Encontrándome (Serie Salty Key Inn nº 1) CAPÍTULO DIECIOCHO #2
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CAPÍTULO DIECIOCHO #2

Sheena estaba impresionada. Esta no era la hermana callada que creía conocer. —Buena idea, Regan. Añadámoslo a la lista. No puede ser muy caro, y creo que ese coste no saldrá de nuestro presupuesto. Tengo buenas noticias. —Sacó una silla y se sentó en el escritorio libre.

—La reunión con Blackie Gatto fue muy productiva. Él y Gavin estaban muy unidos. De hecho, trabajaron juntos para prepararnos las cosas. La lista de preguntas que teníamos para Blackie era parte de una especie de prueba, y la pasamos con nota.

—¿Sí? ¿Qué significa una «especie de prueba»? —preguntó Darcy con escepticismo.

—Significa que Gavin quería que fuéramos creativas y estuviéramos dispuestas a pedir ayuda.

Y al hacerlo, he encontrado una nueva forma de ver nuestro presupuesto.

Los costes normales del hotel y nuestros gastos de manutención no tendrán que salir de los ciento cincuenta mil dólares que nos han dado para poner en marcha este hotel.

Llevar el restaurante de Gracie no forma parte de nuestro plan, ni tampoco sus costes.

Y Blackie ha aceptado que nuestros gastos personales de comida salgan de un fondo diferente, un fondo de caja chica, siempre que sean razonables.

—Sheena levantó una mano para frenar los aplausos de Darcy—.

Aún vamos a tener problemas para que esto funcione, pero cosas como alquilar un coche más práctico pueden entrar en los gastos corrientes del hotel.

—¿Un coche? ¿Qué tal un jeep? —dijo Darcy.

Sheena negó con la cabeza. —Blackie sugirió una furgoneta, y estoy de acuerdo con él. Necesitamos algo que podamos usar para transportar cosas. Ahora, repasemos nuestra lista de gastos de renovación. Esos entran en gastos de capital, es decir, salen de los ciento cincuenta mil dólares.

En solo unos minutos, quedó claro que preparar las habitaciones de huéspedes iba a ser un enorme problema financiero.

Regan se desplomó en su silla. —Va a hacer falta algún tipo de milagro para tener las habitaciones listas. No podemos usar nada de lo que hay en ellas. No tal como están.

—Y hasta que estén listas, no podemos recibir huéspedes. Y eso significa que no podemos ganar dinero —dijo Darcy—. Menudo desastre.

Sheena, Darcy y Regan intercambiaron miradas preocupadas.

—Vayamos con calma —sugirió Sheena—. No veo ningún problema en pedir contenedores. Y nada nos impide alquilar una furgoneta y comprar comida y otros suministros. Vamos a hacer eso ahora. A Blackie no le gustó la idea de que usáramos a Gertie a diario.

Mientras se preparaban para salir, Brian llamó a la puerta de la oficina y entró.

—Justo el hombre que queremos ver —dijo Darcy, sonriéndole.

—Sí —dijo Sheena—. Necesitamos alquilar una furgoneta para el hotel. ¿Tienes alguna sugerencia? Queremos conseguir una de inmediato.

—Depende de lo que busquéis. Hay un montón de concesionarios por la zona. A mi madre le encanta su Honda. Y conozco a un tipo en el concesionario de Toyota. Tengo algo de tiempo libre esta tarde.

—¿Por qué no vais vosotras dos con Brian? Yo llevaré a «Gertie» al supermercado —dijo Regan—. Más o menos sé lo que nos gusta a todas.

Una sonrisa se dibujó en el rostro de Darcy.

—Me parece bien —dijo Sheena—. ¿Estás seguro de que tienes tiempo para ayudarnos, Brian?

Asintió con ganas.

—Estoy aquí para ayudar.

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Sheena estrechó la mano del vendedor en el concesionario de Toyota y aceptó las llaves de la furgoneta plateada que habían elegido.

Ella y Brian habían conseguido un buen trato con la promesa de, entre otras cosas, llevar siempre visible la pegatina publicitaria del concesionario.

Sheena estaba orgullosa de haber participado.

En casa, Tony solía encargarse de comprarle un coche a través de la empresa, y salvo por el color, ella no intervenía en nada.

Sheena se deslizó tras el volante y sonrió a Brian.

—¡Muchas gracias por tu ayuda! Esto va a marcar una gran diferencia. Más adelante, pondremos el logo del hotel en el lateral.

—¿Logo del hotel? No tenemos —dijo Darcy desde el asiento del copiloto.

Sheena se volvió hacia ella con una sonrisa.

—Todavía no. Pero lo tendremos.

Desde su conversación con Blackie, no paraba de darle vueltas a todo tipo de ideas.

En el hotel, Sheena pasó de largo el aparcamiento delantero y condujo la furgoneta por el camino de entrada hasta la casa.

El camino era lo bastante ancho para la furgoneta, pero habría que recortar parte de la vegetación para facilitar el paso y hacerlo más seguro.

Quizás el equipo de jardinería de Brian pudiera encargarse de eso, pensó contenta.

Regan cruzó el césped corriendo para recibirlas.

—¡Vaya! ¿Es nuestra?

Sheena la corrigió.

—Es la furgoneta del hotel, para uso nuestro.

—La próxima la conduzco yo —dijo Darcy.

—Eh... voy a necesitarla —dijo Regan, mirándolas con cara de disculpa—. Me perdí de camino al supermercado y pasé por un mercadillo. Un hombre estaba vendiendo sus kayaks. Paré y compré dos por cien dólares.

—¡Genial! —dijo Darcy—. Podemos arreglar el muelle y conseguir un velero y todo.

—¡Para el carro! —dijo Sheena—. Las tres tenemos que aprobar un gasto así antes de ir y comprar algo.

A Regan se le cayó el alma a los pies.

—Pero era una ganga de verdad.

—¿Por qué siempre tienes que mandar tú? —dijo Darcy. Rodeó a Regan con el brazo y fulminó a Sheena con la mirada—. ¿Es que no puedes hacer nada de forma espontánea?

—Creía que yo era la encargada de controlar nuestro dinero —dijo Sheena, sosteniéndole la mirada a Darcy—. ¿Quieres encargarte tú?

—No, pero tenemos que divertirnos un poco con esto.

Sintiéndose como si le hubieran dado una bofetada, Sheena se llevó una mano a la mejilla.

«¿De verdad soy tan aguafiestas?» Los recuerdos de las muchas veces que había tenido que poner cordura en los planes de sus hijos le escocían en la mente.

«Pero ese era a veces el papel de una madre responsable, ¿no?

» Respiró hondo. Sus hermanas no eran sus hijas, aunque sus recuerdos de ellas fueran exactamente eso.

—Está bien —dijo Regan, ejerciendo como siempre de pacificadora—. A lo mejor puedo volver y decirle al hombre que lo deje.

—No —dijo Sheena con renovada determinación—. Vamos a comprarlos.

—Genial —dijo Darcy—. Conduzco yo.