.

Había venido a Florida con la intención de pasarlo bien, pero hasta ahora se había pasado el tiempo trabajando como una burra con un grupo de gente mayor.

—¿Estás lista? —preguntó Darcy, entrando en el dormitorio de Regan.

—Todo lo lista que voy a estar —dijo Regan, dejando el cepillo del pelo.

Había decidido ponerse solo un poco de maquillaje. De todos modos, con la humedad no servía de mucho.

Bajaron las escaleras y se despidieron de Sheena, que estaba viendo una película en su iPad.

Habían hablado de comprar un televisor entre las tres, pero no lo habían hecho.

Sheena, bien lo sabía Regan, no tenía ninguna prisa por comprar uno porque no quería tener televisión cuando sus hijos vinieran de visita.

Hasta esa noche, Regan había estado demasiado cansada al final del día para preocuparse por los programas de televisión. Ahora estaba lista para ir de fiesta.

Regan y Darcy salieron y se subieron a la furgoneta. Darcy, por supuesto, insistió en conducir.

Darcy se detuvo frente a una pequeña casa de tablillas blancas. El amplio porche delantero estaba lleno de gente bebiendo y charlando. La música rock sonaba por encima del ruido de la multitud.

—Vaya. Chip dijo que su compañero de piso tenía muchos amigos, pero esto es otra cosa —dijo Darcy.

Le sonrió a Regan—. ¡Vamos a divertirnos!

—Solo recuerda vigilar cuánto bebes —advirtió Regan—. No quiero tener que arrastrarte literalmente fuera de aquí.

Darcy le frunció el ceño.

—¡Para! Pareces Sheena.

Regan se quedó atrás mientras Darcy abría camino hacia el porche delantero. Habían instalado un barril de cerveza en un extremo. La gente entraba y salía de la casa en un ir y venir constante.

—Vamos a buscar a Chip —le gritó Darcy al oído—. Quiero ver si tienen algo más que cerveza.

Regan siguió a Darcy entre la multitud y entraron en la casa. Chip estaba en la cocina, al fondo de la casa, hablando con dos chicos. Cuando las vio, sonrió y les hizo señas para que se acercaran.

—Hola, quiero que conozcáis a mi compañero de piso, Bill, y a un amigo suyo... —hizo una pausa.

—Kevin —dijo el chico, dedicándoles una amplia sonrisa a las dos.

Su mirada se posó en Regan—. Vaya, hola. ¿Dónde te habías escondido?

Incapaz de ocultar su desagrado, Regan dio un paso atrás.

Chip frunció el ceño.

—Esta es Regan Sullivan y su hermana, Darcy. Son las nuevas propietarias del Salty Key Inn.

Bill apartó a Kevin con el codo.

—Me alegro de que hayáis podido venir. Chip me dijo que os había invitado a la fiesta.

—Enhorabuena por tu nuevo trabajo —dijo Regan—. Trabajar en Disney suena maravilloso.

—¿Queréis algo de beber, chicas? —les preguntó Chip—. Hay cerveza en el porche, y tenemos algo más fuerte aquí atrás. Acabo de preparar unos margaritas.

—Yo tomaré uno de esos —dijo Darcy.

Regan vaciló. Después de emborracharse con Darcy y Brian, el tequila definitivamente no era lo suyo. Las náuseas que vinieron después no eran algo que quisiera volver a experimentar.

—Tengo lo necesario para un ron con cola —le dijo Kevin—. ¿Prefieres eso?

Regan sonrió.

—Suena genial. Gracias.

Darcy aceptó una copa de Chip y se volvió hacia Regan.

—Te veo luego. Voy a ver quién hay en el porche.

Regan asintió y esperó en la cocina a que Kevin le preparara la copa.

—¿Eres dueña de un hotel? ¿En serio? —dijo Kevin—. ¿Y cómo fue eso?

—Lo heredamos —dijo Regan—. O lo que queda de él. Necesita mucho trabajo. Chip nos está ayudando con el sistema informático.

—No está mal —dijo Kevin—. Toma. Disfrútala. Es una especialidad mía. Le añado un poco de zumo de lima.

Regan aceptó el vaso de papel que le tendió y dio un sorbo.

—Delicioso. Gracias.

Se dio la vuelta para irse.

—Espera. Quedémonos aquí y conozcámonos mejor. Cuando termines esa, te preparo otra.

—Gracias, quizás luego. Ahora tengo que encontrar a mi hermana —dijo Regan, y se alejó de él.

Estaba insistiendo demasiado, y eso no le gustaba.

En el porche, la gente se paseaba, hablando en voz alta o riéndose en grupo. Regan calculó que debía de haber al menos treinta personas.

Se acercó a Darcy. Esta la miró y siguió hablando con el chico que estaba con ella. Como no quería interrumpir, Regan siguió adelante. Intentó sonreírles a un par de chicas, pero después de mirarla de arriba abajo, no hicieron ningún esfuerzo por hablar con ella.

Decepcionada, Regan regresó a la cocina. Otra copa era lo que necesitaba.

Kevin la miró y sonrió.

—¿Qué tal esa copa?

—Buena —dijo Regan, y de repente se dio cuenta de lo potente que había sido esa copa.

O tal vez eran solo los nervios de conocer gente nueva lo que la hacía querer esconderse en la cocina. Notando que le fallaban las fuerzas, se dejó caer en una silla de la cocina. Cuando la habitación empezó a dar vueltas, se aferró al borde de la mesa.

—Oye, ¿estás bien? —le preguntó Kevin.

—Yo... no lo sé —respondió ella.

