Encontrándome (Serie Salty Key Inn nº 1) CAPÍTULO VEINTE
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CAPÍTULO VEINTE

SHEENA

Sheena convocó una reunión antes de la cena para hablar con sus hermanas sobre lo que había pasado ese día. Se sentaron en los sofás a comer manzanas que Regan había comprado en la tienda.

Sheena resumió lo que había comentado con Blackie. —Va a hacer falta mucha creatividad, pero soy más optimista sobre nuestras posibilidades de sacar adelante este lugar.

El rostro de Darcy se iluminó con una sonrisa. —Me gusta. Es lógico y será más fácil llevar el control de las reservas en el ordenador.

—Excelente idea, Regan —dijo Sheena—. Podemos colocar las placas junto a la entrada principal de cada edificio. Y me gusta la idea de la madera sencilla, solo teñida.

—Yo pintaré las aves —dijo Regan con un nuevo tono de autoridad en la voz—, pero lo haré con buen gusto, con el toque de color justo para darles interés.

—Se te da muy bien esto de la decoración, ¿eh? —le dijo Darcy a Regan con un nuevo tono de respeto.

Al ver la sonrisa que iluminó el rostro de Regan, Sheena sintió una profunda satisfacción. Su hermana pequeña estaba asumiendo la tarea que había elegido para sí misma.

Después de repasar la lista de cosas en las que tenían que trabajar, Sheena dijo: —Creo que tenemos que convocar una reunión con la gente de Gavin. Blackie me comentó que Gavin ya había quedado con ellos para que nos echaran una mano con los proyectos cuando lo necesitáramos.

—No fueron precisamente amables, sobre todo ese tal Rocky —dijo Darcy—. No me imagino que quiera echarnos una mano.

—Necesito que me ayude con el contenedor —dijo Regan—. Dejádmelo a mí.

Sheena y Darcy se miraron y se echaron a reír.

—De acuerdo, jefa, te dejamos lidiar con él —dijo Darcy—. No sé qué te ha dado, pero me gusta la nueva Regan.

Regan esbozó una sonrisa, pero luego frunció el ceño. —Antes, nadie en la familia me reconocía nada. Me prometí que aquí en Florida las cosas serían diferentes.

—Y lo estás haciendo muy bien —dijo Sheena, viendo a su hermana con otros ojos.

—Sí, creo que todas deberíamos aprovechar este tiempo para aprender muchas cosas. Incluido aprender sobre nosotras mismas —dijo Darcy—. Somos hermanas y apenas nos conocemos. No de verdad. No sabemos ni los pequeños detalles de cada una. Empecemos. Sheena, ¿cuál es tu color favorito?

Sheena se rio. —Azul celeste. ¿Y el tuyo?

—Verde, en cualquier tono —dijo Darcy, volviéndose hacia Regan.

—El mío es el rosa —dijo Regan.

—¿Veis? —dijo Darcy—. No ha sido tan difícil. Venga, hagamos otra pruebita. ¿Qué es lo que más os asusta?

—Eso es fácil. Las serpientes —dijo Sheena. Les tenía miedo desde niña, cuando se encontró con una en el bosque.

—Ah, sí. A mí también las serpientes, y las arañas —dijo Regan—. Sobre todo las grandes y peludas.

—Yo no he visto un caimán de cerca —dijo Darcy—, pero la verdad es que no tengo ninguna gana de verlo.

—Florida está llena de ellos —advirtió Sheena—. Así que más te vale tener cuidado.

Darcy se estremeció. —Ya lo sé.

Sheena miró el reloj. —Vale, basta de jugar a conocernos. Toca pensar en la cena. ¿Quién cocina esta noche?

—Yo no —dijo Darcy—. Voy a ir a The Key Hole a cenar y a trabajar en el sistema informático de allí.

—Yo no tengo hambre —dijo Regan—. Ya picaré algo más tarde.

—Bueno, pues yo me voy a preparar una ensalada completa. ¿Segura de que no quieres una, Regan?

Negó con la cabeza. —No, creo que me voy con Darcy.

Cuando las dos se marcharon, Sheena se quedó sola en la cocina. Marcó el número del móvil de Meaghan. Hasta entonces, Meaghan se había negado a cogerle el teléfono, y no habían hablado del próximo Baile de San Valentín.

