Encontrándome (Serie Salty Key Inn nº 1) CAPÍTULO VEINTICINCO
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CAPÍTULO VEINTICINCO

SHEENA

Sheena observó atónita cómo el cuerpo robusto y fornido de Tony casi echaba a correr hacia ellos.

—¿Qué haces con mi esposa? —le gruñó a Blackie.

Al oír la ferocidad de su voz, Sheena se puso instintivamente delante de Blackie.

—Espera, Tony. Es un socio de negocios de Gavin. Nos ha estado ayudando.

Tony se detuvo frente a ella.

—¿Ah, sí? Pues parece que se ha estado aprovechando bastante.

Blackie se apartó de Sheena y le tendió la mano.

—Oye, mira, amigo. Perdona si te has hecho una idea equivocada. Solo quería que Sheena viera una propiedad de la competencia, algo que ella y sus hermanas podrían plantearse en el futuro.

—Pues el futuro se acabó —Tony la fulminó con la mirada—. Es hora de acabar con esta tontería.

La consternación de Sheena se transformó en rabia.

—Yo seré quien decida eso. No tú —le dedicó a Blackie una sonrisa forzada—. Blackie, te presento a mi marido, Tony Morelli. Tony, este es Blackie Gatto, el asesor financiero de Gavin, y ahora también el mío.

Para alivio de Sheena, y hay que reconocérselo a Tony, este estrechó la mano que Blackie le ofrecía.

—Gracias por la velada tan agradable, Blackie. Hablamos mañana.

Sheena no miró a Tony mientras se alejaba de ellos con la espalda tensa.

Sus hermanas estaban en el pequeño patio delante de la casa, mirándola boquiabiertas. Pasó de largo y entró.

Darcy entró corriendo y se acercó a ella.

—Te dije que no salieras con él.

Sheena se volvió hacia ella.

—¿Qué le dijiste a Tony?

Darcy desvió la mirada y luego la miró de frente.

—Me preguntó si habías salido con alguien y no supe qué decir, así que no dije nada.

Sheena apretó los puños. Quería abofetear a Darcy con tanta fuerza que le dolía mantener los dedos cerrados. No recordaba haberse sentido tan furiosa.

—Gracias, Darcy. Puede que acabes de destrozar mi matrimonio.

—No me eches la culpa de tu estupidez —replicó Darcy.

La conversación se cortó en seco cuando apareció Regan, seguida de Tony.

—Tenemos que hablar —gruñó Tony, yendo directo hacia Sheena.

—Nosotras nos vamos —dijo Regan—. Venga, Darcy, vamos al Key Hole y dejemos a Sheena y Tony a solas.

—Buena idea. Necesito salir de aquí.

A solas en el salón, de pie como dos boxeadores en el ring esperando la campana, Sheena y Tony se enfrentaron.

Sheena alzó una mano para que Tony no dijera nada.

—Antes de que empieces, no hay nada entre Blackie y yo. Jamás os haría eso ni a ti ni a los niños.

—¿Ah, sí? Lo que estás haciendo ya nos está haciendo daño a los niños y a mí. ¿Es que no lo entiendes?

La frustración que había contenido los gritos de Sheena la desbordó.

—Lo que no veo es que me eches de menos a mí. Echas de menos todo lo que he hecho y hago por ti: cocinar, limpiar, la colada y todo lo demás, pero ni tú ni los niños habéis dicho que me echáis de menos a mí, como persona. Piénsalo, Tony. Sabes que tengo razón. Y duele.

—Oye, espera un momento...

—No, espera tú. Mira este lugar. Ya sabes que no es un reto fácil, pero tenemos gente dispuesta a ayudarnos: gente de todas las edades y condiciones.

No podemos fallarles. Todos saldremos ganando si Darcy, Regan y yo conseguimos superar este reto.

Es hora de que mis hijos maduren y piensen en los demás, y es hora de que tú y yo seamos compañeros de otra manera.

—¿Qué quieres decir? ¿Un matrimonio abierto?

La cara de espanto de Tony casi hizo reír a Sheena.

—¡No, tonto! Que me vuelva más independiente para ser más feliz y mejor persona.

—¿No has sido feliz conmigo?

El dolor en los ojos de Tony hizo que Sheena se acercara a él.

—Claro que sí. Pero hace mucho que no nos sentamos a hablar de verdad, que no hay romanticismo entre nosotros, que no hacemos cosas juntos, que ni siquiera salimos a cenar.

—¿A cenar?

Sheena asintió.

—Sí. Suena tonto, ¿verdad? Pero tú y yo no salimos solos desde hace no sé cuánto. Trabajas todos los fines de semana y luego estás demasiado cansado para salir.

—Lo hago por ti y por los niños.

—Sí, pero podrías dejar que alguno de tus empleados se encargara de las urgencias de vez en cuando. Te has empeñado en que tienes que estar presente en cada trabajo. Los chicos que has contratado y formado son capaces de hacer la mayoría de los trabajos solos. Ya hemos hablado de esto, Tony.

—He venido hasta aquí para verte porque me importamos tú y yo, nosotros como familia. ¡Pero veo que a ti te importa un carajo!

Sheena negó con la cabeza.

—Eso no es verdad, y lo sabes. Vamos a sentarnos y a calmarnos. ¿Quieres un café? ¿Un sándwich? ¿Algo?

—No. Ya comí algo en el aeropuerto. Me vuelvo. Este viaje ha sido una pérdida de tiempo.

—Ay, Tony. No dejes que sea un viaje en balde. Quiero enseñarte el hotel, que conozcas a la gente de Gavin...

—¡Gavin! Él tiene la culpa de todas tus tonterías —farfulló Tony.

—Tony, por favor... —Lo miró fijamente—. Quiero que te quedes.

Su largo y sonoro suspiro lo decía todo.

Las esperanzas de Sheena renacieron.

—De acuerdo, me quedaré —dijo Tony—, pero dormiré en el sofá.

—Bien —dijo Sheena—. Te traeré una almohada y unas mantas. Mientras tanto, podemos sentarnos en el porche a hablar.

Arriba, en su habitación, Sheena se puso rápidamente unos vaqueros y una camiseta.

Mientras se quitaba los pendientes de perlas, se miró en el espejo, preguntándose si lograría salvar su matrimonio.

Amaba a Tony; amaba a sus hijos. Pero tras haber descubierto una nueva faceta de sí misma, sabía que no había vuelta atrás.

Otras mujeres tenían una carrera, una familia, intereses propios. ¿Por qué ella no?