—¿Qué tal un poco de aire fresco? —Kevin la ayudó a levantarse de la silla y la llevó afuera—. Podemos sentarnos allí —dijo, guiándola hacia un área con césped bajo un árbol—. Aquí nadie nos molestará.

Regan intentó zafarse, pero Kevin la sujetaba con fuerza del brazo y estaba demasiado débil para seguir resistiéndose. Él la ayudó a sentarse en el suelo.

Su instinto le decía que aquella situación era peligrosa. Luchó por mantener los ojos abiertos.

—¡Eh! ¿Qué está pasando?

La voz de otro chico hizo que Regan volviera en sí.

—¡Ayúdame! —gritó, intentando ponerse de rodillas.

—Tranquilo, tío. Solo se ha puesto mala de tanto beber —dijo Kevin—. Tengo la situación controlada.

Reuniendo todas las fuerzas que le quedaban, Regan alzó la vista hacia el desconocido y dijo:

—Ayúdame.

El chico se arrodilló a su lado.

—Eres Regan Sullivan, ¿verdad?

Asintió débilmente.

—Tu hermana me mandó a buscarte. Quería que hablara contigo de algo.

—Creo que me han drogado —logró decir Regan, sacando fuerzas de donde no sabía que las tenía.

El desconocido se levantó y fulminó a Kevin con la mirada.

—Más te vale no haberle hecho daño o haré que te detengan. Ahora lárgate antes de que llame a la policía.

A Regan se le nubló la vista cuando el desconocido se agachó y la cogió en brazos.

—No te preocupes —susurró—. No voy a hacerte daño.

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Regan despertó en su dormitorio y miró alrededor, confusa.

Intentó levantarse, pero volvió a caer sobre la almohada, con la cabeza dándole vueltas y llena de preguntas sin respuesta.

¿Por qué estaba en su habitación? ¿No habían ido ella y Darcy a una fiesta?

¿Cómo había acabado allí? ¿Estaba enferma otra vez? Se sentía muy rara.

Con esfuerzo, Regan logró ponerse de pie. Se dirigió al baño apoyándose en las paredes.

Darcy salió de su habitación.

—¿Ya estás despierta?

—Eso creo, aunque me siento como si estuviera en un sueño muy raro. Pensaba que íbamos a la fiesta de Chip. ¿Qué ha pasado?

—Fuimos a esa fiesta, claro que sí. ¿No te acuerdas?

—Espera. —Regan cerró la puerta del baño, hizo lo que tenía que hacer y volvió a salir—. Recuerdo ir a casa de Chip, toda la gente en el porche y conocer a ese tipo que me preparó la bebida. A partir de ahí, no recuerdo casi nada.

Sheena subió las escaleras corriendo para unirse a ellas.

—¡Dios mío! Estás despierta. —Abrazó a Regan con fuerza. Cuando se separó, Regan se sorprendió al ver lágrimas en los ojos de su hermana—. Gracias a Dios que Austin te encontró a tiempo.

Regan frunció el ceño.

—¿De qué hablas?

—No recuerda nada —le dijo Darcy a Sheena.

—¿Quién es Austin? —preguntó Regan, intentando entender algo.

—Austin Blakely, el tallador de madera. Es el que te encontró tirada en el jardín trasero con ese desgraciado de Kevin. Le dijiste que te habían drogado.

Regan arqueó las cejas, sorprendida.

—¿Eso dije?

—Déjame que te explique —dijo Darcy—. Estaba hablando con Austin en el porche de delante cuando pasaste. Le mencioné el otro cartel que queríamos encargarle y lo mandé a la cocina para hablar contigo. Fue entonces cuando te vio en el jardín.

Regan se llevó las manos a la cabeza.

—No recuerdo nada de eso. Aunque sí soñé con un hombre de pelo castaño y ojos azul intenso. Llevaba un disfraz de vaquero.

Darcy negó con la cabeza.

—No sé nada de ningún disfraz de vaquero, pero Austin tiene el pelo castaño oscuro y los ojos azul intenso.

—Raro, ¿no? —dijo Regan.

—Puede que tu mente lo viera como un héroe que venía a salvarte —dijo Sheena—. Siempre te han gustado los vaqueros, y las drogas pueden hacerle cosas raras al cerebro. ¿Qué recuerdas, Regan?

—Darcy y yo conocimos a Chip y a otros chicos en la cocina.

Uno de ellos me ofreció una copa. La acepté y fui a buscar a Darcy.

Cuando conseguí llegar hasta ella entre la gente, ya me sentía rara.

Volví a la cocina a por otra copa y de repente me di cuenta de que había bebido demasiado.

Todo empezó a darme vueltas. Después de eso, no recuerdo nada.

No pasó nada malo, ¿verdad? No me... agredieron, ¿no?

—Solo pensarlo hizo que a Regan se le revolviera el estómago.

—No, cariño, no te pasó nada —dijo Sheena, cogiéndole la mano—. Austin te encontró antes de que ocurriera nada.

—¿Cómo llegué a casa? —preguntó Regan.

—Te traje yo —dijo Darcy—. Austin nos siguió para asegurarse de que estabas bien. Estudia odontología y conoce los efectos de algunas drogas.

—Es un chico muy majo —dijo Sheena—. Mira, voy a prepararte un desayuno calentito, y luego quiero que te lo tomes con calma el resto del día. ¿Vale?

Regan asintió, todavía intentando asimilar que la habían drogado.

Normalmente tenía cuidado para que no le pasara algo así cuando estaba con gente nueva.

En Nueva York, donde la gente iba y venía constantemente, había sido especialmente precavida.

Que le pasara en la soleada Florida le parecía de lo más surrealista.