El teléfono sonó y sonó. Sheena apretó los dientes y le envió un mensaje: Meaghan, por favor, coge el teléfono. Estoy harta de intentar hablar contigo y que no me contestes.

Momentos después, recibió una respuesta: Mamá, todavía estoy enfadada contigo por haberte ido. El baile se está convirtiendo en un desastre. Mis dos mejores amigas se burlan de mí y me llaman huérfana. ¿Por qué tuviste que dejarnos?

Sheena se detuvo un momento antes de intentar responder.

No podía estropear la relación de Tony con su hija.

Meaghan pensaba que él era un hombre de negocios maravilloso, capaz de darle todo lo que quisiera.

Pero, le gustara o no, que Sheena estuviera en Florida podría, entre otras cosas, salvar a la familia de problemas económicos.

Empezó a escribir: Meaghan, te quiero y te echo de menos. Ojalá lo entendieras. Tengo muchas ganas de verte en unas semanas. Ya hablaremos más entonces. Muchos besos. Mamá.

Sheena lavó la lechuga y preparó un aliño sencillo de ajo y mostaza. Estaba comiéndose la ensalada cuando sonó el móvil. Meaghan. Deseando saber de su hija, aceptó la llamada.

—¡Hola, cariño!

—¡Mamá! Tienes que volver a casa. Aquí todo es un desastre. La comida de papá es horrible, no hay ropa limpia y nadie me lleva de compras.

La alegría que Sheena había sentido al recibir la llamada se esfumó, dejando un dolor agudo en el corazón. Meaghan solo echaba de menos todo lo que Sheena hacía normalmente por la familia, nada más.

—Lo siento, pero tengo un compromiso aquí, un compromiso que no puedo romper. Y, Meaghan, solo faltan unas semanas para que vengas a Florida.

Sheena tragó saliva, decidida a mantener un tono desenfadado y comprensivo.

—Este podría ser un buen momento para que aprendas a cocinar. Seguro que la abuela Rosa estaría encantada de ayudarte. Y ya te enseñé a poner la lavadora. No debería costarte tanto. En cuanto a las compras, creía que te gustaba ir de compras con tus amigas.

—Papá no me da dinero. Dice que tengo suficiente ropa —se quejó Meaghan con su típico tono lastimero.

Sheena percibía las lágrimas en la voz de su hija, pero se obligó a no ablandarse. Antes de irse a Florida, se había asegurado de que Meaghan tuviera la ropa lista para la primavera. Quería a su hija, pero era evidente lo mimada que se había vuelto.

—¿Por qué no puedes ser como las demás madres? Ellas sí cuidan de sus familias —dijo Meaghan.

Sheena suspiró. Seguro que había oído a Tony decir lo mismo.

—Ya hemos hablado de esto. Si no creyera que los tres podéis apañároslas solos, no estaría aquí. Pero sois perfectamente capaces de ayudaros mutuamente mientras estoy fuera. Y los abuelos están ahí para echaros una mano.

El pitido de la llamada cortada resonó en su oído. Sheena abrió los ojos de par en par, consternada. Meaghan le había colgado.

Sheena respiró hondo varias veces hasta calmarse. Pensó en volver a llamar a Meaghan, pero decidió dejarlo estar. Sentía que las palabras de rabia se le agolpaban dentro y no quería empeorar las cosas.

Sheena apartó la ensalada, ya sin hambre.

Salió de la cocina, fue al porche delantero y se sentó en una de las sillas ligeras de metal.

En la oscuridad, aspiró el aire salado y notó cómo se le relajaban los músculos mientras el aire cálido la envolvía como una manta reconfortante.

Empezaba a encantarle la sensación tropical del lugar.

Incluso la casa, que en su momento le había parecido primitiva, ahora le parecía muy. .. adecuada.

El móvil volvió a sonar. Al ver la cara de Tony en la pantalla, Sheena hizo una mueca, pero aceptó la llamada.

—¡Hola, cariño! ¿Cómo estás?

Él suspiró.

—Aquí, intentando apañármelas con todo. Pero, Sheena, tu familia te necesita en casa. ¡Esta idea de Gavin es ridícula! No necesitamos el dinero tanto como para esto. Mi negocio mejorará, estoy seguro.

La culpa invadió a Sheena. Una madre debería quedarse en casa con su familia. ¿No? Entonces otro pensamiento la asaltó. Hora de cambiar el chip.

—Este es un buen momento para que los niños aprendan a ser responsables. Han estado demasiado mimados. Cuando vengan a Florida, pienso ponerlos a trabajar.

—¿No te estarás pasando con toda esta idea tuya? —Tony carraspeó—. ¿Seguro que no te estás preparando para dejarnos... para siempre?

—Oh, Tony, ¡no! Claro que no. Solo estoy siguiendo adelante con este reto, un reto que, por cierto, estoy segura de que nos traerá algo maravilloso a todos.

—Estás siendo muy egoísta —dijo Tony—. Tú tomaste la decisión y ahora todos tenemos que cargar con las consecuencias.

—No, Tony. Nosotros tomamos la decisión después de revisar las cuentas del negocio de fontanería. Hay muchas razones para seguir con el plan. Estaba pensando que si las cosas se ponen muy difíciles, los niños podrían querer cambiarse a un colegio de aquí.

—¿Y eso a mí dónde me deja? —dijo Tony. Su voz destilaba una amargura que Sheena no podía ignorar.

—Esa parte todavía no la tengo resuelta. Pero lo haré, porque quiero que estemos todos juntos. Estoy intentando pensar con creatividad.

—¿Y qué pasa con toda esa mierda de «encontrarme a mí misma»? —preguntó Tony.

Sheena sintió que la rabia le hervía por dentro, pero se mordió la lengua. Tony no lo entendía y nunca lo entendería.

—¿Y bien?

Respiró hondo para calmarse.

—No es ninguna mierda, Tony. Ya es hora de que haga algo con mi vida, de que aporte algo a otras causas además de la felicidad de mi familia. Solo tengo treinta y seis años. Aún tengo tiempo de hacer algo importante, por nosotros y por los demás.

—Prometiste cuidar de nosotros. Deberíamos ser tu prioridad —replicó Tony.

—Pero no la única —dijo Sheena—. También les debo algo a mis hermanas.

—Mira, tengo que dejarte —dijo Tony—. Me está entrando una llamada en la línea de trabajo.

—¿Tony? Te quiero —dijo Sheena.

—Sí, claro —dijo él, y colgó.

A Sheena le escocían los ojos de las lágrimas contenidas.

¿Tan horrible era por querer encontrarse a sí misma, hacer algo por sus hermanas, aceptar un reto diferente que sentía que beneficiaría enormemente a su familia?

Todo el asunto del reto era extraño, pero le estaba abriendo la mente a posibilidades en las que nunca había pensado.

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Más tarde, mientras Sheena seguía en el porche debatiéndose con sus emociones, Darcy volvió a casa.

Darcy pegó un bote al ver a Sheena en la oscuridad.

—¡Eh! ¿Qué haces aquí fuera a estas horas?

—Intento decidir si soy una esposa y madre horrible —dijo Sheena—. Mi familia está furiosa conmigo por estar aquí.

Darcy se dejó caer en una silla junto a Sheena. —Tu familia te ha tenido a su entera disposición desde siempre. Es hora de que descubras quién eres y cómo quieres pasar el resto de tu vida. Michael se irá a la universidad dentro de un año, y Meaghan irá detrás. ¿Y entonces qué?

—Lo sé, pero… —comenzó Sheena.

—Nada de peros. Te casaste y tuviste hijos demasiado joven, y has pagado el precio de perderte entre sus exigencias. Tenemos un año cada una para cambiar las cosas, no solo con el hotel, sino para nosotras mismas. Hazlo, Sheena.

—Gracias. Necesitaba oír eso. —Sheena le apretó la mano a Darcy—. ¿Cuándo te volviste tan sabia?

Regan salió de la casa y se unió a ellas. —¿Qué estáis tramando vosotras dos?

—Madurando un poco —dijo Darcy, y les guiñó un ojo—. Nuestra hermana mayor tiene mucho que aprender.

Regan se rio. —Todas lo tenemos. —Le dio un abrazo de ánimo a Sheena y se sentó en una silla junto a ella.